Juan Tirry y Lacy, quien se destacó por un pensamiento científico ilustrado, fue el primer gobernador político y militar de Matanzas.
En el año 1760, en el Puerto de Santa María, Andalucía, España, nació Juan Bautista Tirry y Lacy. Dedicado a la carrera de las armas, estudió en la Escuela de Guardiamarinas. Participó en los combates de Gibraltar y Argel. En 1772 viajó a San Petersburgo junto a su tío, el mariscal de campo Francisco Antonio Lacy y White (1731-1792), conde de Lacy, ministro plenipotenciario de España en Rusia. Al culminar la misión en 1774, el embajador solicitó el grado de capitán de fragata para su sobrino, lo cual le fue concedido.
Al graduarse se le destinó a Cuba, a donde arribó en 1778. Al momento de la llegada de Juan Tirry y Lacy, en Cuba se materializaba, en todo su esplendor, el pensamiento y la acción de la élite ilustrada criolla. Personalidades de la talla de Francisco de Arango y Parreño, José Agustín Caballero y Tomás Romay, exponían, cada cual en su ámbito, las necesidades y aspiraciones de la emergente burguesía isleña. Los propósitos a alcanzar se vieron fortalecidos con la llegada a Cuba, en 1800, del Obispo Juan José Díaz de Espada en 1802. Por los antecedentes familiares y sus propias ideas, Juan Tirry y Lacy se incorporó rápidamente a este movimiento.
El joven militar contrajo matrimonio en La Habana, ciudad donde nacieron sus hijos. Fue ascendido en 1815 como coronel agregado al escuadrón de Dragones de América, que se encontraba destacado fijo en La Habana. Heredó el título de Marqués de la Cañada en 1824, siendo el cuarto con ese título nobiliario. Fue alcalde de La Habana del 1 de enero de 1825 al 1 de enero de 1826, cargo que volvió a ocupar en 1830. Terminó su carrera militar como Brigadier de Caballería del Real Cuerpo de Ingenieros. Fue Caballero de las Órdenes de Santiago y San Hermenegildo.

Redactó, en 1798, un plan para el establecimiento de una lotería en La Habana. Presentado al gobierno en Madrid, se proponía recaudar entre 700 u 800 mil reales anuales. También elaboró una memoria sobre el cultivo del tabaco en la isla de Cuba. Formó parte de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana. Junto a José Agustín Ferrety, a propuesta de la Junta de Caminos de Hierro de La Habana, confeccionó un informe favorable al ferrocarril, que fue vital para la introducción de ese adelanto tecnológico en Cuba en 1837.
Juan Tirry y Lacy inició su etapa de gobernador político y militar de Matanzas el 31 de diciembre de 1815. Algunas fuentes plantean que fue “…propietario de grandes ingenios…” en territorio yumurino, dato que no aparece en el erudito libro El azúcar en Matanzas y sus dueños en La Habana (2007), de Alberto Perret Ballester. También ocupó el cargo de subdelegado de la Real Hacienda y de la Renta de Tabacos. En esta condición fue autor en 1817 de una «Estadística de Matanzas y los cinco partidos de su jurisdicción», que se publicó en las Memorias de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana.
Durante la etapa en que fue la primera autoridad política y militar en territorio yumurino, Juan Tirry y Lacy contribuyó al mejoramiento de la ciudad, que aún estaba muy lejos del esplendor que alcanzó después. Fue protector de la primera enseñanza, al patrocinar escuelas públicas gratuitas y premios para los mejores estudiantes. Colaboró de forma estrecha con personalidades de la talla del catalán Tomás Gener y el educador Ambrosio José González.
Hijo de la Ilustración, Juan Tirry y Lacy murió en La Habana el 23 de febrero de 1839. Una de las calles más importantes de Matanzas lo recuerda.
Un informe célebre

En 1797 arribó a Cuba la comisión presidida por el Conde de Mopox y de Jaruco, creada por el gobierno español para el estudio de los recursos naturales cubanos, en particular la agricultura comercial. Uno de los miembros de esta célebre expedición era Juan Tirry y Lacy, a quien, por sus conocimientos como militar, se le dio el encargo de reconocer la Isla de Pinos. Debido a su competencia y experiencia el éxito de la empresa estaba garantizado.
El fin inicial de su misión era “…examinar si los pinos de que está poblada y los betunes (resinas) que estos producen podrían ser útiles a los bajeles de la Armada”. Además, debía determinar las condiciones existentes para la futura explotación económica del territorio y el establecimiento de poblaciones permanentes y seguras. Sin embargo, por su interés en las características de la casi desconocida isla, el resultado fue mucho más allá.
La estancia de Juan Tirry y Lacy en la Isla de Pinos se prolongó por dos meses, en condiciones no muy favorables. Los resultados de su labor los expuso en una extensa memoria que dirigió al Capitán General de Cuba, Conde de Santa Clara, fechada el 13 de diciembre de 1797. La “Descripción de la Isla de Pinos por el Capitán de Fragata de la Marina Real Armada Don Juan Tirry y Lacy”, apareció en el tercer tomo de Continuación del almacén de frutos literarios, o Semanario de obras inéditas (1818).
También se publicó dentro de las Memorias de la Real Sociedad Patriótica de la Habana en 1838. El título verdadero de esta exposición oficial fue:
“Descripción de la isla de Pinos, hecha por el capitán de fragata de la marina Real don Juan Tirry y Laci, comisionado para examinar si los pinos de que está poblada, y los betunes que estos producen, podían ser útiles para el uso de los bajeles de la armada; exornada con varias noticias sobre sus producciones, situación de sus costas, y ventajas que pueden prometer”.
El informe rendido por Juan Tirry y Lacy, que dividió en 19 capítulos, estableció la situación geográfica de la Isla de Pinos. También describió sus costas y la figura de su conjunto. Explicó las características físicas de sus accidentes geográficos, así como el origen, dirección y curso de sus ríos. Además, valoró la calidad de los suelos y producciones naturales, el clima y las aguas. Desde el punto de vista económico, resaltó las ventajas de actividades como la explotación de canteras, la saca de maderas, la siembra de tabaco y la pesca de carey.
El informe de Juan Tirry y Lacy estuvo acompañado por un plano detallado de la Isla de Pinos. Acerca de la extensión del territorio expresó:
“Según el terreno que he visto, las noticias que he adquirido, las observaciones que he ejecutado, y la figura del plan, resulta tener toda la isla de Pinos 180 leguas cuadradas planas o superficiales, y 76 de circunferencia, costeándola por sus orillas”.
En este informe, Juan Tirry y Lacy describió con detalles las visitas y recorridos que realizó. Expuso con claridad y admiración, las cosas que pudo observar personalmente. Esto lo hizo, tanto en lo natural como en la vida de los seres humanos que allí vivían. Sobre las condiciones higiénicas y de la salubridad destacó lo siguiente:
“No se hallarán muchos parajes en que las aguas y aires sean más benéficos, y propios para la conservación de la vida que los de esta isla: es un hecho incontestable que hasta ahora no ha habido ningún sujeto agravado de aquellas enfermedades habituales, caracterizadas de incurables en otros países, que después de una corta residencia no haya sentido alivio, y al cabo de cierto tiempo el restablecimiento completo, que le ha prolongado la vida a beneficio de los aires y aguas, que son el médico y botica con que la naturaleza ha privilegiado a esta tierra”.
En cuanto a la escasa población, Juan Tirry y Lacy reconoció que era un problema al cual el gobierno debía prestar la mayor atención. Presentó incluso un censo de los habitantes que residían en Isla de Pinos, a partir de los siguientes números:
“Las 76 personas consideradas por sus sexos y edades, se componen de 36 hombres blancos, 18 mujeres de la misma clase, igual número de negros y cuatro negras; y hecha la división con atención al estado político de cada uno, resultan 60 libres y 16 esclavos”.
Sobre estas personas, en un verdadero ejercicio de investigación etnográfica, Juan Tirry y Lacy expuso sus costumbres, actividades económicas, alimentos principales, entre otros aspectos de la vida cotidiana que llevaban, la cual consideró “…en la miseria…”. En la parte dedicada a las maderas que producía la Isla, en particular los pinos, llamó la atención sobre el inadecuado manejo de su cultivo y propuso medidas para corregir esa situación. Esta quizás fue una las primeras ocasiones en que se le dedicó atención a este asunto en un documento oficial al gobierno colonial cubano.
Al concluir el informe, que elaboró con celo exquisito, Juan Tirry y Lacy destacó:
“He hecho una descripción exacta, y he dicho cuanto me parece producir la Isla de Pinos: conozco no están tratados los asuntos con la extensión de que son susceptibles; pero como mi objeto principal era solo el de pinos y betunes, todos los demás ramos los he mirado como accesorios, y he dado una idea corta, pero suficiente para que de ellos se haga el uso que convenga”.
“¡Ojalá que a mis deseos correspondiesen mis medios de animar la agricultura y el comercio de aquella Isla, para dar nuevo fomento a la riqueza nacional y al poder del soberano!”.
Tuvieron que pasar varios años para que el gobierno español mostrara verdadero interés en fomentar poblaciones y diversas actividades económicas en la Isla de Pinos. Mientras tanto, el informe de Juan Tirry y Lacy ha sido considerado un modelo en su género y su autor un pionero en la exploración y conocimiento de la geografía cubana.
De acuerdo con el historiador español Jacobo de la Pezuela, el
“…razonado y extenso informe geográfico de Tirry demostró al gobierno que era aquella isla susceptible de siembras de buen tabaco, fertilísima en pastos y maderas, abundante en piedras de construcción, y de un clima benigno y saludable”.

