Los retos de interpretar a Camila en la telenovela Entre aguas. Su manera de asumir tanto la empatía como la dureza del público.

Litzandra Batista Candó es una actriz formada en la Escuela Nacional de Arte, con experiencia en televisión, teatro infantil y comunitario. Se destaca su participación en la serie rusa Oro del Gloria (2012) y en cortos premiados como Habana Prores. Ha construido su carrera desde la perseverancia y la pasión por el arte.

Interpreta a Camila en la telenovela Entre aguas y es ese torbellino emocional que, aun cuando parece racional, se desborda sin medida. La actriz reconoce que muchas Camilas nos rodean y que, en algún momento de la vida, también hemos sido una de ellas, aferrados a aquello que nos cuesta soltar.

Su trabajo fue un viaje a la humanización: llevar el personaje de adentro hacia fuera, aceptar la incomodidad de mostrar en público conductas que jamás compartiría en lo personal. El miedo la acompañó, pero la guía firme de Felo Ruiz y el apoyo de Flora Borrego y Alejandro Cuervo hicieron posible que Camila cobrara verdad en escena.

Con Litzandra conversamos sobre este personaje que tanto está dando de qué hablar por estos días.

«Llegué a Entre aguas como Camila y primera asistente de dirección. Pero terminé siendo Camila, la primera asistente y la anotadora, junto a Heydi Salazar. Desde el inicio debía apoyar a las muchachas, pero muchos se quedaron en el camino: fue una etapa difícil, marcada por la epidemia chikungunya de turno. Lo más complicado fue llevarlo todo a la vez, con la sensación constante de que algo podía salir mal en cualquier momento. En esos momentos, el apoyo es incalculable.

«¿Lo volvería a hacer de la misma manera? No, no hay forma humana de que vuelva a repetir semejante locura. Así como Alicia cree en el Sombrerero, el Conejo Blanco y las seis imposibilidades, esta experiencia no volverá a estar dentro de ellas. Pero la prioridad era la obra», confiesa la actriz.

—Hay momentos en los que Camila se muestra incapaz de aceptar el rechazo. ¿Cómo asumiste esas escenas de confrontación y qué herramientas actorales utilizaste para sostenerlas?

—Lidiar con el rechazo es una cualidad que aprendemos; no viene de fábrica. Asumir las escenas de confrontación desde la aparente calma, aunque esté haciendo el ridículo, fue todo un desafío. Te cuestionas, pues tú nunca actuarías de esa manera.

«Fe y sentido de la verdad: sentir el dolor en carne propia. En ocasiones no podía distinguir si quien hablaba era ella o yo. Me apropié de la construcción clara de la psicología de esta mujer, sus antecedentes, sus carencias. La defiendo y la defenderé porque todos tenemos derecho a una segunda oportunidad, a crecer, a redimirnos. La vi crecer, madurar. Los televidentes lo verán.

«Algo que me gustaría resaltar es la empatía lograda con Cinthia Paredes (mi madre) y con Faustino Pérez (mi padre), desde el cariño y el entendimiento; y con Emilio del Valle (mi abuelo), que es amor personificado. No sé cómo describirlos. Hicimos una linda familia, donde todo fue real: los abrazos, el apoyo.

«Una experiencia con Cinthia fue una pelea fuerte entre madre e hija y, después de eso, no bastaban los besos, las disculpas, las lágrimas y las risas.

«Con la familia que me esperaba en casa fue complicado. Tuve su apoyo todo el tiempo, pero se enfermaron con la epidemia del momento y me fue muy difícil concentrarme en el trabajo al saber que estaban solos y yo tan lejos, sin poder cuidarlos. Agradezco a todas las personas que me apoyaron en ese momento y, entre ellas, se encuentra Aida Reyes, una de nuestras productoras».

Más allá de la ficción

—¿Cómo ha reaccionado el público ante Camila? ¿Qué comentarios o anécdotas te han marcado desde que la novela salió al aire?

—En la calle me reciben con mucho respeto y cariño. Esto lo pude comprobar recientemente durante el tiempo que tuve a mi papá ingresado, pero me pasa constantemente. Las personas me paran, me preguntan si soy Camila y ahí es donde se desatan con frases como: «¡Qué mal me caes!», y después me piden una foto.

Una señora se me acercó y me dijo: «¡Qué ganas tengo de agarrarte por las trenzas! Pero ya no las llevas puestas. Deja a Yadrián tranquilo, chica». Y la verdad es que, hasta ahora, las personas que se me han acercado en la calle han sido muy lindas y agradecidas. Me piden que les envíe las felicitaciones a todo el elenco y a los directores por mantener atrapado al público.

«El público ha reaccionado a Camila desde muchos puntos de vista, pero el más recurrente es que la odian, en su mayoría, aunque algunos la entienden. Los comentarios sobre el personaje, por su caracterización, no deben ser positivos, y esos los abrazo, pues se cumplió un objetivo.

—Las personas en las redes suelen ser muy crueles y juzgan sin saber, muchas veces, emiten criterios hirientes… ¿Cómo enfrenta Litzandra esto? ¿Has sentido que esos criterios van dirigidos a Litzandra y no a Camila? ¿Cómo manejas este tipo de comentarios?

—No soy usuaria habitual de las redes sociales, por lo que me mantengo al margen; pero sí estoy al tanto de algunos criterios. Cuando estos van directamente a atacar a la persona, como el color de piel —y pongo este como ejemplo—, pues sí afecta.

«A mí me afectó más porque, en algún momento de mi vida, sufrí por mi color de piel y sobreponerse a ello es muy difícil. No voy a mentirte: en este caso, la banalidad ha estado a punto de ganarme, pero siempre hay un girasol que te pone los pies en tierra nuevamente.

«No estoy ajena a la realidad y sí que duele, pero somos más que eso. No se trata de negar el dolor, sino de reconocerlo y seguir adelante, con la certeza de que el arte puede ser un espacio de redención y de resistencia».

La conversación con Litzandra Batista revela a una actriz que no se limita a encarnar un personaje, sino que lo defiende, lo humaniza y lo expone con toda la vulnerabilidad que implica ponerse en la piel de alguien tan complejo como Camila.

El personaje, con sus excesos y su incapacidad de aceptar el rechazo, se convierte en un espejo incómodo de realidades cercanas. La actriz no lo considera un personaje negativo en sí mismo; en su defensa, alude a que es una mujer herida, compleja emocionalmente y que no sabe lidiar con una realidad en la que sus padres no asumen la responsabilidad por ella. Los traspiés que ella misma provoca la enseñan y la hacen evolucionar a lo largo de la telenovela.

Litzandra considera que la construyó desde la verdad, el miedo y la fe, apoyada en un equipo que supo guiarla y sostenerla. El público la ha odiado y la ha querido, y en esa contradicción se confirma el éxito de su interpretación: provocar, remover, dejar huella.

Litzandra enfrenta también los juicios del mundo digital, donde la crueldad y el racismo aún persisten. Su manera de evadir comentarios en ocasiones incómodos, lacerantes, inadecuados, irrespetuosos y faltos de tacto ha sido minimizarlos. Cree que dejarlos ir es parte de la autopercepción que ha construido con los años, sobre todo cuando notó que esto la afectaba.

Yo diría más: con Camila, Litzandra Batista entrega un personaje que conduce hacia una reflexión sobre la sociedad cubana. Y, en ese tránsito, reafirma que actuar es exponerse, incomodarse y crecer, siempre con la esperanza de que cada historia nos acerque un poco más a la verdad.

La telenovela Entre aguas ha puesto en evidencia que el racismo no es un fenómeno externo, sino algo incrustado en la memoria y en las prácticas cotidianas de los cubanos dentro y fuera de la Isla. Esa contradicción duele porque Cuba se ha narrado a sí misma como mezcla, como crisol de culturas, como una nación que se enorgullece de su mestizaje.

La identidad cubana no es solo color de piel, sino también cultura, idiosincrasia y memoria; pero esa riqueza se ve empañada por un racismo estructural que atraviesa generaciones. Sin embargo, aunque no ha de ser el medidor, lo desatado en las redes sociales revela que, bajo esa superficie, aún persisten prejuicios, silencios y exclusiones que no se han podido arrancar de raíz.

Por otra parte, hay un punto en el que también pudiera abrirse un debate en un artículo aparte: la selección de actores y actrices para la interpretación de los personajes. En el imaginario popular, tener tez negra se asocia a lo marginal, lo vulnerable y lo conflictivo. Y aquí viene a mi recuerdo la frase que he visto repetida: «Tenía que ser negra».

Esa es parte de nuestra responsabilidad: reconocer el problema es el primer paso para sanarlo. La televisión debe ser también una trinchera para desmontar esos prejuicios y construir una narrativa más justa y equitativa.

Fotos: Cortesía de la entrevistada 

Yoamaris Neptuno Domínguez/ TV Cubana

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