La heroína, más allá del Moncada

Haydée Santamaría, la Heroína del Moncada, fue sensibilidad, acción, audacia y clarividencia, virtudes a las que ni el paso de los años menguó, cuando ya los bríos de la juventud eran recuerdos. Todo comenzó en el batey del Central Constancia, en el actual municipio de Encrucijada, donde vivió gran parte de su infancia y juventud. Primero le vino la sensibilidad, esa de no pedir de favor sino de hacer para trasformar aquella miseria y desigualdad que observaba en su apacible comunidad, pero reflejo de la pobreza de muchísimos de sus pobladores.

Esa vocación innata suya por los necesitados se afianzó en el seno familiar y también por la influencia de su maestro Eusebio Lima Recio, quien le abrió el horizonte del conocimiento sobre nuestro Héroe José Martí.

En una ocasión al explicar cómo se empezó a moldear la estirpe revolucionaria de Abel, a quien consideraba la persona más brillante y capaz que existía, sin quererlo nos descubrió un retrato de ella misma.

En esencia contó que su queridísimo hermano descubrió los desmanes contra los campesinos de los latifundistas que le arrebatan su pedacito de tierra; después conoció a Jesús Menéndez y las luchas de este en el central fueron grandes, y para Abel y para mí fue descubrir algo nuevo.

Abel se hizo mayor y empezó con sus lecturas y sus transformaciones. Por el dictador Batista sentía un odio mortal desde antes del golpe del 10 de marzo de 1952, porque ya era un asesino.

En esos intercambios, más lo apreciado desde la infancia, y después de conocer a Fidel explican cómo surgió en Haydée su compromiso por lograr la justicia  social, y en su establecimiento descolló.

Hablando en una entrevista sobre el Moncada expresó: «Cuando nos encontramos a Fidel, todo empezó a hacerse posible, todo fue hablar de una verdad y una realidad; y partir de algo: que no teníamos nada…». Y cuando veíamos a todo un mundo de gente que decía que tenía tanto y más cuanto… Entonces nos encontramos a Fidel que dice: «No tenemos nada, no hay nada, y hay que buscarlo; y el problema aquí ya no es de cantidad, sino de empezar».

Su sensibilidad, acción, audacia y clarividencia tampoco acabó después de la lucha para derrocar la tiranía, siguió lozana en función de las mejores causas, en particular hacia el ámbito cultural, desde la Casa de las Américas. Fue creadora y patrocinadora del Movimiento de la Nueva Trova, y logró difundir la obra artística desconocida de jóvenes como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola… que inauguraban una sonoridad que se impuso internacionalmente.

El escritor Roberto Fernández Retamar en su momento enfatizó que «ella mezclaba un humanismo extraordinario con el rigor y la profunda vocación revolucionaria, por eso no solo marcó a la Casa sino a cada uno de nosotros», mientras el cantautor Silvio Rodríguez expresó que «…lo primero que aprendí de ella fue la solidaridad y la confianza en los jóvenes».

Sobre esas virtudes que la distinguían, el presidente de la Casa de las Américas, Abel Prieto Jiménez, ha dicho que se necesita conocer realmente la dimensión humana de quien fuera mucho más que la Heroína del Moncada.

Sobre ese particular confesó que todavía resulta un enigma su capacidad para establecer diálogos y vínculos de amistad y colaboración con intelectuales de todos los confines y tendencias de las Américas.

Para él la capacidad de convocatoria de la Casa de las Américas, una de las grandes pasiones de su vida, es prueba de ello. Cada vez que la Casa reúne, convoca, emprende, también es «Yeyé» quien lo sigue haciendo de algún modo.

Tenía que vivir

«Cuando Haydée hablaba del Moncada, no lo hacía solo como participante en un hecho histórico, sino también en un hecho biológico y espiritual», definió el poeta Cintio Vitier.

Exacta valoración para aquella esperanzadora, corajuda y audaz acometida por la libertad que la tuvo a ella de protagonista. Fidel en el alegato de autodefensa La Historia me absolverá afirmaría, con justeza, que nunca se puso en un lugar tan alto de heroísmo y dignidad el nombre de la mujer cubana.

Ella confesó que en aquellos momentos previos al ataque miraban a Fidel, y sí había algo que nos decía que sí viviría, que él sería el único que viviría; porque tenía que vivir.

Basta recordar solo esa entereza ante los esbirros cuando le enseñaron el ojo ensangrentado de Abel y le dieron: «Este es de tu hermano, si tú no dices lo que no quiso decir, le arrancaremos el otro».

Solo de imaginar aquel trance terrible uno tiembla, pero ella, que quería entrañablemente a su hermano, respondió digna y corajudamente con una frase que la inmortaliza: «Si ustedes le arrancaron un ojo y él no lo dijo, mucho menos lo diré yo».

Lo visto y sufrido en aquella acción la acompañó durante toda la vida, pero nunca le impidió seguir dando lo mejor para contribuir a la Revolución, esa obra a la que quería con pasión y sentimientos por la que no vaciló en exponer su vida. (ALH)

Tomado de Juventud Rebelde

Publican libro con textos sobre Haydée Santamaría

Acerca Redacción TV Yumurí

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