Hay voces que el tiempo no consigue apagar. Voces que sobreviven en una vieja grabación, en una fotografía, en el recuerdo de quienes las escucharon alguna vez desde un escenario, un teatro, un cabaré o frente a las cámaras de la televisión. La de Natalia Herrera pertenece a esas voces.

Más de tres décadas después de que Adolfo Llauradó reuniera ante su cámara a once mujeres imprescindibles de la escena cubana en el documental Divas por amor, regresar a aquellas imágenes es también una manera de volver a encontrarnos con una artista que hizo del escenario una prolongación de su propia vida.

Natalia Agustina Herrera Díaz había nacido el 28 de mayo de 1923, en la calle Fábrica, en Luyanó. Después viviría en Cayo Hueso. Pero quizá su verdadera casa comenzó a ser el mundo del espectáculo desde mucho antes de que alguien pudiera imaginarlo.

Tenía apenas ocho años cuando actuó por primera vez en un teatro. A los nueve ya cantaba y bailaba en la compañía de Pedro Salvá. Y a los catorce, en 1937, apareció en La Corte Suprema del Arte, el popular programa de aficionados que conducía Germán Pinelli.

Ella misma recordaría aquel momento en el documental. La historia familiar alrededor de aquella presentación parecía salida de una comedia:

«Me dio por ser artista, la única en la familia que salió artista».

Y después vendría aquella muchachona que un día decidió que quería cantar en La Corte Suprema del Arte.

«Yo quiero hablar, cantar, bailar, hacer de todo en el teatro, mamá».

Su madre la escuchó y terminó acompañándola hasta el Teatro Martí. Allí, frente a aquel templo de la escena cubana, Natalia tuvo uno de esos encuentros que parecen destinados a cambiar una vida.

Llauradó la muestra muchos años después mirando el Teatro Martí. En sus ojos hay emoción y también nostalgia. Entonces recuerda:

«Qué emoción tan grande yo sentí. Ver personalmente a Candida Quintana, a Alicia Rico, a Chino Wong, a Carlos Pous».

Su madre la presentó ante Julio Gallo:

«Julio, mi hija quiere ser artista»

«Él le pidió que dijera algo». Natalia recuerda todavía su desconcierto: «Algo»

Pero aquel hombre supo reconocer rápidamente lo que tenía delante. Después de conversar con ella, se volvió hacia su madre y pronunció una frase que sería casi una sentencia de vida:

«Ahí tienes una mulata del bufo».

Natalia no olvidaría nunca aquella oportunidad.

Cándida Quintana le aconsejó. Julio Gallo le enseñó a mirar. Y Natalia convirtió la calle en escuela.

«Porque quiero que sepan que yo estudié en la universidad de la calle», dice Natalia ante la cámara.

Pasaba por los solares, escuchaba hablar a las mujeres, observaba sus gestos, sus maneras, sus dichos.

«Me paraba para ver el gesto, cómo hablaban, los dichos que tenían. Y todo lo llevé al escenario».

Ahí estaba una de las claves de aquella artista extraordinaria: mirar para después transformar. Escuchar para después interpretar. Tomar la vida cotidiana y convertirla en personaje.

Natalia fue cantante, bailarina, actriz, vedette. Transitó por la radio, la televisión, el teatro, el cine y los espectáculos musicales. Su trayectoria comenzó profesionalmente a finales de los años treinta y atravesó varias generaciones de artistas y medios de comunicación.

En la radio compartió espacios con figuras como Carlos Badías, Vicente Morín, Sol Pinelli, Clavelito y Joseíto Fernández. Pasó por CMQ, Radio Progreso, Radio Mambí, Radio Liberación y otros escenarios sonoros donde construyó una carrera tan extensa como diversa.

En televisión, desde Humo del recuerdo y Show del mediodía, su presencia fue creciendo hasta convertirse en parte de la memoria de espacios como San Nicolás del Peladero, Detrás de la fachada, Teatro ICR, Si no fuera por mamá, Ajiaco, Así era entonces y Día y noche.

En San Nicolás del Peladero interpretó distintos personajes y llegó a convertirse en la mujer de Cheo Malanga, personaje encarnado por Enrique Arredondo, además de asumir otros roles que alimentaron el universo popular de aquel programa inolvidable.

Pero había una palabra que parecía resumir una parte esencial de Natalia: bufo.

Ella lo llevaba dentro. Lo había aprendido observando la calle, escuchando sus voces y estudiando los gestos de la gente. Por eso, cuando en el documental se le escucha hablar de su trayectoria, aparece también una preocupación que tiene la dimensión de un testamento:

«Pero como todo tiene un pero, el pero mío es que tengo la tristeza».

Y entonces llega una de las frases más conmovedoras de todo el testimonio:

«Que el día que entierren a Natalia Herrera, entierran al bufo».

No parece una frase dicha únicamente sobre sí misma. En aquella declaración hay conciencia de pertenecer a una tradición artística y de haber sido uno de sus eslabones.

Natalia sabía que ella no era solamente Natalia Herrera. Era también la memoria de una manera de hacer teatro, de cantar, de hablar, de construir personajes y de entender la cubanía desde el escenario.

Y quizá por eso, en Divas por amor, canta.

Su voz entra cantándole a Casablanca:

«Casablanca, cómo llenas mi embrujo…»

Después recuerda los sueños, los hombres que esperan la carta de Francia, el cuarto de los recuerdos, la novia de un marinero.

La actriz se transforma entonces en cantante y la cantante vuelve a ser actriz. Porque en Natalia las fronteras nunca fueron demasiado precisas.

También está el Zun-zun, aquella canción que marcó una parte de su trayectoria:

«El zun-zun es juguete y es amor».

Y detrás de aquella melodía aparece otra historia, la del encuentro —y el desencuentro— con Rita Montaner.

Natalia cuenta que el maestro Ernesto Lecuona la mandó a buscar para que trabajara en el Teatro América cantando Zun-zun. Pero Rita Montaner se enteró y fue a hablar con su madre para impedir que la joven trabajara.

Natalia recuerda la escena con la irreverencia y el sentido del humor que la caracterizaban. Rita esperó el momento preciso de su entrada y, cuando el trombón hizo el esperado “pum”, apareció delante de ella.

La frase fue dura. Natalia la recibió como un desafío.

Y respondió desde aquella seguridad juvenil que años después ella misma juzgaría con humor:

«Tú lo que tienes es envidia de la juventud. Deja entrar la juventud».

Décadas después, Natalia podía mirar aquel episodio de otra manera:

«Hoy comprendo que fue una falta de respeto mía porque Rita era una gloria de Cuba».

Ahí aparece otra Natalia: la mujer que puede reírse de la muchacha que alguna vez creyó ser “la reina de Arás”.

Y quizá esa capacidad para reírse de sí misma sea también una de las razones por las que su presencia permanece tan viva.

Natalia no necesitó proclamarse hermosa. En otro momento del documental lo dice con una franqueza desarmante:

«Yo nunca fui bonita, la verdad».

Y enseguida, fiel a su espíritu juguetón, añade:

«Nunca tuve cara, pero en cuerpo todavía me la juego al canelo».

La frase provoca una sonrisa, pero también resume una filosofía escénica: Natalia Herrera sabía que el arte no dependía solamente de un rostro. Dependía de la presencia, de la personalidad, del gesto, de la voz, del cuerpo, de la capacidad para apropiarse de un personaje y hacerlo vivir.

Su carrera cinematográfica confirmó también esa versatilidad. Participó en Tulipa, Reina y Rey, Guantanamera, Maité, De regreso a Cuba, Zafiros, locura azul, Las profecías de Amanda y Tropicana, un paraíso bajo las estrellas, entre otros trabajos.

Y en 1995, cuando ya llevaba más de medio siglo sobre los escenarios, Natalia se sentó frente a Adolfo Llauradó para hablar de sí misma junto a otras diez grandes mujeres de la cultura cubana.

Divas por amor las reunió como quien abre un álbum vivo de la escena nacional. Allí estaban sus historias, sus voces, sus recuerdos, sus gestos y esa memoria que solo puede conservarse cuando alguien se decide a escuchar.

Natalia tenía entonces muchas décadas de escenarios detrás.

Había comenzado como una niña que escapaba para bailar rumba y que terminó llegando a su casa de la mano de la policía. Había pasado por teatros, radios, cabarets y estudios de televisión. Había viajado por América y actuado en escenarios internacionales. Había compartido cartel con algunas de las figuras fundamentales de la cultura cubana. Había aprendido mirando a la gente en los solares y había convertido aquellas observaciones en personajes.

Y seguía cantando.

Seguía contando.

Seguía riéndose.

Natalia Herrera murió en 2018, a los 95 años.

Pero aquella frase que dejó ante la cámara de Llauradó adquiere hoy otra dimensión. Si con ella moría el bufo, como temía la propia actriz, también es cierto que una parte de ese legado quedó preservada en su voz, en sus personajes, en las grabaciones de radio y televisión, en el cine y, de manera muy especial, en aquellas imágenes de Divas por amor.

Más de treinta años después, Natalia vuelve a mirar a la cámara.

Le canta a Casablanca.

Recuerda el Teatro Martí.

Habla de Candida Quintana, Alicia Rico, Chino Wong y Carlos Pous.

Se ríe de su juventud.

Recuerda a Rita.

Y nos deja una advertencia que hoy suena casi como una invitación: mirar hacia atrás para reconocer cuánto de aquella cultura escénica vive todavía entre nosotros.

Porque quizás las divas no desaparecen cuando se cierra el telón.

Quedan en la memoria.

Y mientras alguien vuelva a escucharlas, el escenario seguirá encendido.

Félix A. Correa Álvarez/ TV Cubana 

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