martes , 19 octubre 2021

Café mezclado

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La ciudad despide, y no sabemos por cuánto tiempo, el silencio ensordecedor de las calles sin tránsito en horarios de restricciones. Las mismas calles que por horas se colman de personas en busca de alimentos, medicinas, aseo y hasta compañía… Espacios que aún revelan inseguridad, tensión, estrés, fatiga pandémica y la añoranza por regresar a la nueva normalidad: esa que ya nunca será normal.Amanece en Matanzas y desde cualquier punto de la geografía vislumbran fotografías para enamorar los sentidos. Pero algo desluce. La tristeza, la soledad y el vacío quedan perpetuados en una ciudad con aires de pandemia.

El dolor es fuerte. Adiós dijeron algunos abuelos que no resistieron la falta de aire, las altas fiebres, los dolores musculares, los problemas cardíacos, la diabetes o las secuelas de un virus  que en ocasiones deja un hueco en el pecho. Adiós pronunciaron muchos hermanos, padres, madres y hasta hijos porque no llegaron a tiempo y la vida falleció. Adiós le dijimos a aquellos amigos que ni siquiera pudimos despedir con nuestra presencia en su velatorio porque simplemente no se podía. A Dios ahora pedimos todos terminar el dolor.

El hogar se ha convertido en refugio como si afuera la guerra estuviera a tiros limpios. Los niños ya no dibujan parques, pelotas, paisajes… Ahora círculos con coronas calcan el papel con la inocencia. Ya Lena se asombra o teme salir a la calle porque no se acostumbra a la idea de ver tanta gente. Hace mucho solo son tres en casa y nada más.

El viento hace chirriar los columpios oxidados de los parques a la espera de la algarabía infantil que antes les daba vida. Ahora se teme estar allí y se conjuga la duda entre volver o esperar horarios de poca afluencia. Carlitos dejó de preguntar por sus amiguitos de escuela, porque ya aprendió las respuestas.

Algunos todavía no se acostumbran a la distancia, esa que en ocasiones descubre el llanto a solas. La lluvia rompe el silencio de madres e hijos que hace más de un año no se abrazan. Allí estuvo ella, enmudecida en la puerta del cuarto, cuando no creía que su hijo había vuelto. Rompió y quedó paralizada hasta que se acostumbró a la idea que sería tan corta, como un sencillo viaje.

Se extraña y mucho aquellas fiestas familiares y de amigos donde la alegría era denominador común. Se añoran los rostros felices, la salud, el bienestar, la confianza. El teléfono resulta aliciente ante la lejanía.

Ahora esperamos ese momento de entrar en una discoteca o centro cultural y bailar hasta desfallecer. Apretarse con un reggaetón, disfrutar un buen casino, o pegar el cuerpo como un romántico eterno. Se ha aprendido a vivir bajo el suplicio de la ausencia. La ausencia de la familia, la ausencia de los alimentos, las medicinas, y a la Covid se suma hasta la ausencia de la electricidad. Ante la oscuridad de la noche aparece una vela y entre la ocre enfermedad nace una luz.

Las playas se notan más cristalinas y muchos esperan el momento de bañar el cuerpo con la bendición de Yemayá, mientras los creyentes y ateos elevan oraciones para que el bien llegue y todo sane.

Hoy la vida brinda otra oportunidad. Frente al mar los enamorados recuperan ese beso perdido en público sin cubrebocas que limite el calor del cuerpo, o ese roce de manos que calienta el deseo. Ya en casa algunos tomaron la iniciativa de ver revueltas y bien estrujadas las sábanas, sin manchas mensuales del rojo calendario femenino. El tiempo agotó todas las tareas y nuevamente muchos decidieron ver temblar un vientre.

Regresa el olor a café mezclado de emociones, tristezas y recuerdos. El mismo café que se cuela por los sentidos para rememorar aquellos días cuando juntos bebíamos un sorbo fuerte, bien caliente, y a carcajadas disfrutábamos la normalidad que creíamos eterna.

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Acerca Karel Ricardo Roque

Graduado en la Universidad de Matanzas en la Licenciatura en Periodismo.

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