Fueron sus hermanas mayores las vigías, desde un bohío precario en medio del monte, del paso de los alzados por las cercanías. “Yo guardo esos recuerdos de mis cuatro años, en mi natal Bolondrón; me veo ojeando por una rendija de la pared de tablas”, dice Jesús Luis Orozco
Para resaltar el infortunio de su infancia, agrega: “Las personas suelen decir, cuando les preguntan por su origen, que provienen de una familia humilde. Yo no conocí siquiera qué es la humildad; yo conocí la miseria.”
La vida le dio la posibilidad de estudiar, y decidió matricular Tecnología de la Producción Azucarera en el Tecnológico Jesús Suárez Gallo, en La Habana, un técnico medio de dos años y medio que le permitiría trabajar lo antes posible y ayudar a su familia.
“Mi familia hacía un tremendo sacrificio. Yo era huérfano de padre; mi padre murió muy joven y mi madre fue quien tuvo que asumir todo… Un guajiro en La Habana, que pasaba largos tiempos sin poder regresar a casa.”
Sus excelentes resultados académicos le concedieron una plaza en la Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría (CUJAE), pero la su situación económica lo llevaron a solicitar el traslado a la urbe yumurina.
Ardua fue su vida estudiantil. Para alguien que siempre se interesó por las ciencias exactas, llegó a convertirse en presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios, alumno ayudante y obtener notables resultados en los estudios, por lo que resultó el mejor graduado de su año.
“Yo amaba la industria y quería ir a ella, no dar clases… Pero mi ubicación laboral fue en la universidad. Aunque me mostré renuente y apelé; un cambio de plaza implicaba mucho papeleo y negarse no era bien visto… Al final acepté hacer el servicio social.”
Desde ese momento iniciaría una relación de fidelidad con la educación. “En esos primeros años impartí bastantes clases… pero hubo hechos que marcaron mi deseo de permanecer y que me enganchara en seguir. En esa época se realizaban unas inspecciones verticales y, aunque yo era un recién egresado, fui designado para dar una clase abierta. Fue un crimen, pero la cosa salió bien y mis resultados fueron excelentes. Eso me permitió ganarme el respeto de todos y, a su vez, me demostró que tenía temple para la docencia.”
Otro hecho que lo marcaría fue la presencia en la casa de altos estudios de un asesor soviético, A. Petrovic, que tutoraba a un colega en su tesis de doctorado. “Entonces comenzaron a consultarme sobre ciertas preocupaciones que surgían en el trabajo, relacionadas con la industria azucarera. Fue después del cuarto o quinto encuentro cuando me preguntó si quería ser su aspirante.” Mi decisión fue afirmativa, y rápidamente cumplí los diferentes requisitos para partir a la Unión Soviética.
“Pero en la vida ocurren situaciones que cambian todo, y apareció la microbrigada… la oportunidad de tener una casa. Yo me había casado y vivía agregado en ‘Manolito’, en casa de mis suegros… Vivienda o doctorado, ese era mi dilema.”
Y pregunto: “¿Al final fue el doctorado?”
“¡Qué va! Me fui para la micro, pese a que el rector se opuso a que perdiera esa oportunidad de hacerme doctor con solo 26 años… hasta tuve que chantajearlo un poco: ‘Si no me mandas para la micro, me voy de la Universidad’”, dice riendo.
“Fueron diez años de mi vida entregados a ese proyecto, trabajando de sol a sol e incluyendo seis zafras agotadoras… largos periodos en los que, lo reconozco, no pude atender a mi familia como hubiera querido.”
“Pero, al final, ¿tuviste la casa?”, interrogo.
Entonces me mira bien serio: “No… Cuestiones externas, decisiones tomadas a partir de la situación que vivía el país, aseguraban la entrega de las viviendas a personas de otro organismo… Eso exacerbó mi ánimo —incluso fui irrespetuoso con quien me lo comunicó—, y decidí regresar a la Universidad.”
“Luego tuve que hacer un esfuerzo infrahumano. Me sentía un incapaz hasta para dar clases; tenía una década de retraso. Y me dije: ‘Orozco, tú sí puedes’. Con dedicación y estudio, cambié de categoría docente, y logré hacer un doctorado cooperado entre la Universidad de Girona y la de Matanzas; me consagré como nunca a la docencia y a la investigación, algo que amo.”
“Al paso de los años,- me dice con toda la modestia que lo caracteriza´- estoy orgulloso de la familia que he construido, de haber formado a los doctores en ciencias del departamento… y de que la carrera de Química siempre tenga buenos resultados y sea reconocida por su calidad.”
Ha recibido propuestas laborales interesantes y mejor remuneradas, tanto en Cuba como en el extranjero, pero siempre le ha sido fiel a su universidad.
Se considera un sobreviviente. Cada golpe que le dio la vida, desde pequeño, lo enfrentó con una tenacidad a prueba de desalientos, resistir los vendavales que la vida le impuso. A sus 66 años, vive en Matanzas, en casa de unos amigos que ya no están en Cuba y le dijeron: “Esta es nuestra casa, vívela”. Aunque, con esfuerzo y perseverancia, pudo comprar un apartamentico en ‘Manolito’.

El testimonio, parece encontrar un eco perfecto en los versos de Fayad Jamís, como si el poeta hubiera escrito pensando en vidas como la suya:
Con tantos palos que te dio la vida
y aún sigues dándole a la vida sueños.
Eres un loco que jamás se cansa
de abrir ventanas y sembrar luceros.

Eres un pobre loco de esperanzas
que siente como nace un mundo nuevo.
Con tantos palos que te dio la vida
y no te cansas de decir ”te quiero”.

Yasnier Hinojosa/ Tomado del perfil de la Universidad de Matanzas

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