Aún no sale el sol y en la penumbra de miles de hogares cubanos comienza el día, no es el aroma del café recién colado lo único que flota en el aire, sino el empeño silencioso de quien, contra toda lógica material, se las ingenia para que la mesa no amanezca vacía.

Este Día de las Madres amanece distinto en la Isla, no por la ausencia de flores o regalos, sino por la presencia multiplicada de la entereza, porque si algo ha demostrado la historia reciente de Cuba es que, cuando las estructuras tiemblan, hay un pilar que no cede: la madre cubana.

Lejos del estereotipo pasivo, estas mujeres encarnan hoy el concepto más estricto de la resiliencia, sobre sus hombros recae, a menudo en solitario, la administración de la economía doméstica.

Su carácter se define por una vocación inquebrantable de encontrar soluciones donde otros solo ven carencias, no se trata únicamente de «resolver» lo material como el alimento, el aseo, el vestuario, sino de preservar, en el intento, la dignidad del hogar.

La figura materna trasciende lo biológico para convertirse en el principal agente de contención psicológica de la sociedad, y en medio de los apagones, la incertidumbre migratoria y el desgaste cotidiano, ellas son el refugio emocional que amortigua el golpe.

También la importancia de las madres cubanas se mide en su rol como transmisoras de valores en una época donde las referencias éticas a menudo se difuminan, ellas insisten en la enseñanza del esfuerzo, la solidaridad vecinal y el apego a los afectos por encima de lo material.

Son las educadoras por excelencia, no solo en la escuela, donde suelen convertirse en tutoras incansables, sino en la formación del carácter de las nuevas generaciones.

Resulta imposible calcular su aporte real a la resistencia de la Isla sin contabilizar su sacrificio anónimo, porque la madre cubana es, en innumerables casos, la última en comer, la última en dormir y la primera en despertar para enfrentar colas, trámites o la faena doméstica sin más herramienta que una voluntad a toda prueba.

Hoy, cuando la mayoría de los homenajes se quedan cortos ante la magnitud de sus desvelos, vale reconocer en ellas no solo a las cuidadoras, sino a las guardianas del alma cubana.

Celebrarlas es valorar la razón principal por la cual este país, aún en los momentos más oscuros, sigue encontrando motivos para levantarse cada mañana.

Ser madre en la Cuba de hoy es un ejercicio extremo de malabarismo financiero y emocional: desdoblarse en la cola del gas licuado mientras se repasan los precios inalcanzables del mercado informal, transformar una blusa vieja en un traje de fiesta, o pronunciar un “no tengo hambre, come tú” con la firmeza de quien sabe que su sustento es el alma y futuro de la familia.

Las libretas están llenas de anotaciones sobre los ciclos de apagón, cuánto dura el hielo en un termo y cuál es la mejor hora para lavar, esa memoria prodigiosa no se estudia en manuales de crianza: se aprende en el amor desesperado por proteger la infancia de la amargura.

Este Día de las Madres, las celebraciones serán íntimas, hechas con la sustancia de lo esencial: quizás un pedazo de pan con mermelada de mango casera, un poema escrito a lápiz en una hoja de libreta reciclada, o el simple y sanador abrazo al llegar tras una jornada agotadora.

El homenaje más justo que podemos rendirles es reconocer que, si la nación mantiene el pulso, es gracias a la resistencia silenciosa de esos corazones que laten por varios, que remiendan no solo calcetines, sino esperanzas.

Ustedes demostraron que el amor es la más renovable y potente de las energías, capaz de iluminar la casa más humilde durante el apagón más largo, en su capacidad para hacer mucho con casi nada reside la certeza de que los sueños no se rinden: se transmiten, de mano en mano, de madre a hijo, como el más valioso de los legados.

 

Sarahí Núñez Pérez / ACN

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