En 1887 se inauguró en La Habana el Laboratorio Histo-Bacteriológico de la Crónica Médico-Quirúrgica.

El veinte y seis de octubre de 1885 Luis Pasteur informó ante la Academia de Ciencias de París los resultados de sus trabajos acerca de la rabia y del resultado del tratamiento profiláctico ensayado. Como evidencia de los buenos resultados alcanzados, mostró el célebre caso del niño Joseph Meister quien, tras haber sido mordido por un perro rabioso, salvó la vida gracias a la inoculación de la vacuna ideada por Pasteur. La noticia dio la vuelta al mundo y llegó a La Habana, donde tendría oídos receptivos.

En la redacción de la principal revista médica cubana del momento, la Crónica Médico-Quirúrgica de La Habana, se debatió el tema. Según uno de los presentes, el doctor Eduardo F. Plá, se decidió por el pequeño grupo

“…importar a nuestra patria los beneficios del método pasteriano, proporcionándole al mismo tiempo la gloria de ser el primer país de América que lo pusiera en práctica”.

Tras esa idea inicial pensaron en fundar un laboratorio,

“…donde profesores y alumnos pudieran familiarizarse con los procedimientos de la moderna ciencia bacteriológica, llamada a esclarecer muchos puntos de la aún oscura patología intertropical”.

Para suerte de la ciencia cubana, el doctor Juan Santos Fernández, matancero de nacimiento, director de la revista y destacado oftalmólogo, puso toda su voluntad y talento en función de la innovadora propuesta. Casi de inmediato viajó a los Estados Unidos en 1886, donde visitó varios laboratorios y compró algunos de los instrumentos y aparatos que se necesitaban, que comenzaron a ser instalados a su regreso. El cubano Joaquín Albarrán, quien ya era una figura relevante de la urología mundial, fue encargado de la compra en Francia de parte de los útiles y medios indispensables.

Juan Santos Fernández, oftalmólogo de renombre mundial

Sin embargo, rápidamente comprendieron que no era suficiente. Había que ir a París. Era necesario ver al gran Pasteur en acción y aprender allí, en su laboratorio, los misterios develados de la nueva ciencia de la bacteriología. Se comisionó entonces a los doctores Diego Tamayo y Francisco Vildósola. Al llegar a París los recibió el doctor Joseph Grancher, quien los llevó ante Luis Pasteur. Ambos, les acogieron con afecto y los pusieron “…en breve tiempo al corriente de la técnica bacteriológica y del método profiláctico…”. Los costos del viaje fueron asumidos por la redacción de la Crónica Médico-Quirúrgica de La Habana.

A su regreso de Francia, Diego Tamayo visitó Barcelona, donde dejó al doctor Jaime Ferrán, quien había sido su profesor, unos conejos inoculados con el virus de la rabia. Este hecho marcó el inicio del futuro laboratorio antirrábico de esa ciudad española, creado después de su similar habanero. El 16 de marzo de 1887 llegó Tamayo a La Habana y se procedió entonces a precisar los últimos detalles para inaugurar el Laboratorio.

Antes de la fecha inaugural el Diario de la Marina visitó el laboratorio y dejó para la historia una descripción de sus instalaciones, que se publicó el 6 de mayo de 1887. Según el corresponsal de este periódico, M. Zardoya, el recinto estaba

“…montado con todos los requisitos que exige la ciencia moderna, para los análisis químico-biológicos como medio de diagnóstico, y para el cultivo de las bacterias, origen de las enfermedades contagiosas, para su aplicación en inyecciones hipodérmicos como profilácticos de esos terribles azotes de la humanidad”.

Al momento de la visita, el laboratorio estaba compuesto por “…un salón de espera y tres departamentos perfectamente comunicados para la facilidad de los trabajos”. Acerca del recorrido que realizó añadió:

“Se entra por el gabinete central, donde está el laboratorio propiamente dicho, con los aparatos de esterilización, estufa, sopletes para el trabajo de tubos de vidrio, hornillos, cápsulas, productos químicos, etc. etc. La calefacción se produce por medio del gas del alumbrado”.

“En el departamento de la derecha, o sea el del extremo del ala del edificio, donde se inició la instalación, están los microscopios, aparatos y utensilios necesarios para la experimentación histológica y los análisis químico biológicos”.

“El tercer departamento, está a la izquierda del central, según se entra, y es el sancta-sanctorum, donde se cultivan los microbios, se preparan los caldos para las inyecciones, etc., etc.”. (…)

“Al otro lado del cuerpo principal del edificio o sea a la derecha, están los jardines de la quinta y en el centro de los jardines se halla el pabellón y junto al pabellón convertido de lugar de recreo en anfiteatro anatómico, vense los conejos, curieles, etc., destinados a convertirse en víctimas propiciatorias de la ciencia”.

“En una gran jaula multi-celular, y con la debida separación y clasificación yacen los infelices roedores, unos inoculados del microbio de la rabia, otros de el del cólera otros de el del carbunclo; los recién inoculados, alegres, y los ya atacados, muriendo”.

“Más lejos, a la entrada de los jardines en el fondo del parque, están los destinados a llenar las bajas”.

Además, el periodista pudo observar cómo trabajaban los médicos vinculados al laboratorio, “…cada uno en su puesto como las industriosas abejas en el colmenar…”. También fue testigo de las inoculaciones de la vacuna contra la rabia, “…practicadas con suma destreza y seguridad…”, a tres personas.

Al final de su reseña, destacó:

“El desprendimiento y amor a la humanidad de un puñado de hombres de buena voluntad, emulados y dirigidos por el doctor Santos Fernández, ha dotado a Cuba de un Instituto histo-bacteriológico, que a otras naciones ha costado grandes subvenciones”.

“Aquí ni el Gobierno, ni las Diputaciones, ni los Municipios, ni las sociedades de beneficencia, ni los particulares han contribuido con nada a tan humanitario acto”.

El nombre oficial de la nueva institución fue Laboratorio Bacteriológico e Instituto de Vacunación Antirrábica de la Crónica Médico-Quirúrgica de la Habana. No obstante, en algunas fuentes aparece como Laboratorio Histo-Bacteriológico de la Crónica Médico-Quirúrgica de La Habana. En la memoria del año 1889 se le mencionó como Laboratorio Bacteriológico e Instituto Anti-rábico de la Crónica Médico-Quirúrgica de la Habana.

La Casa Quinta de Toca a inicios del siglo XX. Archivo del autor.

La inauguración

El 10 de mayo de 1887 el Diario de la Marina informó sobre “Solemne inauguración del Laboratorio Histo-Bacteriológico de la Crónica Médico-Quirúrgica de La Habana”, hecho que sucedió el día 8. El acto se desarrolló en la sede del Laboratorio, que fue la casa-quinta de Toca, casa del médico Juan Santos Fernández, en la calle Carlos III. En la actualidad ese inmueble no existe y estuvo erigido en el lugar que hoy ocupa la sede del actual Ministerio de Energía y Minas.

Ante la ausencia del Gobernador General, lo presidió el doctor Nicolás José Gutiérrez, presidente de la Real Academia de Ciencias de La Habana. En la mesa de honor lo acompañaron los doctores Fernando González del Valle, rector de la Universidad de La Habana; José María Carbonell, senador y catedrático; así como los miembros de la redacción de la Crónica Médico-Quirúrgica.

La Universidad de La Habana estuvo representada, además, por los doctores Nicasio Silverio, de la Facultad de Ciencias; José M. Céspedes, de la Facultad de Derecho, y Raimundo Castro, por la de Medicina. Otras instituciones que participaron fueron el Colegio de Belén, la Real Sociedad Económica y el Cuerpo de Sanidad Militar. También hubo representantes del clero, la prensa política y científica, y numerosos médicos y farmacéuticos de La Habana y Matanzas. De esta última ciudad estuvieron presentes los doctores Domingo L. Madan y Domingo Lecuona. Según el acta de esa sesión otros matanceros que asistieron, radicados en La Habana, fueron Juan N. Dávalos, José I. Torralbas, Juan B. Jiménez, y los hermanos Tomás e Ignacio Plasencia.

De acuerdo con M. Zardoya, del Diario de la Marina:

“Abierta la sesión por el Excmo. Sr. Presidente, el Doctor Santos Fernández lleno de la emoción que lo dominaba, al ver coronados sus esfuerzos de más de dos años de incesante trabajo, leyó con voz clara y serena el interesante discurso que transcribimos más adelante. Un nutrido aplauso saludó la terminación de su discurso, en el que, con la concisión que requería el acto, trazó a grandes rasgos el objeto del Laboratorio histo-bacteriológico que se inauguraba”.

El discurso que pronunció Juan Santos Fernández fue el siguiente:

“Excmo. Sr. y Sres: Un laboratorio en la época moderna es un altar que se levanta en el templo de la ciencia; he aquí porqué la inauguración de un centro científico de esta naturaleza constituye un día de júbilo para los que persiguen un mismo ideal cual es el arrancar sus secretos a la naturaleza. Los hombres consagrados al estudio y a la investigación no cejan ante el obstáculo casi insuperable de sorprender o penetrar los misterios del organismo humano, por eso vemos que enfermedades conocidas desde los primeros siglos y tenidas por incurables, son estudiadas con incansable afán, y aun cuando no se haya logrado todavía vencerlas frente a frente, es decir, evitar sus estragos, una vez que han hecho explosión digámoslo así en la economía, se los sorprende, como al criminal antes de empuñar la daga con que pretende atravesar el pecho de una víctima desprevenida”.

“Ayer Ferrer descubriendo la vacuna puso a raya una de las epidemias que con un furor tan solo comparable al que muestra todavía el viajero del Ganges, diezmaba las naciones y sembraba la desolación de uno al otro polo”.

“Hoy Pasteur, esa figura simpática cuyos actos lleva el cable de un confín al otro y cuya imagen está en todas partes, que tiene el mundo por teatro de sus hechos como tuvo la Judea el héroe del monte Calvario: que si no resucita a Lázaro porque no es el hijo de Dios, no deja fatalmente morir, gracias a su portentoso descubrimiento, al que llevando en su ser el germen de la devastación, esperaría angustiado la más terrible de las agonías, si el poder de su genio no le hubiese puesto diques y valladares insuperables”.

“La rabia, Excmo. Sr. y Sres., no figura ya en el número de los males para cuyo tratamiento permanecía el médico como simple espectador del más temible de los dramas; la virtud del portentoso descubrimiento de Pasteur no es más terrible que la viruela, y así como esta, entre nosotros tuvo un enemigo en el Dr. Romay que, a costa de numerosos sacrificios para vencer la ignorancia de aquellos, introdujo la vacuna en la Isla de Cuba, la rabia ha retrocedido ante la decisión de nuestros ilustres compañeros los doctores Tamayo y Vildósola, que sin más aplausos que el de un puñado de entusiastas agrupados en la redacción de la Crónica Médico-Quirúrgica de la Habana, abandonan su hogar y sus conveniencias personales, y en alas de su amor a la Ciencia, a la humanidad y al honor nacional, volaron al lado del gigante de Europa, del primer hombre de la Francia, como se honró al designarlo así uno de los adversarios más terrible de los franceses y de sus glorias nacionales”.

“Pero no es sólo la profilaxis de la rabia lo que inmortaliza al sabio maestro y hace doble meritoria la creación del laboratorio que nos ocupa. Antes que el citado descubrimiento, Pasteur había obtenido por medio de la atenuación de los virus, evitar la muerte de un sin número de animales, que representaban enormes fortunas y que por contagio determinaban no pocas desgracias en los individuos que los atendían”.

“Si la salud del hombre debe ser el objeto primordial del que se consagra a la Ciencia y muy especialmente a la Medicina, no puede ni debe olvidarse que la riqueza de un pueblo contribuye poderosamente a su bienestar, y es fuente inagotable en que el higienista encuentra sus más preciados elementos. En tal concepto, los Dres. Vildósola y Tamayo no se han conformado con importar entre nosotros, el preclaro don de la profilaxis de la rabia, sino que igualmente han introducido la vacuna, si así puedo llamarse, que evite la mortandad de animales de todas clases que sirven de pasto en nuestros campos a las oscuras cathartes, únicas que salen favorecidas muy especialmente en el difícil trance porque atraviesa la industria pecuaria en la Isla de Cuba”.

“Excmo. Sr. y Sres: molestaría demasiado la atención de este distinguido auditorio si pretendiese relatar las inmensas ventajas que reporta a la Isla de Cuba la fundación del actual laboratorio de bacteriología; si me detuviese en consideraciones acerca de la utilidad que entraña el estudio de la fiebre amarilla en él iniciado, no tendría término mi palabra y no quiero privaros por más tiempo de oír de boca de los distinguidos compañeros, a cuyo cargo está el Instituto, la explicación minuciosa de cuanto someramente he intentado bosquejar”.

“Por último, Excmo. Sr. y Sres, entusiasta como nadie de nuestras glorias y al pensar que se acusa a nuestra raza de inconstante y ligera, mi espíritu se ensancha y cobra nuevos bríos para la lucha por la ciencia, porque juzgo que si en efecto la imaginación nos empuja demasiado, la educación moderna nos pone freno y al imitar los actos de otros pueblos, hermanamos lo bueno de una y otra parte, surgiendo sucesos como el que me he encargado de reseñar y que será siempre un timbre de gloria para los redactores de la Crónica Médico-Quirúrgica, y muy especialmente para mis distinguidos colegas los Dres. Tamayo y Vildósola”.

Tras estas palabras de Juan Santos Fernández, el doctor Nicolás José Gutiérrez se dirigió a los presentes. Después, hablaron el rector de la Universidad y José E. Triay, del Diario de la Marina, en representación de la prensa habanera. En sus palabras, Gutiérrez felicitó a los doctores Santos Fernández, Tamayo y Vildósola. Además, destacó que

“…en su larga carrera profesional no había presenciado en La Habana un acto más trascendental, por lo que daba la enhorabuena al país que tales hijos tiene y a la ciencia que tales progresos realiza…”.

Una vez concluido el acto, los asistentes realizaron un recorrido por las instalaciones del Laboratorio Histo-Bacteriológico. Pudieron presenciar, con la explicación de los doctores Tamayo y Vildósola, una sesión práctica de “…trasmisión de virus rabítico de un conejo muerto de rabia, inoculado a otro en estado de salud”, así como de una “…inoculación y una vacunación en un niño sometido al tratamiento”.

A continuación, el veterinario doctor Honoré Lainé, nacido en Matanzas,

“…presentó tres perros, uno en observación por sospechoso de rabia, como lo demuestran ya los síntomas espasmódicos que presenta; otro perro sujeto a inoculación preventiva; y otro en experimentación fisiológica de una alimentación exclusiva de carne de conejos inoculados y sacrificados. Todos, inteligentes y profanos, quedaron altamente satisfechos”.

Por último, los asistentes disfrutaron una “…profusión de dulces, helados, pastas y licores…”, obsequiados por los anfitriones. Así concluyó la inauguración del Laboratorio Histo-Bacteriológico e Instituto de Vacunación Antirrábica de la Crónica Médico-Quirúrgica de La Habana, primero de España y de América Latina.

Balance

En sus décadas de existencia, que se prolongaron hasta ya establecida la República, el Laboratorio Histo-Bacteriológico e Instituto de Vacunación Antirrábica de la Crónica Médico-Quirúrgica de La Habana prestó grandes servicios. Serán necesarias otras reseñas para destacar su fecunda labor en favor de la vacunación, la obtención de sueros nacionales y la prolífica producción intelectual de sus miembros. Baste decir que fue ejemplo de una ciencia genuinamente cubana, comprometida con los destinos de la nación.

Uno de los médicos matanceros que allí trabajó fue el doctor Federico Grande Rossi, quien lo hizo siendo muy joven. En 1913 recordó esta institución científica con una sentida evocación:

“Era el Laboratorio de la Crónica centro raro, único de aquella época. Un instituto europeo en medio de esta tierra de América colonial, en el que cada uno tenía amplia libertad para el estudio, copiosa colección de útiles, abundante provisión de lo que fuere necesario para las investigaciones, con la condición sola y precisa de ceder al periódico el fruto literario del estudio que emprendiese. Especie de alta escuela gratuita y afectuosa que pudieron aprovechar muchos de los graduados que salían de la Universidad de entonces sin saber objetivamente, qué fuese una estructura, un germen, una enfermedad infecciosa, una reacción química, un fenómeno biológico”.

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