En 1882 la revista matancera El Club de Matanzas publicó un artículo con motivo de la muerte de Carlos Darwin.

El gran naturalista inglés Carlos Darwin falleció el 19 de abril de 1892. A pesar de la aceptación creciente que tenía el darwinismo en la comunidad científica cubana de la época, en Cuba no se publicó ningún escrito relevante sobre la muerte del sabio inglés. Esta ausencia es verdaderamente inexplicable si se piensa en pensadores cubanos como Enrique José Varona, Antonio Mestre o Rafael Montoro, siempre pendientes del acontecer científico y filosófico universal. La Revista de Cuba, de reconocida militancia darwinista, publicó una escueta nota, de menos de diez renglones:

“CARLOS DARWIN. Acaba de morir en Inglaterra, su patria, este eminente naturalista que tan grandes servicios ha prestado a la ciencia contemporánea. Con la muerte de Carlos Darwin se ha extinguido una inteligencia poderosísima, ha desaparecido el primer sabio quizás de nuestra época; pero nos deja el legado inapreciable de sus obras, tantas veces recomendadas por la Revista de Cuba, y cuyos méritos había de reconocer la humanidad entera cuando libre de las preocupaciones de hoy, marche desembarazada por los senderos del progreso y de la verdadera cultura.”

Hay que destacar, por tanto, el breve artículo necrológico que apareció en la revista El Club de Matanzas, de circulación local y limitada tirada, el 11 de junio de 1882. Firmado con las iniciales E. H. A. su autor es una incógnita. Es probable que se trate del naturalista y funcionario inglés Edward Hamilton Aitken (1851-1909). Este fue autor de estudios sobre  historia natural en la India y estuvo entre los fundadores de la Sociedad de Historia Natural de Bombay. Aitken fue conocido por ese seudónimo, con el cual firmó varios artículos científicos.

Tumba de Darwin en la Abadía de Westminster. Archivo del autor.

No obstante, la presencia de este obituario dedicado a Darwin, en una revista matancera, de circulación limitada, refleja el interés de sus editores, y de la sociedad matancera que consumía la publicación, por temas científicos de actualidad. Es un ejemplo de universalidad dentro de lo local. Una demostración de la recepción de lo más avanzado de la ciencia mundial. Sin embargo, al leerlo es evidente que su autor no compartía todos los criterios de la teoría darwinista. Otro punto es que confundió el nombre del abuelo de Darwin, Erasmus, con el de su padre.

En la Biblioteca Provincial Gener y Del Monte se conserva un ejemplar impreso de esta revista. Lamentablemente, la página que contiene buena parte de este escrito fue arrancada en algún momento. Gracias a la magia de Internet y la digitalización por parte de Google Libros, se puede conocer el texto íntegro. Aquí está:

CARLOS DARWIN.

“El 20 de abril falleció en Londres el fisiólogo insigne que es moderna gloria de Inglaterra y objeto de raras, profundas controversias. El darwinismo, que así se llama su sistema, se funda, principalmente, en que los accidentes de la herencia, del medium y del desarrollo producen en la especie, vegetal o animal, variaciones que tienden a propagarse y fijarse por la generación. Esas variaciones, entrañando diferentes aptitudes, decirse puede de vitalidad, se traducen por la derrota o la victoria en el gran combate de la vida. De este modo se procrea una selección natural: la muerte de los débiles, la sobrevivencia de los fuertes. La variedad así producida, triunfante, fijada por la herencia, acaba por constituir nueva especie, por lo que se pueden representar todas las actuales como derivadas, por variaciones sucesivas, de un pequeño número de tipos y remontarse de esta suerte hasta la unidad primitiva de la materia orgánica y de la vida.

Mas la teoría del instinto, dice un colega francés, la teoría darwiniana del instinto ¿no es tan fecunda para la sicología como el transformismo lo ha sido para las ciencias naturales?” Desde el momento en que el instinto deja de ser una palabra vaga con la cual se satisface la ignorancia desde el momento en que se le tiene por un hábito, trasmitido por la herencia bajo la forma de movimiento espontáneo, irreflexivo, inconsciente, es difícil no extender el beneficio de esta aplicación al sentimiento moral. Los filósofos que consideran este movimiento facultad especial del hombre, elemento de su naturaleza superior y hecho irreductible de su constitución espiritual, Kant y otros con él, pudieran tener razón. Les ha faltado remontarse por encima de la espontaneidad moral al origen de esta emoción; les ha faltado confesar que todo tiene una causa, las ideas en apariencia fundamentales cual todo lo demás. ¡Qué teoría! ¡El hombre, la sociedad, el mundo intelectual, el mundo moral saliendo de la célula primitiva!

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¿Qué es el alma? Para Demócrito el fuego, para los estoicos una sustancia aérea, para otros una inteligencia, para Heráclito el movimiento, para Thales de Mileto un soplo, una emanación del aire, para Pitágoras un número motor, una mónade, para Dinarco una armonía; para unos el alma es la sangre, para otros un espíritu. La verdad donde está? Nadie lo sabe!

La obra de Darwin On the origin of species by means of natural selection, publicada en Londres en 1859 у traducida luego a todos los idiomas con el título Origen de las especies, encerraba en si la base de la nueva teoría que podrá haber sido iniciada por Lamarck, que seguramente ha llevado a la exageración Hæckel en los últimos tiempos, pero de la cual será siempre Darwin el representante, el maestro.

Nacido en Shrewsbury el año de 1809, hijo del célebre médico y poeta Erasmo Darwin, estudió las ciencias naturales en las universidades de Edimburgo y Cambridge y obtuvo el grado de doctor en 1831. Entonces fue destinado a acompañar en calidad de naturalista la expedición del capitán Fitz Roy y a visitar con ella sucesivamente el Brasil, el estrecho de Magallanes, la costa occidental de América y las Islas del Pacífico. «Allí, a la vista de mares sin límites, praderas inacabables como el mar, selvas vírgenes de frondosidad jamás soñada, y montañas gigantes elevando al cielo sus cimas vestidas por la nieve para fundirla al calor de los besos que el Sol envía a espaldas de Europa, su vieja y antigua consorte, a América, su virgen y nueva desposada, Darwin, sintiendo palpitar en sí la esencia de la vida, disuelta en el ambiente caldeado de las tierras americanas y tributando culto a la naturaleza en aquella su manifestación más hermosa, soñó un sistema nuevo, concibió una idea: el sistema que lleva su nombre, la idea evolucionista». De vuelta a su patria en 1836, bajo aquel cielo nebuloso y oscuro que convida a la meditación, al recogimiento y al estudio, se fijaron y tomaron forma, hasta constituir materia científica, las ideas nacidas en un cerebro caldeado por las brisas tropicales. Como otras grandes ideas, la de la evolución ha tenido en América su cuna y su desarrollo y engrandecimiento en Europa, falta de originalidad pero rica en ciencia para estudiarlas. Imposible seguir paso a paso los trabajos y estudios de Darwin; imposible dar opinión sobre sus obras; imposible también seguir las vicisitudes, triunfos y caídas de sus doctrinas.

Para Darwin el origen del hombre es el mono! Hoy no tenemos respecto a sus teorías materialistas más que este pensamiento: Dios entregó el mundo a las disputas de los hombres! Que el atrevido innovador descanse en paz!”.

Estatua de Darwin en el Museo de Historia Natural de Londres. Archivo del autor.

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