Su compromiso con el medio ambiente nació en su infancia, gracias a las enseñanzas de su padre, quien le transmitió su amor profundo por la naturaleza. Sus fines de semana eran recorridos por el Valle de Guamacaro, las áreas de serpentina o «roca azul», como se les conocía, y las cuencas de los ríos San Juan, San Agustín, Canímar y Bacunayagua. Aquellos paisajes de belleza singular y alto endemismo marcaron su sensibilidad ambiental desde muy temprano.

Un momento decisivo llegó en 1983, cuando cursaba su segundo año de Geografía en la Universidad de La Habana. El Dr. José Mateo Rodríguez, su querido profesor y tutor de tesis doctoral, escuchó su interés por dedicarse a la protección de la naturaleza y lo seleccionó junto a un colega de Las Tunas para incorporarse a la Comisión Nacional para la Protección del Medio Ambiente y Uso Racional de los Recursos Naturales (COMARNA), en la Academia de Ciencias. Ese gesto abrió el camino a una vida profesional dedicada por completo a esta causa.

A lo largo de los años, entre sus aportes más transformadores para la conservación y el desarrollo sostenible destacan haber contribuido a la gestión, manejo y conservación de la Playa de Varadero, cuya restauración se convirtió en un referente nacional e internacional. También le honra haber impulsado que Matanzas se consolidara como la provincia con mayor número de áreas reconocidas bajo régimen de manejo integrado costero en el país. Por otra parte, su vínculo con la conservación del humedal Ciénaga de Zapata, donde lograron sostener durante más de 20 años un Simposio Internacional sobre Manejo de Humedales, reconocido por la Convención RAMSAR como una iniciativa regional nacida desde el Caribe. Ese espacio se convirtió en una plataforma de intercambio científico y técnico sobre estos ecosistemas esenciales.

Sobre los cambios positivos y negativos observados en el entorno natural durante el tiempo que ha dedicado a esta causa, señala como positivos la recuperación ambiental de la emblemática Playa de Varadero, uno de los resultados más relevantes de la gestión ambiental en Matanzas y del país, así como la conservación y fortalecimiento del Humedal Ciénaga de Zapata, un patrimonio natural de valor excepcional. Como negativos menciona el deterioro de las condiciones higiénico-sanitarias de nuestros asentamientos humanos, la pérdida de valores asociados al cuidado del ornato público y el deterioro de la cobertura boscosa en las fajas hidroreguladoras.

Su mensaje a las nuevas generaciones sobre el cuidado del planeta es: trabajar sin descanso por la sostenibilidad. Observar el entorno que les rodea y preguntarse si así es como desean vivir. Cada acción, por pequeña que parezca, cuenta. Contribuir desde la familia, la comunidad y el espacio personal al mejoramiento ambiental ya es un paso decisivo hacia un futuro más sano y responsable.

Al recibir un reconocimiento que lleva el nombre de Carlos de la Torre y Huerta, una figura tan emblemática en la ciencia natural cubana, se siente profundamente honrado. Que su provincia y el organismo al que dedicó sus mejores años de trabajo le otorguen este reconocimiento es un privilegio inmenso. Nunca trabajó en busca de premios; quienes le conocen saben que siempre puso pasión, compromiso y entrega total en cada tarea, procurando que se visibilizaran los resultados del territorio y de sus colectivos más destacados. Reconoce que sería injusto no reconocer que todo lo logrado fue posible gracias a un equipo excepcional: un colectivo proeza laboral que tuvo el privilegio de dirigir durante 27 años. Este premio también les pertenece a ellos; es el fruto de una familia profesional que hizo posible cada avance.

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