En esta isla donde los días transcurren casi idénticos por la rutina, el tercer domingo de junio irrumpe con una tonalidad distinta. No es una fecha patria, no hay desfiles ni tribunas, pero en el silencio cómplice de las calles y en el trajín de las colas matutinas se percibe un ambiente diferente: se celebra el Día de los Padres.

A diferencia de otras efemérides que cargan con el peso de la historia, esta celebración llegó a Cuba por ósmosis cultural. Fueron la influencia del cine norteamericano y las tarjetas de felicitación comerciales las que sembraron en la Isla la costumbre de homenajear al padre ese día.

Sin embargo, despojada del consumismo que la caracteriza en otras latitudes, la fecha desnuda su esencia más pura. Ser padre en Cuba es un ejercicio de malabarismo constante. No se trata solo de proveer, tarea casi heroica en un contexto de escasez, sino de la presencia.

La fecha, instaurada en Estados Unidos en 1910 y oficializada en 1966, se coló en la cotidianidad cubana sin necesidad de decreto. Aquí, durante décadas, se celebró de forma no oficial, pero masiva, hasta que en 1982 el Estado Cubano la homologó institucionalmente.

Pero en la Cuba de hoy la efeméride se viste con los ropajes agridulces de la crisis. Celebrar al padre es, en esencia, un acto de innovación económica cuando la meta es buscar un regalo.

“Llévelo, que el viejo se lo merece”, grita una  joven en Calle Medio, mientras muestra desde su local un conjunto de objetos indescifrables, cubiertos con varias capas de nailon, cintas de colores y un costo equivalente al salario mínimo mensual de un trabajador estatal.

En los grupos de WhatsApp familiares, el mensaje estrella aparece constante en la pantalla del celular: “¿Al final qué vamos a hacer el domingo?”. La respuesta casi nunca es sencilla.

Hace apenas unos años atrás, el ritual marcaba que el padre no movía un dedo; se le agasajaba con puerco asado, cerveza bien fría y la música de su preferencia. Hoy, el cerdo es un lujo que roza lo prohibitivo para muchos bolsillos.

Se recurre, entonces, al ingenio: pollo desmenuzado, un plato de espaguetis “a la cubana” bien cargado de sabor, o, si el esfuerzo colectivo lo permite, un modesto lechón comprado a pedazos. Pero lo verdaderamente importante siempre será que la familia disfrute unida.

En la isla, el concepto de paternidad ha mutado con fuerza. Quedaron atrás, aunque persistan rezagos machistas, los tiempos del padre distante y mero proveedor. Hoy, la realidad se escribe con padres que madrugan para la compra del pan, que desenredan trenzas escolares y que cargan a los hijos en la parada.

La jornada también tiene su eco en la distancia, ese fantasma que sobrevuela los hogares cubanos. Para miles, la felicitación será una videollamada por WhatsApp. La migración ha esparcido a los padres y a los hijos por el mapa del mundo.

El Día de los Padres no es aquí un gran negocio comercial, ni un recordatorio superficial de tarjeta postal. Es un acto de amor puro. Es abrazar fuerte al viejo antes de que el ocaso se lo lleve, porque el mejor regalo, en el fondo, es simplemente estar. (ALH)

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