Con la mirada fija en la diana, ese pequeño universo circular donde caben el pulso, la respiración y el destino, una mujer construye su historia. No la escribe con tinta, la traza en silencio. Cada disparo es una palabra contenida. Cada respiración, un pacto con la calma. En su andar se advierte la disciplina como una segunda piel, la consagración como un latido constante, la responsabilidad como brújula y una sencillez limpia, intacta, que no se aprende en manuales, ni se exhibe en vitrinas. La lleva consigo como quien alza sin alardes la grandeza.
Laina Pérez Fagundo nace el 9 de octubre de 1989 en Jagüey Grande, bajo una luz amplia. En su condición de capitana del equipo nacional de tiro deportivo representa a Cuba en torneos internacionales. Sus triunfos no inician por vocación o certeza. Comienzan como brillan los retos verdaderos: casi sin anuncio.
Un sí que cambió la trayectoria del disparo
Todo llega como un juego. Acompaña a una amiga captada para realizar pruebas de tiro. Una tarde cualquiera alguien le pregunta si quiere intentarlo. Dice que sí; nada más. Y en ese gesto sencillo se abre un camino. Se enamora del deporte sin sospechar que la decisión la conduce hacia los escenarios más exigentes del mundo competitivo: allí donde el error se mide en milímetros y la mente aprende a ser roca.
A los quince o dieciséis años su talento ya la coloca en el equipo nacional. Ingresa al conjunto juvenil en 2004 y desde entonces los Juegos Olímpicos habitan sus pensamientos. Piensa en Beijing. Luego llegan otros ciclos. Espera. Trabaja. El tiempo pasa, pero no se rinde. Cuatro ciclos olímpicos transcurren mientras ella sostiene el sueño con paciencia. Finalmente clasifica y compite en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Y entiende que esa es la cima para quien ama el deporte con devoción verdadera: estar allí, bajo los cinco aros es saberse parte de la historia viva.
“Ser atleta de alto rendimiento exige más de lo que se ve. Es disciplina cuando otros descansan. Es entrenamiento cuando otros celebran”, comenta la atleta. Pocos saben que para lograr cada sueño tiene que estar lejos de la familia y de su casa en Jagüey Grande. Comprende que la distancia forma parte del compromiso profesional, pero la siente. La familia le importa y le duele no estar. La constancia no es una consigna repetida: es un modo de vida. Veinticuatro horas al día, siete días a la semana. El cuerpo aprende a resistir. La mente aprende a callar el ruido.
Cuatro ciclos de paciencia y pólvora contenida
Cuando habla de las medallas, no establece jerarquías altisonantes. “El oro brilla, sí. Pero todas resplandecen en mi con la misma luz interior del sacrificio. Cada una guarda horas interminables de práctica, lágrimas discretas, derrotas que enseñan. Incluso participar ya es victoria. No todos llegan. No todos sostienen el pulso cuando el mundo observa” expresa la deportista. Para Laina Pérez Fagundo cada medalla es un fragmento de vida comprimido en metal. Un símbolo silencioso.
El tiro deportivo también impone dificultades materiales. Faltan implementos, escasean equipos y la presión aumenta. Sin embargo, ella permanece. Sufre y disfruta en proporciones cambiantes. A veces pesa más el cansancio. En otras ocasiones, el amor por el deporte lo ilumina todo. Y cuando alcanza un objetivo largamente perseguido, la satisfacción no grita: se expande por dentro como una llama serena.
Pero ella sostiene la mirada en la diana. Siempre regresa allí, al centro exacto. Al punto diminuto donde todo converge y el mundo deja de hacer ruido. Respira. Ajusta el pulso. Dispara. Y en ese gesto preciso, sereno, vuelve a afirmarse. Porque más allá de las dudas, de la distancia y del miedo, permanece la voluntad. Y la voluntad, cuando es firme, también da en el blanco.
Las competencias y el aplauso mundial

La clasificación olímpica llega después de una espera larga y áspera. Obtiene el cupo. Entonces el mundo se detiene bajo la sombra de la pandemia. La incertidumbre se instala. Los entrenamientos se interrumpen y la preparación se fragmenta. Lo que debería ser celebración se convierte en tensión constante. Solo realiza una concentración en España antes de viajar. En Tokio, las medidas sanitarias imponen distancia donde suele haber convivencia: una persona por habitación, entrenamientos con mascarilla, ausencia de la vida compartida en la Villa Olímpica. El temor al contagio permanece. Observa, evalúa, decide. Aquella etapa le revela la fragilidad del mundo y la propia. El episodio marca el momento más difícil de su carrera, pero Laina aprende que la fortaleza también consiste en protegerse.
La relación con su entrenador, Dariel Suárez, trasciende lo técnico. No se limita a órdenes, ni correcciones. Entre ambos existe una complicidad honda, tejida en horas de entrenamiento, en viajes, silencios antes de la competencia. Él está allí cuando la familia no puede estar, incluso en la euforia y en el tropiezo. Ella lo nombra amigo. Cuando lo hace, la palabra tiene peso verdadero, conoce el valor de su presencia constante y leal.
Uno de los episodios que marcan su trayectoria reciente ocurre en los Juegos Centroamericanos y del Caribe San Salvador 2023. Llega a la final, compite y termina en cuarto lugar. Los tres primeros puestos los ocupan atletas mexicanas. Existe un reglamento que impide que un mismo país ocupe todo el podio, de modo que la medalla debe pasar a Cuba. Desde el instante en que conoce la norma, algo se le mueve por dentro. Piensa en la justicia, piensa en el sacrificio que exige cada resultado. Ella sabe lo que cuesta subir a un podio.
Este es el momento FAIR PLAY de los Juegos Centroamericanos #SanSalvador2023
México hizo el 1-2-3 en tiro deportivo, pero por reglamento esto NO PUEDE SUCEDER.
Ante el hecho retiran la medalla de bronce a la mexicana Alejandra Cervantes y Laina Pérez de Cuba la devolvió. pic.twitter.com/6uSckOqxmX
— Todo, Menos Fútbol ® (@todomenosfut) June 28, 2023
Cuando le comunican oficialmente que la medalla le corresponde por reglamento, decide no aceptarla. No quiere una victoria administrativa. Quiere la verdad del resultado. En una reunión con autoridades y federaciones, habla con serenidad. Afirma que la medalla pertenece a Alejandra, la atleta mexicana. Y se la entrega personalmente. El gesto recorre medios, titulares, redes. Se multiplica. Para ella, sin embargo, no hay heroísmo, es coherencia y principios. Nada más.
“Estar fuera del país con frecuencia intensifica la nostalgia. La distancia tiene sonido propio. Cuando escucho el Himno Nacional de Cuba en una premiación, sobre todo si ocupa el primer lugar, la emoción me apaga la voz. A veces intento cantar y el aire se quiebra. Siento que ese instante pertenece a todo un país. Pienso en mi familia y en el deseo de compartir de inmediato el triunfo”, comenta Laina.

Entre la diana y la vida cotidiana
Laina es una mujer esbelta, elegante, muy familiar. Cuando habla de su gente la voz se le ablanda. Afirma que la familia lo es todo. “En la victoria, sí. Pero sobre todo en la derrota, cuando el mundo parece más estrecho mi familia y mis amigos siempre están ahí para ayudarme a levantar mis ánimos”, asegura. Por un momento recuerda a su padre, fallecido hace algún tiempo, y lo trae al presente con una gratitud serena. Siente que cada logro también le pertenece a él. Que su apoyo la sostiene todavía.
Dentro del equipo de tiro se reconocen como otra familia. Una familia hecha de pólvora y paciencia. Comparten tensiones, celebraciones, frustraciones. Se acompañan en cumpleaños lejanos, en fechas que duelen. Se sostienen cuando el cansancio pesa. La distancia los une.
Si le preguntan por el momento más luminoso, no duda. Señala Lima 2019. En los Juegos Panamericanos Lima 2019 gana dos medallas de oro y asegura la clasificación olímpica. Ese instante brilla. Lo guarda como un amanecer limpio. Si le preguntan por lo más difícil, vuelve a Tokio. Vuelve a la pandemia. A la incertidumbre, a la imposibilidad de que su entrenador la acompañe. Aun así, permanece de pie, porque su historia se construye con pruebas superadas en silencio.
“No tengo hijos” ante la pregunta del interlocutor responde con serenidad. Sabe que formar una familia mientras se es atleta de alto rendimiento resulta complejo. “Una vida albergada en la Habana impone distancias. Los horarios no coinciden con los ritmos comunes. Las concentraciones, los viajes, las competencias dibujan un calendario exigente, a veces implacable. No todos comprenden lo que significa vivir para un disparo perfecto. No todos aceptan que el deporte también reclama noches, celebraciones, domingos”, Laina lo asume sin dramatismos, entiende que cada elección trae su propio peso.

A la disciplina del entrenamiento se suma otra responsabilidad mayor: es diputada a la Asamblea Nacional del Poder Popular. La tarea no le parece simbólica ni ligera. La siente como un compromiso real. Un reto. Combina ambas funciones con la misma concentración con la que apunta al blanco: entrega el máximo en cada espacio. Sabe que muchas personas esperan de ella resultados, coherencia, trabajo. Asume ese deber como parte de su servicio al país. No separa el uniforme deportivo del deber cívico; los integra. En ambos, busca dignidad.
Cuba lo es todo para ella. Lo dice sin titubeos. Ama su país. Le emociona nombrarse cubana. Escucha música diversa, deja que los ritmos la acompañen; le gusta bailar, aunque confiesa entre risas que no lo hace bien. Disfruta la comida de su madre como si en cada plato encontrara refugio. Detesta planchar la ropa y sacudir el polvo. Esos detalles cotidianos la devuelven a la sencillez, a la mujer común que convive con la atleta. Y por encima de todo, ama a su familia. La ama porque siempre está. En la victoria que ilumina. En la derrota que oscurece. Es su raíz y su abrigo.
Seguir apuntando
Laina mira al horizonte. Sabe que el sueño no la distrae: la orienta. Sigue apuntando hacia él con paciencia y fe. Se despide sin grandilocuencia. Deja la impresión de una mujer que no solo apunta con precisión al centro de una diana, sino también al centro de sus convicciones. Y en ese doble pulso, el del arma y el del corazón, sostiene su verdadera puntería.
Al final, cuando el ruido del mundo se apaga y queda solo el latido, Laina permanece de pie frente a su diana invisible. No siempre es de metal ni tiene círculos marcados; a veces es la vida misma, con sus desafíos, sus pérdidas, sus esperas. Y allí apunta. Apunta con la serenidad de quien ha aprendido a respirar en medio de la tormenta, con la certeza de que la verdadera precisión no está solo en la mano que dispara, sino en el alma que decide no temblar.
Su historia no es únicamente la de una atleta que persigue medallas. Es la de una mujer que elige la coherencia cuando nadie la obliga, que honra la justicia aunque pierda brillo, que convierte la distancia en motivo y la nostalgia en impulso. Cada sacrificio tiene sentido porque nace del amor: amor al deporte, a la familia, a la tierra que la nombra. Y en ese amor encuentra la fuerza para empezar de nuevo, una y otra vez, como si cada amanecer fuera también una línea de salida.
Quizás la medalla olímpica llegue. Quizás tarde. Pero ya hay en ella algo irrenunciable: la dignidad de quien compite sin traicionarse, la ternura de quien agradece, la firmeza de quien sirve. Cuando levanta la vista, no solo mira el centro del blanco; mira el horizonte. Y mientras exista ese horizonte, mientras conserve intacta la fe y el pulso, su historia seguirá expandiéndose como un disparo limpio en el aire: certero, luminoso e inolvidable.
