El patriota Ramón Emeterio Betances fue, además de un defensor de la independencia de Cuba y Puerto Rico, un notable médico.
En una oportunidad José Martí escribió acerca de Ramón Emeterio Betances:
“No hay en París de donde tanto bien en influencia moral, y en recursos materiales, podemos prometernos, más tenaz ni infatigable trabajador americano q. el Dr. Betances…”.
Defensor de la independencia de Puerto Rico, su patria, y también de Cuba, Betances trabajó incansablemente toda su vida por el logro de ese objetivo. Al mismo tiempo, desarrolló una relevante labor científica como médico, que no debe ser olvidada.
Medicina y ciencia
Nacido en Cabo Rojo, Puerto Rico, el 8 de abril de 1827, y fallecido en Neuilly-sur-Seine, Altos del Sena, Francia, el 16 de septiembre de 1898, Ramón Emeterio Betances realizó los primeros estudios en su país natal. Tras graduarse de bachiller, se trasladó a Francia en 1848 y comenzó los estudios de medicina en la Facultad de París. En esta institución, verdadero centro científico de la ciencia médica mundial, recibió el influjo de destacados profesores y hombres de ciencia.

Al llegar a Francia conoció las consecuencias de la revolución de 1848, acontecimiento que había sido sacudido el país. Lo que vivió le permitió consolidar aún más un pensamiento emancipador, que desde entonces sostuvo la necesidad de la independencia y la libertad para Puerto Rico. Durante el curso de su carrera universitaria trabajó como médico interno en la Escuela de los Hospitales de París.
El 8 de junio de 1855 presentó ante un tribunal la tesis exigida para alcanzar el doctorado en Medicina. Esta se tituló Des causes de l’avortement (1855) y en ella estudió las causas condicionantes del aborto. Además de la parte médica, en este trabajo Ramón Emeterio Betances dio tempranas muestras de sus preocupaciones por el impacto social de la medicina.
Al regresar a Puerto Rico el 9 abril de 1856, Ramón Emeterio Betances tuvo amplias posibilidades de poner en práctica lo aprendido en Francia. El país estaba sufriendo una fuerte epidemia de cólera y sólo existían cinco médicos para enfrentar la dura situación. Con ese objeto instaló y administró un hospital provisional en Mayagüez, que después se convirtió en el Hospital o Casa de Salud San Antonio y aún presta servicios como hospital municipal de la ciudad.
En ese propio año, logró revalidar su título francés ante la Real Subdelegación de Medicina, Cirugía y Farmacia en San Juan, dependiente de la Real Junta Superior de Medicina y Cirugía. Desde entonces desplegó una ardua labor asistencial, que sobresalió por dar prioridad a los más necesitados. Gracias a este desempeño se ganó los sobrenombres de “Médico de los pobres” y “Padre de los Pobres y de los Negros”.
Debido a sus ideas revolucionarias y abolicionistas, Ramón Emeterio Betances debió marchar nuevamente al destierro en 1859. Se estableció en París y allí comenzó a destacarse como médico. Aunque realizó breves viajes a América, el resto de su vida estuvo vinculado a Francia y allí desarrolló una amplia labor científica, que le dio fama y reconocimiento. Se destacó, sobre todo, en el estudio de enfermedades como la disentería, fiebre tifoidea, viruela, tétanos y neumonía.

También se vinculó a asociaciones científicas, como la Academia de Cirugía de País. Allí se presentó, el 28 de septiembre de 1864, el trabajo que tituló De L’Ochéotomie (1864), donde presentó tres casos en el tratamiento de la elefantiasis del escroto. Anteriormente, en 1862, Ramón Emeterio Betances fue el primer médico que utilizó el cloroformo como anestésico en una operación quirúrgica en Puerto Rico.
Sobresalió como divulgador de la ciencia médica. Por ejemplo, colaboró con la revista El Americano, que se editó en París a inicios de la década de 1870. Junto a los artículos en los que defendió la libertad de las Antillas, escribió para la sección “Revista científica”. En uno de ellos describió las complejas operaciones realizadas por los profesores Wecker y Snellen. Otro fue “Rehabilitación de una operación hecha en el siglo XVIII.—Su perfeccionamiento y su pronta vulgarización”.
Al mismo tiempo, colaboró con la Gasette Hebdomadaire de Medicine et de Chirugie, considerada la más importante revista francesa de medicina. Allí dio a conocer, en el número del 27 de junio de 1873, un trabajo que tituló “Entropion compliqué de pannus et de dacryocystite”, donde comentó sobre la “operación nueva de Snellen, verificada por el doctor Wecker”. Por esta época estableció su consultorio médico en el número 6 (bis) de la Rue de Châteaudun, cerca del Palais Garnier en París.

Una de las obras más conocidas de Ramón Emeterio Betances sobre medicina fue Uréthrotomie interne, à l’aide de l’uréthrotome à bout coupé (1887), trabajo que realizó en 1881. En él expuso un caso de estrechez uretral, derivada de una enfermedad venérea, que operó con éxito. Por estos años participó en investigaciones sobre las propiedades medicinales de varias especies de plantas. Hay fuentes que afirman que presidió en París una Sociedad de la Quinina.
Ramón Emeterio Betances divulgó las ventajas de los baños de azoe o agua carbonatada para la salud. Con ese objetivo publicó el folleto Etablissement médical des eaux azotées (1889), en el que anunció la creación en París, en el número 94 de la rue Saint-Lazare, de un establecimiento de aguas medicinales, que consideró
“…un potente agente terapéutico para enfermedades de las vías respiratorias, el estómago y el sistema genitourinario, tanto en hombres como en mujeres.”
Al final de este folleto, expresó Betances:
“Tenemos el honor de ofrecer un amplio campo de experimentación a investigadores sinceros, a hombres de práctica y ciencia, con la certeza de un resultado exitoso, y no dudamos de que los pacientes que acudan a seguir sus prescripciones en el establecimiento donde deberán permanecer bajo su supervisión, no tendrán más que elogios para la nueva adquisición científica de la profesión médica parisina”.
En 1889, Ramón Emeterio Betances sostuvo un debate en la prensa francesa, con el médico italiano Giovanni Faralli, quien era miembro destacado de la Associazione Medica Italiana d’Idrologia e Climatologia y uno de los directores de la revista L’Idrologia e la Climatologia Medica. La polémica versó sobre
“…los efectos curativos de las aguas azoadas, discusión que ha tenido en París gran resonancia y que ha terminado en terreno experimental con un éxito brillante para dichas aguas azoadas”.
A propósito de esta discusión, el periódico español El Papa-Moscas, del 27 de octubre de 1889, abundó en otros detalles de lo que consideró “…un triunfo tan importante como decisivo para el porvenir de esta nueva medicación”. Acerca de lo sucedido planteó:
“…han acudido dichos doctores al terreno experimental en el establecimiento de París, demostrando el doctor Betances al doctor Farrallí, de un modo concluyente, en una joven de 20 años, asmática desde los 10, la beneficiosa acción del agua y de las inhalaciones azoadas, con las cuales recobró la salud perdida. Esta polémica y su resultado han tenido en París gran resonancia entre las notabilidades médicas”.
“Y si el experimento resultó concluyente en una enferma crónica, fue aún más decisivo y brillante en las enfermedades catarrales agudas, y sobre todo en los catarros simples que, con dos inhalaciones de quince o veinte minutos, tomadas en los dos primeros días del catarro, y con medio o tres cuartos de litro de agua en cada sesión, no sólo se modifican, sino que abortan completamente, sin necesidad de emplear sudoríficos de ninguna clase, ni de guardar cama, permitiendo el individuo hacer su vida ordinaria”.

La obra médica más destacada de Ramón Emeterio Betances fue El cólera, historia, medidas profilácticas, síntomas y tratamiento (1890). En este libro recogió tres artículos que había publicado en 1884, a los que agregó un trabajo sobre el “Tratamiento del cólera”, escrito por el médico y profesor G. Hayem, sobre el cual hizo reflexiones críticas. En la introducción a este texto, fechada en París el 25 de septiembre de 1890, expresó:
“Quedaré recompensado de mi trabajo si llega a ser de alguna utilidad en América; pues para la América sobre todo fue que se hizo esta publicación”.
La revista francesa Gazette Hebdomadaire de Médecine et de Chirurgie, comentó en 1891 acerca de esta obra de Betances:
“El autor comienza con un breve repaso de la historia de las cuatro principales epidemias que asolaron Europa en 1830, 1846, 1865 y 1884, de las cuales extrae algunas conclusiones sobre medidas preventivas y profilácticas. Dado que la enfermedad es endémica en la India y se propaga desde allí a Europa por tierra (Afganistán, Persia, Rusia) o por mar (Mar Rojo y Golfo Pérsico), es recomendable frenar la enfermedad en su fase inicial y prevenir su avance invasivo. Los síntomas incluyen un periodo prodrómico, un periodo algítido y un periodo de reacción. El primer periodo está ausente en los casos fulminantes. Cada uno de estos periodos requiere un tratamiento específico. De los tres métodos curativos para el cólera confirmado —contrairritante externo, medicamento interno y quirúrgico por acción directa sobre la sangre— la combinación de los dos primeros ha dado mejores resultados que el tercero”.
La repercusión de este libro de Ramón Emeterio Betances, y en general de sus criterios acerca del cólera, se hizo evidente en la prensa europea, especialmente en la española. El 31 de julio de 1892, el periódico La Lucha, editado en Gerona, publicó la siguiente noticia:
“El doctor Betances, el afamado médico español, ha dirigido una carta a la Revista Médico Social de Madrid, remitiendo el último Boletín de estadística municipal y demostrando con hechos, que la alarma producida por la existencia del cólera en París es infundada: siento no poderla reproducir, pero la conocida reputación del sabio Dr. Betances, en suficiente garantía para negar la existencia del cólera, como epidemia en París”.
Estos elogios fueron resaltados por José Martí el 3 de septiembre de 1892, en la sección “En casa” del periódico Patria, donde escribió:
“De nuestro Dr. Betances, no nos olvidamos un punto, porque él es el corazón de su país, con el que el de Cuba se hermana y abraza, y porque son pocos los hombres en quienes, como en él, el pensamiento va acompañado de la acción, la superioridad del desinterés, extraordinario y el mérito de la mansa modestia. Pero si de él nos pudiésemos olvidar, nos lo pondría ante los ojos el respeto con que a propósito de sus recientes declaraciones científicas sobre el cólera en París, dicen de Betances los diarios madrileños, que nos lo llaman eximio y tanto más;—y luego lo que dice Lo Somatent, diario regionalista catalán, que no parece ver pecado en que las colonias distantes soliciten de España la misma independencia que, por diversidad en la composición, defienden las provincias mismas que viven encajadas en la piel de toro nacional. Trata Lo Somatent con mucho cariño al «afamat metje». Y por acá queremos mucho, a fuer de que sufren como nosotros, a los catalanes liberales”.
Aunque no se han encontrado, es posible que Ramón Emeterio Betances redactara una memoria sobre “El tratamiento de la tuberculosis” y trabajos sobre osteología. Así lo afirmó la revista francesa L’Echo Polyglotte el 20 de diciembre de 1891. También se comentó en esa publicación sobre las gestiones que realizó Betances para crear un hospital latinoamericano en París. No por gusto en 1891 el periódico español El País, donde publicó numerosos artículos médicos, resaltó que
“Betances es una de las más importantes y conocidas personalidades que figuran al frente de la ciencia europea”.
Se conoce que Ramón Emeterio Betances intentó fundar en París una revista científica que se llamaría Geografía Médica. Varios periódicos españoles se hicieron eco de esa intención. De acuerdo con el diario La Lucha, del 21 de agosto de 1892, y con el Diario de Córdova y Crónica Meridional, ambos el 25 de agosto de 1892, tendría como objetivo
“…divulgar en América y en todos los pueblos latinos, los adelantos de la medicina y cirugía, las operaciones modernas en todas las enfermedades, los resultados de los nuevos procedimientos terapéuticos y, en una palabra, los resultados de todas las aplicaciones, según los casos y climas: en ella tendrán cabida todos los artículos que puedan enviar los médicos de cualquier país, insertándolos con sus firmas: será una publicidad que honrará al autor de la idea y que viene a resolver una necesidad que ha de dar en la práctica excelentes resultados… (…) …bien merece un aplauso el afamado doctor Betances, que ha tenido una idea, que he de ser de gran provecho para los médicos y los enfermos”.

Entre 1895 y 1897 numerosos periódicos de Estados Unidos, América Latina y Europa publicaron un anuncio en el que Ramón Emeterio Betances, “…famoso médico de París…”, opinaba en favor de la Emulsión de Scott, célebre preparado a base de aceite de hígado de bacalao. Llama la atención que lo publicaron también periódicos españoles, en momentos en que Betances era el representante en Francia de los patriotas cubanos que luchaban por la independencia. Este dato habla por sí solo de la celebridad médica del patriota puertorriqueño.
Luchador por la libertad

Ramón Emeterio Betances fue, además de un gran médico, un hombre polifacético. Escribió varias obras literarias e históricas en español y francés, así como traducciones. Fue autor, de Les Deux Indiens, histoire de la conquête de Borinquen (1857), que publicó con el pseudónimo de Louis Raymond. Tradujo, del original francés de Édouard René de Laboulaye, el libro El Partido Liberal, su progreso y porvenir (1869). Otros de sus escritos fueron Un premio de Luis XIV (1853), Las cortesanas en París (1853), La Virgen de Borinquén (1859), La botijueja (1863), traducción del original latino de Plauto; Washington haitiano (1871), ensayo sobre Alexandre Pétion, y Los viajes de Scaldado (1890).
Fue un ardiente defensor de la identidad antillana y proyectó la unión de sus países en una confederación (Cuba, Santo Domingo, Haití y Puerto Rico). Uno de sus pseudónimos favoritos fue “Un Antillano”. También sobresalió por un abolicionismo consecuente, que demostró en todo momento. Tradujo al francés el folleto L’esclavage et la traite à Cuba: question cubaine (1876), un alegato contra la esclavitud.
En una carta suya que apareció en el libro Les détracteurs de la race noire et de la république d’Haití réponses a M. Léo Quesnel (1882), Ramón Emeterio Betances escribió estas palabras en defensa del pueblo haitiano:
“…sorprende ver a escritores cuyos artículos se publican en revistas prestigiosas, involucrándose en críticas tan frívolas como injustas e insultantes, y nos indignaríamos ante sus insultos si no estuviéramos más bien inclinados a reírnos de su ignorancia”.
“El debate que apoyan Dévost y Janvier no habrá sido «estéril» si los periodistas preocupados por su reputación comienzan por estudiar los temas sobre los que quieren educar al público, y no confunden con historia las «acusaciones» de un caricaturista, las pesadillas de un enemigo o las triviales fantasías de reporteros ávidos de sensacionalismo”.

Independentista desde su juventud, fue el principal organizador del Grito de Lares en 1868 y varias veces intentó reiniciar la lucha armada contra España en Puerto Rico. Fue gran amigo de personalidades como Máximo Gómez, Gregorio Luperón, José Martí y Juan Gualberto Gómez. En 1895 se le designó representante del Partido Revolucionado Cubano en París, y en 1896 el Consejo de Gobierno de la República de Cuba en Armas lo nombró su representante oficial en Francia. También trabajó en la Legación de Santo Domingo en Francia. En 1887 recibió la Legión de Honor, máxima distinción otorgada por el gobierno francés, la cual aceptó como un homenaje a Puerto Rico.
El cubano Enrique Pineyro, quien coincidió largo tiempo con Ramón Emeterio Betances en París, lo describió de esta forma:
“Alto, moreno, con larga y poblada barba en que los hilos blancos y negros parecían estar en proporción igual; cabellera casi enteramente blanca, espesa, riza, despeinada, revuelta siempre; facciones correctas, ojos un tanto apagados por estar en parte cubiertos por párpados caídos, que le prestaban marcada expresión de dulzura meditabunda y melancólica. Había vivido constantemente engolfado en la política; su idea fija, constante, había sido desde la niñez la independencia de su isla natal, y mientras no pudiera por ella hacer más que una vaga propaganda en el extranjero, consagrábase a ayudar eficazmente a los cubanos en cuanto a su alcance estuviera, sacrificando su tiempo y su energía”.
En la revista L’Amérique se le describió de esta forma:
“Lo que más nos sorprendió al verle fue la belleza de su fisonomía: una de las fisonomías más nobles de pensador y hombre de Estado que sea dable ver. El perfil es más bien árabe que romano, lleno de energía y de orgullo. La tez, de un bello color atezado, tiene la apariencia del basalto. Una expresión de piedad generosa relampaguea en las pupilas serenas. La frente, ancha y cuadrada, indica la voluntad dentro de la inteligencia. Cabellos negros y encrespados orlean esa frente cual una venda de rizos, y una barba larga y plateada baja sobre el pecho y da a esa fisonomía severa el aspecto de una cabeza patriarcal. Y de toda ella se desprende algo dulce y poderoso—la bondad dentro de la inteligencia, la ternura dentro de la fuerza. Sí; esa es bien la cabeza de un hombre de estado, de un escritor, de un sacerdote de la Ciencia”.

La muerte de Ramón Emeterio Betances ocurrió en circunstancias muy dolorosas. Estaba sumido en la pobreza, con su esposa desquiciada mentalmente. A su dolor físico se sumó la pesadumbre por la ocupación militar de su patria por los Estados Unidos y la frustración de la independencia, su sueño de toda la vida. En sus últimos momentos clamó porque los independentistas cubanos no olvidaran la causa de Puerto Rico. La noticia de su fallecimiento tuvo repercusión mundial.
Por gestión de las cámaras legislativas de Puerto Rico, los restos de Ramón Emeterio Betances fueron traídos a su patria en 1920. Después de un recorrido que significó una apoteosis nacional, fueron depositados en el cementerio de Cabo Rojo, su pueblo natal. Décadas más tarde, fueron trasladados a un monumento en la plaza central del pueblo, que lleva el nombre de Betances. Allí existe un monumento con un busto obra del escultor italiano Diego Montano y cuatro tarjas en su honor, una de ellas en nombre de Cuba. En ella se lee:
“El Pueblo Cubano ofrenda esta lápida de mármol al insigne varón Dr. Ramón Emeterio Betances, que en los tiempos amargos en que se luchaba en las maniguas por obtener la independencia y la soberanía, él fue nuestro representante oficial en la capital de Francia. Homenaje al defensor de la Confederación Antillana. Año 1927”.

