La inteligencia artificial ha comenzado a incorporarse de manera cada vez más visible a los procesos de creación audiovisual. Ya no se limita a asistir la escritura, la edición o determinadas tareas de postproducción, sino que interviene directamente en la construcción de la imagen: puede ampliar escenarios, incorporar personas, generar multitudes, modificar fondos, animar fotografías y producir elementos que terminan integrándose en planos rodados con actores reales. Las telenovelas no son ajenas a este proceso. Brasil y Turquía ofrecen ejemplos recientes de una tendencia que, aunque todavía se encuentra en desarrollo, comienza a modificar algunas formas tradicionales de producir ficción.
En este contexto resulta particularmente interesante observar lo que ocurre en la telenovela cubana Entre aguas, actualmente en pantalla. Sin pretender afirmar que todos los recursos visuales que llaman la atención hayan sido necesariamente realizados mediante inteligencia artificial, su presentación y, sobre todo, algunos planos de transición y ambientación presentan características compatibles con este tipo de procedimientos. Se trata de imágenes que cumplen una función concreta: ampliar visualmente el universo donde se desarrolla la narrativa.
El recurso tiene, en el caso cubano, una justificación que sería difícil desconocer. Producir una telenovela en las condiciones actuales implica importantes limitaciones económicas, materiales y logísticas. Movilizar grandes cantidades de figurantes, disponer de determinadas localizaciones, construir escenografías o garantizar que un espacio tenga la actividad necesaria para una escena puede resultar complicado. Desde esa perspectiva, utilizar IA para ampliar un ambiente, incorporar personas a un restaurante, construir un público o enriquecer un exterior puede ser una solución creativa y económicamente razonable. No tendría sentido exigir a una producción cubana que reproduzca las condiciones de trabajo de las grandes industrias internacionales cuando sus posibilidades son evidentemente diferentes.
De hecho, esta no es una particularidad cubana. En Brasil, TV Globo ha incorporado herramientas de inteligencia artificial en diferentes procesos de sus producciones. En Êta Mundo Melhor! (título en español: ¡Qué vida increíble!), por ejemplo, se utilizó para recrear el São Paulo de las décadas de 1940 y 1950 a partir de imágenes estáticas, transformándolas en secuencias con movimiento e incorporando elementos como personas y vehículos. En Dona de Mim (Dueña de mí) también se emplearon recursos de IA para construir digitalmente la apariencia de un bebé dentro de una escena. Turquía ofrece igualmente ejemplos de experimentación en ficción televisiva, con producciones como Aile Saadeti (Felicidad familiar) y proyectos vinculados a Ay Yapım que han llevado la utilización de estas herramientas a procesos que incluyen storyboard, personajes, generación de vídeo, voces y doblaje. Estos casos demuestran que la incorporación de IA a la ficción no constituye una extravagancia, sino una tendencia internacional que merece ser observada con atención.
Sin embargo, una cosa es utilizar la tecnología para solucionar una limitación de producción y otra muy distinta es permitir que esa solución llegue a pantalla sin el necesario control artístico y técnico. La IA puede generar en segundos un restaurante lleno de personas, pero la imagen resultante necesita ser revisada con el mismo rigor que cualquier otro elemento de la puesta en escena. Cuando esto no sucede aparecen problemas de continuidad, anatomía, perspectiva, iluminación o movimiento: personas que cambian de posición, rostros que se transforman, figuras que aparecen o desaparecen, cuerpos poco naturales u objetos cuya relación con el espacio resulta inconsistente. Una imagen fija puede parecer convincente; una secuencia, en cambio, exige continuidad temporal. El espectador quizá no identifique exactamente el procedimiento utilizado, pero percibe que algo no funciona.
En Entre aguas este problema puede observarse particularmente en los planos destinados a crear ambientes. Uno de los ejemplos más llamativos corresponde al público de un teatro. Entre un momento y otro de la secuencia se perciben variaciones en la posición y configuración de los espectadores que resultan difíciles de justificar como simples movimientos naturales del público. Algunas figuras parecen reorganizarse dentro del espacio, otras aparecen de la nada, mientras otras pierden su correspondencia con el asiento o con la posición que ocupaban anteriormente. La imagen consigue transmitir rápidamente la idea de una sala concurrida, pero la continuidad de las personas parece quedar en segundo plano. Es un buen ejemplo de una tecnología que resuelve el ambiente, pero no termina de resolver la secuencia.
Otro caso resulta todavía más revelador. En un plano destinado a representar un hospital, algunas figuras presentan una apariencia poco natural. Pero existe además un detalle particularmente significativo: en la zona inferior derecha aparece lo que parece ser una marca o identificador asociado a la herramienta utilizada para generar la imagen. Si efectivamente se trata de una marca de la aplicación de IA y no de un elemento añadido por otra razón, su permanencia en la imagen plantea una pregunta elemental sobre el control de calidad: ¿cómo pudo una señal de este tipo superar el proceso de revisión y llegar a la emisión? El problema ya no estaría únicamente en la herramienta, sino en la supervisión humana que necesariamente debe acompañar su utilización.
La cuestión se vuelve todavía más interesante en algunos planos utilizados para representar La Habana. Aquí el problema no parece ser un defecto técnico evidente, sino una cuestión de verosimilitud fotográfica. La ciudad aparece excesivamente limpia, luminosa y espectacular; el cielo, el mar, la arquitectura, la vía prácticamente despejada y la composición general producen una imagen que se aproxima más a una postal turística que a la percepción cotidiana de la ciudad. Es una imagen atractiva desde el punto de vista plástico, pero precisamente por ello parece privilegiar la espectacularidad sobre la naturalidad. Un plano de transición y ambientación no debería limitarse a mostrarnos una ciudad reconocible: debería conseguir que el espectador crea que ese espacio pertenece al mismo mundo cotidiano en el que transcurre la historia.
Este aspecto tiene una importancia particular en una producción cubana. El espectador conoce La Habana, reconoce sus calles, su arquitectura, su tráfico, su luz y hasta sus imperfecciones. Una inteligencia artificial puede generar una imagen técnicamente hermosa de la ciudad y, al mismo tiempo, producir una representación poco convincente para quien la habita o la conoce. Podríamos hablar entonces de una especie de verosimilitud local: no basta con que una imagen parezca real en términos generales; tiene que resultar creíble como representación de ese lugar concreto.
Quizás el uso más recurrente de estos recursos en Entre aguas se encuentre en los planos de ambientación del restaurante. La diferencia con las escenas protagonizadas por los actores resulta llamativa: mientras en buena parte de las secuencias rodadas con personas reales el restaurante aparece con una concurrencia limitada, en estos planos el espacio suele presentarse abarrotado, con las mesas ocupadas, perfectamente servidas y una actividad que busca transmitir inmediatamente la sensación de un establecimiento lleno. Desde el punto de vista productivo, la intención es perfectamente comprensible. Sin embargo, cuando la imagen se observa detenidamente, esa abundancia adquiere un carácter artificial.
Las mesas aparecen cuidadosamente dispuestas, los alimentos y objetos parecen colocados con una pulcritud poco espontánea y los comensales del fondo cumplen, en buena medida, la función de llenar el encuadre. No se trata de que un restaurante no pueda estar lleno, sino de que la imagen parece responder a una idea genérica de “restaurante concurrido” más que a la observación de un espacio real. Y cuando posteriormente regresamos a una escena con los actores en un establecimiento prácticamente vacío, la contradicción se vuelve más evidente: el mismo universo narrativo parece tener dos niveles de realidad visual.
A ello se suma un detalle particularmente problemático: en la esquina inferior derecha vuelve a aparecer lo que parece ser una marca o identificador de la herramienta utilizada para generar la imagen. Si efectivamente se trata de una marca de la IA, su permanencia dentro del plano constituye una evidencia especialmente clara de que el proceso de revisión y acabado no alcanzó el nivel necesario antes de su emisión.
En este punto resulta pertinente recuperar la observación del colega Jordanis Guzmán, quien ya había señalado, a propósito de Entre aguas, el riesgo de prescindir del diseñador gráfico y de la mirada profesional capaz de aportar creatividad, gusto estético y criterio a una propuesta visual. Su valoración de la presentación y las cortinas de transición de la telenovela apunta precisamente a resultados irregulares tanto en su ejecución como en su criterio artístico. Coincido con esa preocupación, aunque añadiría que el asunto trasciende la función del diseñador gráfico: alcanza también a la fotografía, la dirección de arte, la realización y, en última instancia, al proceso de postproducción.
La IA puede generar decenas de posibilidades, pero no decide por sí misma cuál de ellas pertenece verdaderamente a la obra. Esa responsabilidad continúa siendo humana. Por eso, paradójicamente, la aparición de estas herramientas no debería hacer menos necesaria la mirada profesional, sino más necesaria que nunca.
La discusión sobre la IA en la telenovela cubana debería, por tanto, escapar tanto del entusiasmo tecnológico como del rechazo automático. Sería injusto negar las posibilidades que ofrece a una televisión que enfrenta dificultades crecientes para producir ficción. Utilizada con criterio, puede ayudar a crear ambientes, ampliar localizaciones, reducir necesidades logísticas y proporcionar una escala visual difícil de alcanzar por medios convencionales. El problema comienza cuando la necesidad de abaratar o facilitar la producción termina acompañada de una disminución de la exigencia artística.
Aquí aparece la “chapistería”, entendida no como sinónimo de utilizar IA, sino como la evidencia de un trabajo que quedó a medio terminar. La tecnología puede ser una excelente herramienta para hacer más con menos, pero necesita un proceso posterior de selección, corrección e integración.
El espectador no tiene por qué saber cuántos extras participaron en una escena ni cómo se construyó digitalmente el público de un teatro. Tampoco tiene que distinguir entre una multitud real y una generada artificialmente. Su única exigencia es creer en aquello que está viendo. Cuando la tecnología logra integrarse de manera natural, desaparece detrás de la narración. Cuando deja ver sus costuras —una persona que cambia entre fotogramas, una ciudad convertida en postal o incluso una posible marca de la herramienta que quedó dentro del encuadre— deja de ser un recurso invisible y comienza a convertirse en parte involuntaria de la historia.
El desafío para la telenovela cubana no debería ser decidir si utilizar o no inteligencia artificial, sino aprender a utilizarla sin sacrificar el criterio que convierte una solución técnica en una solución estética. En un contexto donde hacer televisión resulta cada vez más difícil, la IA puede ser una aliada importante. Pero precisamente porque puede ayudarnos a superar nuestras limitaciones, debemos exigirle más, no menos. Hacer más con menos recursos no significa aceptar menos calidad. Al contrario: significa utilizar cada recurso disponible con mayor inteligencia, y recordar que ninguna herramienta puede sustituir la mirada de quien sabe cuándo una imagen está realmente terminada.
P.D. Y antes de que alguien se apresure a descalificar estas observaciones por el simple hecho de mencionar la inteligencia artificial, una aclaración: este artículo también contó con IA como asistente durante su proceso de elaboración. La diferencia —y aquí está precisamente el punto de todo lo escrito— es que la herramienta asistió el proceso, pero no recibió la responsabilidad de pensar, seleccionar, corregir ni decidir qué debía publicarse. La IA puede ser una excelente ayudante; todavía conviene que alguien revise el trabajo antes de ponerlo en pantalla. Al menos, para evitar que se nos cuele hasta el logo de la herramienta.
Félix A. Correa Álvarez/ Televisión Cubana
