El médico y profesor Domingo Fernández Cubas dejó un ejemplo de honradez y valentía en nuestra historia.

El 11 de junio de 1906 falleció en La Habana, el médico y profesor universitario Domingo Fernández Cubas. Al informar de su fallecimiento, el secretario de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana lo caracterizó como un

“…anciano ejemplar, que supo ser en horas de amargura de esta pobre tierra, el representante inmaculado de la verdad, de la piedad, del honor y de la dignidad! ¡En aquella noche memorable del 27 de noviembre de 1871, el Dr. Cubas jugó un papel envidiable para su propio honor, pues con su actitud supo salvar la vida de muchos seres inocentes, que eran sus discípulos!”.

¿Cuál fue la vida de ese hombre honorable, que al morir recibió tal elogio?

Vida de ciencia

La vida de este médico español fue ampliamente descrita por Enrique Barnet en “Elogio del Dr. Domingo Fernández Cubas” (1907), que se publicó en los Anales de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la Habana. Con este discurso, Barnet ingresó como académico de número en esta institución. De acuerdo con los datos aportados por el médico matancero, Domingo Fernández Cubas nació en la villa de San Sebastián, capital de La Gomera, una de las Islas Canarias, el 3 de agosto de 1833. En aquel momento nada hacía presagiar que, andando el tiempo, su nombre quedaría inscrito para siempre en la historia de Cuba.

Allí Domingo Fernández Cubas cursó enseñanza elemental. Al concluirla, ingresó en el Instituto de Segunda Enseñanza de San Cristóbal de la Laguna, en Santa Cruz de Tenerife, donde se graduó de Bachiller en Filosofía. Viajó entonces a La Habana, a donde llegó en 1854. Ese mismo año comenzó a estudiar medicina en la Universidad de La Habana. El doctor Domingo León y Mora, uno de sus profesores, ejerció sobre él una influencia casi paternal durante sus estudios.

Como muestra de su dedicación, está el hecho de que alcanzó en 1858, por oposición siendo estudiante, una plaza de disector anatómico en su Facultad. Cinco años más tarde, en 1863, obtuvo el título de Licenciado en Medicina y Cirugía. Finalmente, alcanzó el grado de Doctor en 1876. Tuvo como padrino de doctorado al destacado médico y profesor Fernando González del Valle.

Domingo Fernández Cubas trabajó primero en Güira de Melena y después se asentó en La Habana. Decidió entonces dedicarse a la enseñanza y el 10 de octubre de 1871 se le nombró catedrático de la asignatura de Ejercicios de Disección y Osteología. El 8 de marzo de 1873 asumió como catedrático de Patología Médica, mientras que el 22 de julio de 1878 lo hizo en la asignatura Patología General.

Desde el 7 de diciembre de 1880 asumió en propiedad la cátedra de Patología General con su Clínica y de Anatomía é Histología Patológicas. En 1884, el 10 de diciembre, se le otorgó la categoría de ascenso en la misma cátedra. Además, el 1 de mayo de 1878 pasó a desempeñar la cátedra de Clínica Médica. El 10 de febrero de 1880 asumió, además, la asignatura de Patología Médica, en sustitución del doctor Félix Giralt. Durante un breve lapso también impartió Terapéutica Médica. Participó, durante su larga trayectoria como profesor, en varios tribunales de oposiciones a plazas de médicos y cátedras universitarias.

Enrique Barnet, biógrafo matancero de Domingo Fernández Cubas, en 1907. Archivo del autor.

Domingo Fernández Cubas tuvo, por tanto, una activa vida como profesor. Al mismo tiempo, sobresalió por su labor médica y social. Fue director del Hospital General de San Felipe y Santiago. Laboró como médico del Depósito de Emancipados y miembro de la Junta General de Beneficencia. Desempeñó los cargos de inspector del Hospital de San Lázaro y de la Casa General de Enajenados. Dirigió las Casas de Salud Integridad Nacional y Garcini.

Integró, como vocal, la Junta de Caridad durante la epidemia de cólera de 1867 y se le otorgó la Real Cruz de Beneficencia por los servicios prestados durante otra similar que ocurrió en 1870. También se destacó como vocal de la Comisión de Estadística en 1878 y de la Junta de Inmigración. Fue vocal de la Junta Provincial de Beneficencia de La Habana, de la Junta de Instrucción Pública de La Habana e inspector de Instrucción Pública del Sexto Distrito.

Estuvo entre los miembros de la Real Sociedad Económica. Participó en la fundación de la Sociedad de Estudios Clínicos y la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba. Integró la Sociedad Odontológica de la Habana. Presidió la Sociedad Canaria de Beneficencia y Producción Agrícola. Ingresó en la real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, el 25 de enero de 1874. En 1887 fue miembro del Noveno Congreso Médico Internacional de Washington.

El digno profesor

Los hechos alrededor del 27 de noviembre de 1871 marcaron para siempre la vida y el legado histórico de Domingo Fernández Cubas. Acusados injustamente, el grupo de estudiantes de medicina que cursaba el primer año se vio acosado por una jauría de voluntarios españoles, tropa de choque del más reaccionario españolismo anticubano. Fernández Cubas era uno de los profesores de ese curso y, en estricto apego a la verdad, consignó en su declaración que sus alumnos eran inocentes. Esto provocó que fuera detenido y encarcelado junto a ellos.

Fermín Valdés Domínguez dejó a la posteridad un testimonio de la actitud de Domingo Fernández Cubas en la cárcel junto a sus estudiantes:

“…erguido y sereno, paseándose con los brazos atrás por el patio de la cárcel, y respondiendo con frase enérgica y violenta, a los insultantes apóstrofes de nuestros apasionados acusadores, ávidos de sangre y de muerte”.

“Y cuando volvía al salón del Consejo el militar que lo presidía, después de ofrecer a los Voluntarios la última cabeza,—con el rostro demudado por la pena, encorvado el cuerpo por el peso de la infamia, y sin fuerzas apenas para andar, —el Dr. Cubas le dijo:—Ya están contentos. Son ocho los fusilados, y será eterna la vergüenza para mi España”.

Según Enrique Barnet

“Entonces fue, en aquellos momentos de terror, de angustia y de sangre, que la figura gigantesca del Dr. Cubas se levantó a inconmensurable altura. Otros profesores, cuyos nombres viven malditos en la historia, se hicieron cómplices de la infamia acusadora: el Dr. Cubas levantó su voz en defensa de los discípulos proclamando su inocencia. Fue preso también por aquel sublime acto de heroísmo. Con aquel arranque honrado, justo y enérgico quedó escrito su nombre para la inmortalidad”.

“Si Capdevila fue el eco de la conciencia de la España honrada, Cubas fue la voz de protesta de la Universidad consternada. La palabra de ellos dos la recogieron en lo más hondo del pecho las madres cubanas aterrorizadas. Para ambos está levantado ya en el corazón del pueblo el pedestal que espera su estatua”.

Agravio y muerte

Tras el fin de la dominación española en Cuba, Domingo Fernández Cubas fue confirmado como catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana. Así lo dispuso el primer gobernador militar, John R. Brooke, el 3 de diciembre de 1899, en el inicio del llamado Plan Lanuza. Sin embargo, esa disposición duró poco tiempo, pues en virtud del Plan Varona, al año siguiente se le despojó de su cátedra de Patología General y se dispuso su pase a retiro, según la Orden Militar del 5 de julio de 1900.

Para compensar esa decisión, el gobernador militar Leonard Wood, sucesor de Brooke, aprobó el 11 de octubre de 1900 que Domingo Fernández Cubas y otros siete ex catedráticos, recibieran una pensión mensual de cien pesos en moneda de los Estados Unidos, que se le comenzó a pagar, con carácter retroactivo desde el 1 de julio de ese año. Sin embargo, se dispuso que dicho pago sería “…durante la Ocupación Militar de la Isla”.

En virtud de esta cláusula, esa pensión le fue suspendida tras la instauración de la República el 20 de mayo de 1902. Meses después, el 11 de octubre, Domingo Fernández Cubas dirigió una carta a la Cámara de Representantes, en la que suplicó

“…se deroguen los acuerdos a que se refiere, y que, si basta a la consideración de todos la honradez y lealtad de sus servicios,—ya que no se le reponga en sus derechos conculcados,—no se le niegue la pensión de cien pesos que acordó bondadosamente el Gobierno Interventor”.

Al finalizar la misiva, destacó que esperaba “…justicia de los dignos miembros de la Cámara de la Patria”. La carta de Domingo Fernández Cubas pasó a la Comisión de Peticiones, pero todo parece indicar que no surtió el efecto deseado por su autor. No obstante, el tema continuó presente.

No fue el único intento porque triunfara la justicia. El 26 de noviembre de 1902, la Cámara de Representantes aprobó un proyecto de ley, mediante el cual se dispuso una donación de 2500 pesos a Domingo Fernández Cubas, igual cifra para los herederos de Federico Capdevila y mil pesos para la madre de José de Marcos Medina, uno de los estudiantes fusilados. En la introducción del texto se hizo constar lo siguiente:

“…el 27 de noviembre de 1871 hubo dos hombres, Federico Capdevila y Domingo Fernández Cubas, que defendieron la justicia en frente de una turba enloquecida que pedía la vida de ocho niños por el sólo delito de ser cubanos, que expusieron por eso la suya diciendo que aquellos niños eran inocentes; y que su actitud fue tanto más elevada por cuanto no eran cubanos”.

La propuesta de Ley pasó al Senado, pero no hay indicios de que fuera aprobada. Esta situación, marcada por la indiferencia y el desagradecimiento, afectó sobremanera al ilustre profesor. Así lo reflejó el doctor Enrique Barnet:

“Tornado en melancólico y opaco, porfiaba por hacerse una soledad en medio del mundo, de sus ruidos y de sus quimeras, a causa del vejamen inesperado que vino a amargarle los últimos años de su existencia. Andaba entre nosotros como un cadáver animado, rígido, impasible, perdida su jovialidad habitual, triste, taciturno, sin proferir una queja ni un lamento, sentándose en su sillón de académico con la cabeza inclinada sobre el pecho y tomando repentinamente, de súbito, la palabra en alguna discusión, como si obedeciera de golpe a un impulso mecánico. Llevaba reconcentrado todo su pesar. Algunas veces, ya muy raras, iluminaba su semblante, como un relámpago en noche sin luz, la claridad de una sonrisa. Aquel hombre, formado para el buen humor y la alegría, habíase vuelto agrio y huraño”.

“Quedó así desposeído de la toga del maestro, que había llevado con decoro y prestigio durante más de cuarenta años. Así se le arrancaba de cuajo de su familia de discípulos, tan dulcemente amada por él, que constituye cuatro generaciones de médicos cubanos, y se le condenaba al tormento de las privaciones, de la tristeza y de la ingratitud”.

Estos hechos fueron minando su salud y falleció el 11 de junio de 1906, a causa de la arteroesclorosis. De acuerdo con Enrique Barnet, Domingo Fernández Cubas murió a las ocho y 40 minutos de la noche, en su casa de San Rafael número 1. Sobre sus últimos instantes, añadió:

“Entre algunas frases entrecortadas que se le oyeron pronunciar ya próximo a la agonía, dijo distintamente las siguientes: «¡Los muchachos! ¡Las listas!»—como si dedicara sus últimas ideas a su cátedra y a sus alumnos”.

El entierro fue masivo, el triste hecho fue reflejado por la prensa, pero, según destacó Barnet,

“El entierro se efectuó en la tarde del 12, con los últimos rayos del sol que moría, y se vio muy concurrido: ¡solamente se notaba en él la falta de los estudiantes de Medicina! ¡Murió el maestro pensando en sus discípulos, y por ingratitud, olvido o injusticia, ni una flor de los estudiantes adornó su tumba, ni uno solo dirigió a la familia un escrito de pésame, ni una representación suya asistió al sepelio!”.

“Murió sin que uno de los alumnos velase junto a su lecho, sin que una mano de ellos cerrase sus ojos, sin que acompañasen su féretro hasta el cementerio, para recoger allí, frente a la tumba de sus compañeros inmolados, lecciones de lealtad, de independencia, de valor y de heroísmo; lecciones de otro género todavía más consolador: de la humanidad que llora y de la gratitud que acude con mano pronta a pagar el tributo que deben a la virtud los corazones nobles y generosos”.

El mejor homenaje

Al conocer la noticia de la muerte de Domingo Fernández Cubas, Fermín Valdés Domínguez escribió:

“En el blanco monumento que la piedad del pueblo cubano levantó—durante la dominación española—en el Cementerio de Colón, a la memoria de los mártires del 71; en ese altar erigido a la Justicia—que fue y será para la Historia la protesta más elocuente y noble, allí, al lado de Capdevila, entre los hermanos nuestros que al ser sepultados por sus verdugos, entraron—coronadas de luz sus frentes—en el templo de la gloria; allí reposarán también las cenizas del Dr. Cubas, y, entre sus discípulos, entre sus hijos mártires, las cubrirá orgullosa la bandera de la patria cubana: —de su segunda patria, —a la que tanto amó y a la que, generoso y bueno, nunca hizo responsable del desdén criminal y ruin de algunos de sus hijos”.

Mausoleo a los estudiantes de 1871 en el Cementerio de Colón, donde reposan los restos de Domingo Fernández Cubas. Archivo del autor.

Así se cumplió el 26 de noviembre de 1908. Dos años después de su fallecimiento, los restos de Domingo Fernández Cubas reposaron para siempre junto a sus amados estudiantes. Era el mejor homenaje al recuerdo de su digno profesor. Hoy se le debe recordar con las palabras de Fermín Valdés Domínguez: “Sobre sus hombros estuvo siempre honrada la toga del maestro”.

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