Ahí estás, Otto Oñate García. Tranquilo. Sereno. Feliz. ¿En qué piensas ahora? Dicen que cuando se está en ese lugar, donde tú estás ahora, se piensan muchas cosas y que el cerebro comienza a pasar imágenes de tu vida. Eso dicen. Pero también puede pasar lo contrario. Que la mente se quede en blanco y que solo exista ese momento. ¿Cuál de las dos partes estás viviendo ahora, Otto?
Ya no eres ese muchacho que electrizabas a todos cuando empezaste en el levantamiento de pesas. Ese jovencito pelado casi a rape, de mirada muy seria y concentrada. Ahora eres un hombre, joven, con pelo abundante y una ligera barbita, pero hombre adulto que ha tenido que madurar con la frente en alto los rigores de la vida.
Tú decidiste ser primero hijo que atleta. Te fuiste del deporte para cuidar a tu mamá en sus dolencias. Para acompañarla, pasar tu mano sobre la de ella, acariciarle los cabellos, ser amigo, compañero, cómplice. Ser hijo antes que campeón.
Fueron tres años fuera. De 2022 a 2025. Volviste a las pesas y renaciste. El mundo te miraba asombrado. Con apenas cuatro meses de entrenamiento, ganaste tres medallas de oro en el Clasificatorio Centroamericano y del Caribe, asegurando su clasificación para Santo Domingo 2026. Tres doradas, Otto. Tres. ¿Cómo lo hiciste?
Y aquí estás ahora. Parado en el podio. Con ese rostro sereno y feliz. Lleno de sano orgullo. Con un oro en envión con 158 kilogramos y plata en arranque con 121 kilos. Un triunfo que no le quitaste a nadie. Un triunfo ganado con valor, con decencia, y tú alzas los ojos, sereno, tranquilo, sin poses, con autenticidad. Miras tu bandera y escuchas el himno, y uno pide que la vida le dé la oportunidad de estrechar tu mano, Otto Oñate García. La mano de un campeón. La mano de un hombre.
Foto: Abel Rojas Barallobre
Luis Raúl Vázquez Muñoz/ Juventud Rebelde
