En septiembre de 1883 se publicó el primer número de La Revista Matancera.
El primer escrito de La Revista Matancera. Semanario de Literatura, Ciencias, Bellas Artes, Modas y Actualidades, en el número inicial del 9 de septiembre de 1883, se tituló “Saludo”:
“Al aparecer por primera vez La Revista Matancera en el estadio de la prensa, tiene el honor de saludar a sus lectores y a toda la Prensa en general, suplicándole a esta última el canje acostumbrado”.
Después puede leerse el “Cuadro de colaboración”, donde se incluyeron, entre otros, los siguientes nombres: la poetisa Catalina Rodríguez de Morales, los conocidos periodistas Nicanor A. González y Fernando Romero Fajardo, y los médicos Vicente A. Tomás y Sebastián A. de Morales, este último el más relevante botánico cubano del momento. Con el paso de las semanas se incorporaron nuevos redactores a La Revista Matancera. Varias de ellas personalidades de la ciencia y la educación en Matanzas. Fe el caso de Francisco Jimeno, Nicolás Heredia, Ildefonso Estrada Zenea, Miguel Garmendía y Gabriel de Castro Palomino.
Tuvo corresponsales en La Habana, Madrid, Barcelona, París y Cárdenas, ciudad donde tenía esa responsabilidad el destacado pedagogo Rafael Rossi. Los directores fueron Ramón J. de Palacio y Leopoldo Reyes. La redacción se ubicó en la calle San Juan Bautista número 12, en el barrio de Pueblo Nuevo. Se imprimió en la Imprenta La Galería Literaria. Aunque duró poco tiempo y casi no se le menciona en la historia literaria del territorio, La Revista Matancera fue un ejemplo de amor por su ciudad. Es preciso reconocer que la matanceridad latió en sus páginas.

Temas y personajes
Uno de los artículos más relevantes que se publicaron en La Revista Matancera fue “Páginas íntimas”, en la sección “Impresiones de viajes”. En ellos la autora, la destacada poetisa Catalina Rodríguez, dejó testimonio de los viajes que realizó junto su esposo, Sebastián Alfredo de Morales, durante el exilio de ambos con motivo de la Guerra de los Diez Años. Relató, sobre todo, la estancia en Colombia,
Francisco Jimeno, historiador, naturalista y bibliógrafo matancero, colaboró con el artículo histórico “La flota de lata. (Episodio de la historia de Matanzas). 1628”, que se considera un clásico de la historiografía local. De Fernando Romero Fajardo sobresalieron los artículos de costumbres. Fue el caso de “Un altarito de cruz” y “Justina!”. Otros trabajos que merecen mencionarse son “La música popular” y “Los literatos de nuevo cuño”, de Ramón J. de Palacio.
Con el seudónimo de Jacán, José Florencio López también estuvo presente en las páginas de La Revista Matancera, con varios textos en prosa. Entre los textos extranjeros que dio a conocer estuvo “La escultura”, traducido del francés por Tomás F. Rodríguez. Hay que destacar la sección “Leyendas matanceras”, donde Ramón de J. Palacio dio a conocer varios escritos sobre el tema. Entre ellos “La india encantada” y “El indio de Yumurí”. Para este autor, la leyenda era parte indisoluble de la ciudad, pues, según consideró
“…a ningún género literario, se presta más Matanzas, que al leyendario, ya sea por los muchos recuerdos que en ella se conservan de la antigua dominación indígena, o ya por el natural encanto que ejerce la contemplación de muchos de sus lugares en la mente”.

Varios poetas colaboraron con La Revista Matancera. Entre ellos el joven José Gumersindo Villa, quien llegó a ser décadas después uno de los poetas más reconocidos de Matanzas. Otro versificador que comenzó sus pasos en esta publicación fue Bonifacio Byrne. También publicaron poemas Miguel Alfredo Lavastida y Rafael Otero Castroverde, entre muchos otros. De Sebastián Alfredo de Morales se publicó el poema “Ráfagas”.
Aunque tuvo vida breve, La Revista Matancera le fue fiel a su nombre. Trató, en un contexto adverso, de sembrar el amor por la ciudad, su historia y tradiciones. Lo hizo con plena confianza en la literatura, como expresión vital del espíritu humano. Por esta razón, Ramón de J. Palacio escribió:
“Matanzas, la pintoresca y encantadora ciudad de los dos ríos, la gentil Yucayo, que como una indiana fatigada se reclina muelle en las verdes colinas que la circundan por tres lados y con su bellísima y dilatada bahía extendida a sus pies como pudiera estarlo un tapiz de plata a los pies de una soberana, ofrece con sus innumerables y poéticas bellezas naturales, un vastísimo campo a la pluma del escritor y del poeta cuya fantasía encuentra anchurosos espacios en donde poder extender sus invisibles alas”.
