Aún llevo los zapatos embadurnados de la tierra que el rocío humedeció al alba. En los bajos del pantalón, el tizne de un incendio reciente se dibuja como viejas cicatrices: la marca de un fuego que devoró casi un centenar de plantones de plátanos. Ese rastro, a un tiempo memoria y advertencia, me acompaña mientras junto a Sergio recorro los escenarios productivos que han florecido , fruto del proyecto institucional «Producción local de alimentos sobre bases agroecológicas en escenarios productivos de la Universidad de Matanzas».
El Dr.C. Sergio Luis Jiménez, que comanda este proyecto, me guía en la travesía por las 9.69 hectáreas de tierra cultivable que antes fueron dominio del marabú y la maleza. Aquí, sin prisas pero sin pausa, la tierra vive una metamorfosis agraria. Cada parcela —o finca, como aquí les nombran—, situada en la periferia del campus universitario, atesora sus propias peculiaridades, su propio pulso.
Lechugas, col, zanahorias, remolacha, frijol, plátanos, yuca, boniato, tomates… van apareciendo a mi paso, así como los rostros de los hombres que le conocen los secretos a la tierra. La tratan bien, por eso ella es bondadosa y les regala frutos.
Hombres que no se rinden. A pesar del sol que calcina las espaldas, a pesar de la ausencia de agua que los obliga, en silencio, a invocar a su Atabey para que les regale una lluvia, ese manto acuoso y maternal que cubra los nuevos cultivos. A pesar de todo, ahí están, con las manos en la tierra, empeñados en hacerla producir porque saben —con una certeza que no necesita explicaciones— se precisa producir alimentos.
—La creación de un pozo que mucho nos beneficia parece una utopía en estos momentos —me comenta Adrián Pupo, quien tiene a su cargo tres hectáreas del proyecto—. La situación con el combustible ha impedido que Recursos Hidráulicos en la zona pueda desarrollar esa labor.

Pero Adrián sigue ahí, buscando alternativas, porque la utopía, para los hombres de campo, es apenas un desafío disfrazado.
Ricardo, otro productor, escarda las hierbas entre la yuca con la guataca hundida en la tierra dura. Ha tenido que lidiar con personas que, inescrupulosamente, han entrado y desenterrado cangres de yucas, y con otras que, pese a la cerca, insisten en pasar por sus cultivos para cortar caminos. No hay cosecha sin pérdidas —me dice sin renunciar al surco—, pero tampoco hay cosecha sin quien se levante cada día a trabajarla.
Algunos de los productores han padecido de la mano ajena que arranca sin haber sembrado. Aquí, en estas tierras rescatadas al marabú, el robo es otra forma de sequía: duele, desalienta, pero no doblega. Porque si algo han aprendido estos hombres es que la tierra no entiende de renuncias, y ellos tampoco.
Sergio me va mostrando cada detalle de ese diálogo profundo donde se descubren, juntas, la mano de la ciencia y la sabiduría del hombre de campo. Todo parece interesante, pero lo más importante —y se nota en el brillo de sus ojos cuando lo señala— es que la labor que desarrolla cada escenario productivo ha comenzado a dar fruto y ya se puede ver, poco a poco, en la cocina de la universidad. Los métodos que aquí se ensayan —agroecología, prácticas ecológicas— no son cátedra abstracta.
Afuera, el sol aprieta. Adentro de mí, algo ha cambiado. Quizá por eso, cuando la visita termina, no me limpio los zapatos. La tierra húmeda sigue ahí, pegada a la suela, y el olor a fresco, a profundo, a raíz, me acompaña en la entrada de casa, en el momento de sentarme a escribir esto.
Aún no me he quitado el fango de los zapatos. No quiero.
Quiero seguir sintiendo ese olor a tierra fresca que es, simple y milagrosamente, vida.
Yasnier Hinojosa/ Perfil de Facebook Universidad de Matanzas
