Una misión arqueológica halló 18 tumbas selladas en Marina El Alamein, Egipto. El sitio guarda sarcófagos de granito, lenguas doradas y un amuleto del Ojo de Horus.
La costa mediterránea del noroeste egipcio no da tregua al verano. Bajo ese sol que calcina la arena, una misión arqueológica local acaba de forzar la puerta de un pasado que se había negado a abrirse. Dieciocho tumbas —algunas con sus placas de piedra originales intactas— emergieron en el sitio de Marina El Alamein, la antigua Leucaspis que el geógrafo griego Estrabón registró con tinta hace veintiún siglos.
El hallazgo, anunciado este sábado por el Ministerio de Turismo y Antigüedades, eleva a cuarenta y cuatro el número de sepulcros excavados en el yacimiento desde 1968. Pero estas dieciocho son distintas: llegaron al presente sin haber sido saqueadas, sin grietas de intrusión, como si el tiempo hubiera respetado su pacto de olvido.

La ciudad que el mar no logró borrar
Marina El Alamein no es un nombre al azar en la cartografía del patrimonio mundial. Situada a unos cien kilómetros al este de Alejandría, es considerada uno de los asentamientos costeros antiguos mejor conservados de Egipto. Su esplendor transcurrió entre el helenismo y Bizancio, y su importancia radicaba en ser un eje comercial y cultural que articulaba el Egipto faraónico con las rutas del Mediterráneo.
El ministro Sherif Fathy subrayó tras el anuncio que estos hallazgos no son meras adiciones a un inventario: son pruebas que esclarecen el rol histórico de una urbe que durante siglos funcionó como puente entre civilizaciones, donde el granito del Nilo dialogaba con la arcilla griega y los dioses viajaban en las mismas naves que el trigo.

Dieciocho cámaras, dos mundos funerarios
De las nuevas tumbas, once son hipogeos excavados en la roca viva, cámaras subterráneas que imitan la inmovilidad de la eternidad con la soberbia de quienes podían pagarla. Las siete restantes son construcciones superficiales de piedra caliza, y varias de ellas fueron halladas con sus sellos originales indemnes.
Para los arqueólogos, una tumba sellada es un acto de fe en la ciencia: significa que el registro arqueológico no ha sido contaminado por manos modernas, que el ajuar y los restos se conservan en el estado exacto en que sus dolientes los dejaron.
El contenido de esas cámaras confirma la expectativa. Los excavadores recuperaron vasijas de cerámica completas y casi completas, ánforas, lámparas, altares y cuencas de piedra caliza. Pero el hallazgo que detuvo la respiración fue un sarcófago de granito de dos metros y medio de longitud que aún custodia restos esqueléticos humanos. La piedra, imperturbable, había cumplido su contrato de custodia durante milenios.
Oro en la boca de los muertos y el ojo que nunca cerró
Entre los objetos recuperados, veinticuatro piezas de oro brillan con un significado que excede su peso. Son las llamadas «lenguas doradas», láminas colocadas en las cavidades bucales de varios fallecidos, una práctica funeraria extendida durante los períodos ptolemaico y romano que refleja creencias precisas sobre el juicio final y la necesidad de conservar la palabra —o su sustituto metálico— en la otra vida.
Pero el pasado no se rindió del todo ante las nuevas dominaciones: junto a las lenguas doradas, los arqueólogos encontraron un amuleto del Ojo de Horus, ese símbolo protector del antiguo Egipto que demuestra que las tradiciones religiosas faraónicas persistieron, soterradas pero vivas, bajo el manto helenístico y romano.
Es la prueba de que en Leucaspis, como en todo el valle del Nilo, la memoria no se borra: se superpone, se mezcla, resiste.

Cuando el sol se oculta sobre el Mediterráneo, Marina El Alamein vuelve a quedar en silencio. Pero ya no es el silencio del abandono. Es la quietud de quien ha recuperado la voz y espera, paciente entre sus cuarenta y cuatro tumbas, a que el mundo recuerde que aquí hubo una ciudad que supo ser puente entre orillas. Y que sus muertos, con sus lenguas de oro, todavía tienen algo que decir.
Tomado de Almaplus
