Milagro Amador se sentía enfermera ya de niña, cuando intentaba inyectar a sus muñecas en su natal barrio de Pueblo Nuevo. Esa pasión fue creciendo a lo largo de su vida, pero desde los primeros años ya conocía cual era su vocación. Por eso matriculó en varios círculos de interés.

Los días fueron pasados, convertidos en años, y aunque la vida da muchas vueltas, algo sí tenía claro: sería enfermera pediatra.

Con apenas 15 años matriculó en la carrera de enfermería por allá por los años 80. Desde entonces comenzaría una vida de entrega y sacrificio, siempre consciente de que su especialidad resulta determinante en la recuperación de un paciente.

«Una enfermera sigue al paciente muy de cerca, el que constata su mejoría cada minuto, en constató observación y un vínculo muy estrecho», asegura.

«Amor, sacrificio y consagración» son las palabras más recurrente a la hora de definir la esencia de estos profesionales.

Ha lo largo de su trayectoria ha tenido la posibilidad de compartir sus saberes con otras naciones del mundo.

Ese primer contacto inicio con un proyecto internacional a bordo de un avión diseñado como institución hospitalaria que permanecería en Cuba para realizar cirugías oftalmológicas.

Tiempos después, asistiría a unos de los momentos que más marcaría su existencia profesional, según recuerda.

Milagro integró la brigada de especialistas de la salud que prestó servicios médicos en Timor Lester.

Luego de más de tres días de vuelo sobre un Il- 96 aterrizaría en aquella pequeña isla de Indonesia.

Allí de enfrentaría a una realidad que no aparece en los libros de medicina. Allí conoció de mujeres jóvenes que parecían ancianas con más de 14 partos.

«Las apendicitis llegaban necrosadas, porque la población asistían primero al curandero, por la falta de hábito ante la ausencia de médicos y enfermeras.

Logró comunicarse con la población y crear lazos perecederos a pesar de los 14 dialectos que dominaban aquellos humildes habitantes.

Y por primera vez en la conversación afloran las lágrimas en los ojos de Milagro. Ella, de carácter fuerte, se emociona con facilidad sobre todo cuando acuden a su mente recuerdos de aquellos 18 meses en aquel paraje remoto.

Otra persona rememoraría los momentos de angustia y de serpientes venenosas bajo la cama, más, ella aprendió a enfrentarlas con una simple escoba.

También prestó servicios en Trinidad y Tobago. En todos esos países se destacó por su amplios conocimientos y su fluido inglés.

Si bien conserva recuerdos memorables de sus misiones en varias naciones del mundo, un lugar especial lo ocupa el Hospital Pediátrico Eliseo Noel Caamaño. incluso recuerda la primera vez que entró cuando apenas era un muchachita deseosa de aprender todos los secretos de su profesión.

Tanto aprendió que hoy es un referente en la institución médica.

Ha formado a varias generaciones de enfermeros y enfermeras como especialistas de la sala quirúrgica, donde asumió la jefatura en su área.

Se define como una mujer exigente, y no puede ser de otra forma porque en un salón quirúrgico se debe ser muy estricto ante el riesgo biológico.

«El enfermero que del salón debe ser muy observador, tener dinamismo y chispa. Las decisiones son sobre la marcha y no se puede titubear.

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