Si algo tiene la historia de los cubanos es nuestra capacidad de reinventarnos ante la adversidad. Y en este 2025, cuando las tormentas económicas arrecian y el bloqueo estadounidense sigue tan fresco como el primer día, apostamos por el camino de la cooperación estratégica con China y Rusia, y por una inserción activa en el Sur Global. ¿Qué significa esto para el futuro del país? ¿Es esta la receta mágica para el desarrollo? Vamos por partes.

El reciente encuentro en La Habana entre el presidente cubano Miguel Díaz-Canel y Qiu Xiaoqi, representante especial del gobierno chino para América Latina, no fue una simple foto de protocolo. Fue la confirmación de que los lazos entre La Habana y Beijing atraviesan su mejor momento en 65 años de relaciones diplomáticas. Ambos gobiernos lo dijeron alto y claro: las relaciones bilaterales han alcanzado una “altura histórica sin precedentes”.

China no solo ha sido un socio solidario en los peores momentos, sino que ha dado pasos concretos para acompañarnos en nuestro desarrollo. La cooperación se traduce en más de diez proyectos conjuntos en áreas estratégicas: inteligencia artificial, biotecnología, neurociencia y nanotecnología, todos con sede en el Parque Científico de La Habana. Y si de energía hablamos, la construcción de parques solares en provincias cubanas —con tecnología y financiamiento chinos— generará los tan necesitados megavatios y ahorrará miles de toneladas de combustible al año. Eso sí que es una inyección de luz, literalmente, para un país asediado por apagones.

La modernización de la infraestructura tampoco se queda atrás: donaciones de locomotoras, autobuses y equipamiento eléctrico, junto a iniciativas en minería, hidrocarburos y educación superior, muestran que la relación va mucho más allá de los discursos. Díaz-Canel lo resumió: “La Comunidad de Futuro Compartido entre Cuba y China representa una alternativa real de integración soberana y solidaria en beneficio del Sur Global”.

Si China aporta músculo tecnológico y financiero, Rusia no se queda atrás en el tablero de la cooperación. El viceprimer ministro ruso, Dimitry Chernyshenko, lo dejó claro: “Vamos a seguir brindando apoyo a Cuba tanto económico como humanitario, mediante proyectos de colaboración e inversiones”. Y no es promesa vacía: un centenar de proyectos rusos están incluidos en el Plan de Desarrollo Económico y Social de Cuba hasta el año 2030.

Entre los hitos más recientes destaca la modernización de la refinería de Boca de Jaruco, que aumentará la recuperación de petróleo local y reducirá la dependencia de importaciones. Ya han llegado 180 unidades de maquinaria, productos técnicos y piezas de repuesto; en 2025 comenzará el ensamblaje de vehículos UAZ y la apertura de una Casa Comercial para su venta. Hasta los taxis Moskvich harán su debut en La Habana, porque aquí todo se recicla, hasta los clásicos soviéticos.

En el sector agropecuario, el procesamiento de trigo ruso y la revitalización de la industria azucarera cubana avanzan a paso firme, mientras que la colaboración educativa y científica suma 60 acuerdos entre universidades de ambos países. Y por si fuera poco, la apertura de una representación bancaria rusa en La Habana facilita el envío de remesas y refuerza los lazos financieros.

El turismo también recibe un empujón ruso: en 2024, el flujo de visitantes rusos superó las 160 mil personas, igualando el récord de 2023. Y el potencial, según los expertos, es aún mayor.

Pero el ajedrez geopolítico no termina en Moscú o Beijing. Cuba ha dado un salto cualitativo al integrarse como miembro de pleno derecho al BRICS, el bloque de economías emergentes que desafía la hegemonía occidental y promueve un mundo multipolar. Esto no es solo un titular para la prensa internacional: significa acceso a nuevos mecanismos de cooperación, financiamiento y comercio, especialmente en sectores como energía, biotecnología, salud y digitalización.

La membresía en BRICS abre la puerta a inversiones y alianzas que pueden ayudar a Cuba a sortear el bloqueo estadounidense y a diversificar nuestros mercados. El puerto de Mariel, por ejemplo, está llamado a convertirse en un hub logístico para el comercio del bloque en las Américas, y la experiencia cubana en biotecnología y salud es vista como un activo estratégico para los nuevos socios.

Pero, vamos a lo que interesa: ¿qué impacto real tienen estas alianzas para el desarrollo nacional?

Comenzando por la energía y sostenibilidad, los parques solares chinos y la modernización petrolera rusa apuntan a reducir la crisis energética, diversificar la matriz y avanzar hacia la soberanía energética; y en el marco científico, los proyectos conjuntos en inteligencia artificial, biotecnología y nanotecnología colocan a Cuba en la vanguardia regional, con potencial de transferencia tecnológica y formación de capital humano.

El impacto en cuanto a infraestructura y transporte permitirá una renovación de flotas, donaciones de equipos y ensamblaje local de vehículos significan empleo, modernización y menos dependencia de importaciones, mientras que en el campo de la soberanía alimentaria, el procesamiento de trigo, la revitalización azucarera y maquinaria agrícola rusa impactan directamente en la seguridad alimentaria.

El aumento del turismo ruso y chino, con proyectos hoteleros y de servicios, diversifica ingresos y reduce la dependencia de mercados tradicionales; mientras que la banca rusa en La Habana facilita remesas y operaciones internacionales, un alivio en tiempos de restricciones financieras.

Ahora bien, no nos engañemos: las alianzas estratégicas no son la panacea. Persisten desafíos estructurales, desde nuestra burocracia hasta la necesidad de mayor transparencia y eficiencia en la gestión de proyectos. Además, la dependencia de socios externos implica riesgos geopolíticos, en especial en un mundo donde las sanciones y las presiones no han pasado de moda.

La participación de China y Rusia en el desarrollo cubano puede ser una oportunidad, pero también un campo minado si no se gestiona con inteligencia soberana. Y mientras Estados Unidos mantenga el bloqueo, cualquier avance será cuesta arriba.

No obstante, si algo queda claro es que, pese a la escasez de recursos naturales, Cuba sigue siendo una pieza clave en el ajedrez geopolítico del Caribe. Nuestra ubicación, nuestra historia y nuestra capacidad de resistencia nos convierten en un socio codiciado y en un verdadero “dolor de cabeza” para los estrategas de Washington. Y aunque la Casa Blanca insista en el bloqueo y el aislamiento, por acá demostramos que, con aliados sólidos y visión de futuro, podemos abrirnos paso en el escenario global.

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