Así nos acercamos al pensamiento del crítico y escritor argentino Fernando Emery, quien en 1949 afirmó, al verla bailar esta pieza en Buenos Aires, que ella nació para que Giselle no muriese.

Resulta conocida la historia del debut de la prima ballerina assoluta en esta obra. Alicia, apenas una joven que no rebasaba los 23 años, asumió el reto de sustituir a Alicia Markova, quien era la primera bailarina del American Ballet Theatre en ese momento y devino una de las figuras más importantes del ballet británico.

Markova enfermó y el empresario de la compañía no quiso cancelar la función. Así lo recordaba la propia Alicia en 1978: «Varias bailarinas dijeron que no, que ellas no lo bailaban, y quizá mi inexperiencia, mi juventud… o mi cabeza dura… Yo ya lo había practicado en mi mente, lo había practicado muchas veces, yo sola, porque era un papel que me gustaba muchísimo (…)».

Si bien en sus primeras interpretaciones la fundadora del Ballet Nacional de Cuba tuvo a la británica como su referente más cercano, con los años pudo pulir su papel y asimilarlo hasta convertirlo en su interpretación por excelencia.

Muchos dejaron para la posteridad sus impresiones sobre el talento de Alicia en este rol, como el ensayista Roberto Méndez Martínez, quien refiere: «(…) los que pudimos contemplarla en él sabemos que nunca hizo dos veces igual la escena de la locura –unas veces más dramática, otras más tierna, aunque siempre conmovedora–. Tampoco su grand pas de deux del segundo acto era ejecutado del mismo modo en cada función. Lo más importante de la Giselle de Alicia no era la perfección técnica, que ella daba por descontada, sino la veracidad, la autenticidad de su ejecución que podía hacer llorar al espectador más experimentado».

Los aportes de la Escuela Cubana de Ballet a esta obra cumbre –la cual narra la historia de una campesina inocente que muere de amor tras ser traicionada por un duque y, ya convertida en espíritu, lo salva de la muerte de las Willis– también se enriquecieron de exponentes como Aurora Bosch, María Elena Llorente, Viengsay Valdés, Gretel Morejón, Sadaise Arencibia y muchísimas otras.

Cada una de ellas esculpió este icónico personaje a su manera, de la misma forma en que lo hicieron disímiles bailarinas de todo el mundo, en coreografías como la original de Jules Perrot y Jean Coralli para la Ópera de París, hasta las versiones de Michel Fokine, Serge Lifar y Leonid Lavrovski.

Otras puestas en escena más contemporáneas incluyen la de Mats Ek (1982), que sustituyó el reino sobrenatural de las Willis por un manicomio; la Giselle criolla de Frederic Franklin (1984), dedicada al problema del estatus en la sociedad afroamericana; y la de Akram Khan (2016), que reinterpretó este clásico desde la óptica de la desigualdad, la migración forzada y la explotación laboral. (ALH)

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