No hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.

                    José Martí

 

Han transcurrido 135 años desde la publicación de Nuestra América, el ensayo martiano que tantas enseñanzas depara todavía.

Su aparición en enero de 1891, primero en la Revista Ilustrada de Nueva York, después en El Partido Liberal, de México, parece escrito para los días que vivimos.

Cuando un grupo de lacayos del imperio, levantan voces a favor de una agresión norteamericana a Cuba, como la perpetrada contra la hermana nación Bolivariana, es posible reconocer la existencia de aldeanos vanidosos.

Aún más. La vanidad se cubre de ignominia cuando la acompañan la arrogancia, la traición y una especie de enfermiza ignorancia.

Pero cuenta nuestra tierra con hombres y mujeres dignos que  echan por tierra la maligna intención de los cobardes.

Quiero decirlo con palabras de nuestro Apóstol. ”A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás”.

La alevosía asoma también como oreja de burro, donde quiera que se magnifiquen las pretendidas victorias enemigas y se pretendan disminuir las glorias de los hombres y mujeres de nuestras sufridas tierras.

Ridícula victoria, como es costumbre, pudieron agenciarse los gringos con su desproporcionada ventaja en hombres y material bélico, contra las armas cubanas y venezolanas que libraron su combate a fuerza de coraje y ejemplo.

La criminal acción, violatoria de las normas internacionales y de la propia nación norteña, por su  talante, inspira animadversión y repugnancia.

De qué modo podríamos catalogar entonces a los tristes genuflexos   del imperio que se las andan procurando una agresión criminal contra su propio pueblo, por cobardes y pedestres ambiciones personales.

La inexcusable irrupción de la Doctrina Monroe, en la política de la actual administración yanqui, coloca a los pueblos que crecen al sur del Río Bravo, ante la inminente amenaza de sus soberanías.

Tarde sería dejar para mañana el urgente enfrentamiento a las pretensiones del imperio. Más allá de la debida de  advertencia, de la convocatoria al diálogo y de la voluntad para negociar con decoro nuestras diferencias, la  fe en la grandeza de nuestras naciones no admiten entrega ni servilismo. Como señalara Martí, frente al gigante de las siete leguas, deberíamos “andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.

A 135 años de la publicación de Nuestra América, texto magistral del más universal de los cubanos, toca dormir con las armas de almohada, celosos y vigilantes de cuanto  amor y nobleza inspira la Patria.

 

 

 

 

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