Madres de hierro y ternura: el doble podio de las deportistas cubanas

En el polvo de la pista o el silencio previo al disparo de salida, ellas aprendieron que el cuerpo es una fortaleza. Pero cuando cae la tarde, esas mismas mujeres que dominan la pesa o la esgrima, convierten sus brazos de acero en hamacas para un arrullo.

Son las madres deportistas de Cuba, guerreras de dos frentes donde la medalla no siempre cuelga del cuello. El reloj no negocia con los entrenamientos, y menos con la fiebre del hijo. Las zapatillas guardan el olor del asfalto y de la leche tibia. Porque el verdadero circuito de obstáculos no son las vallas, sino la épica callada en ellas, que amamantan entre remada y remada, que amortiguan caídas propias y ajenas.

La hazaña no está solo en el podio, sino en la capacidad de transformar el dolor de una contractura en un cuento antes de dormir. Son mujeres que entrenan la distancia entre el gimnasio y la escuela, que convierten la derrota en lección y la victoria en abrazo compartido.

Mientras el sol calienta las gradas vacías, ellas siguen corriendo su prueba más larga: demostrar que se puede ser fragua y nido, récord y arrullo.

No hay foto oficial que las muestre así, con el uniforme sudado y la mochila al hombro donde cabe una muñeca y la tarea escolar. Porque ser madre deportista en Cuba es dominar el arte de la cuerda floja. Es ganar en la arena y ganar en casa, sin que ninguna de las victorias anule la otra. Y en ese equilibrio, ellas ya tienen el oro eterno.

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