En 2026 se cumplen cien años de la publicación de Los cazadores de microbios, un libro que aún fascina.

Paul de Kruif. Archivo del autor.

Hace un siglo el estadounidense Paul de Kruif (1890-1971) dejó una huella indeleble en la historia de la ciencia. En la biografía de este médico se destaca que fue graduado en la Universidad de Michigan, donde impartió clases de bacteriología. Sirvió en la sanidad militar durante la primera guerra mundial y después trabajó en el Instituto Rockefeller. Más tarde, se destacó en la Comisión de Investigación de la Parálisis Infantil.

Dedicado en cuerpo y alma a la bacteriología, Paul de Kruif conoció los esfuerzos y hazañas de los científicos que, a lo largo del tiempo, había conformado el objeto de esa ciencia. Pensó entonces en reunir información para escribir un texto que les rindiera homenaje. Lo dio a conocer en 1926 y su título, desde entonces, ha sido sinónimo de un libro fascinante: Los cazadores de microbios.

Contenido

Los capítulos que conforman el contenido de Los cazadores de microbios fueron los siguientes:

  1. Antonio Van Leeuwenhoek. El primer cazador de microbios”.

  2. Lazzaro Spallanzani. Los microbios nacen de microbios”.

  3. Luis Pasteur. ¡Los microbios son un peligro!”.

  4. Roberto Koch. La lucha contra la muerte”.

  5. “Luis Pasteur. Y el perro rabioso”.

  6. Roux y Behring. Contra la difteria”.

  7. Elías Metchnikoff. Los diligentes fagocitos”.

  8. Teobaldo Smith. Las garrapatas y la fiebre de Texas”.

  9. “Bruce. La pista de la mosca tse-tsé”.

  10. “Ross contra Grassi. El paludismo”.

  11. Walter Reed. ¡En interés de la ciencia y por la humanidad!”.

  12. Pablo Ehrlich. La bala mágica”.

Microbe Hunters, portada de la primera edición en inglés de Los cazadores de microbios. Archivo del autor.

Concebido en forma cronológica, aunque no de forma estricta, mencionó, en sus desvelos y aportes, la vida de 13 grandes investigadores que, cada uno en su época, realizaron descubrimientos importantes relacionados con el invisible mundo de los microorganismos.

El primer capítulo, que Paul de Kruif dedicó a la figura de Antonio Van Leeuwenhoek, iniciador de la historia de los cazadores de microbios, comenzó con el siguiente párrafo:

“Hace doscientos cincuenta años que un tal Leeuwenhoek fue el primero en asomarse a un mundo nuevo, poblado de millares de especies diferentes de seres pequeñísimos, ya feroces y aún mortíferos, ya útiles, solícitos y hasta indispensables para muchos ramos de la industria, que enriquece al hombre; un mundo cuyo conocimiento es, en definitiva, más importante para el verdadero bienestar de la estirpe humana que cualquier continente o archipiélago que aquel holandés hubiera podido descubrir”.

Con una prosa fácil, que sin desdeñar el lenguaje científico se apoyó en palabras comunes, lo cual fue parte de su éxito, Paul de Kruif presentó cada una de las figuras que incluyó en el libro. Al tratar acerca de Lázaro Spallanzani, condensó en un párrafo el aporte trascendental que hizo a la ciencia universal:

“Fue un día grande para Spallanzani, y aunque él mismo no se diese cuenta de ello, fue también un gran día para el mundo… (…) …había preservado a la ciencia de la caza de los microbios, en sus albores entonces, de extraviarse en ilusiones infantiles, que habrían sido causa de que los hombres de ciencia rehusasen considerar la bacteriología como una ciencia auténtica”.

Fue el turno entonces del primero de los dos capítulos que el autor de Los cazadores de microbios dedicó a Luis Pasteur, el más grande bacteriólogo de todos los tiempos. Con gran maestría, Paul de Kruif narró el proceso de formación de este célebre investigador, los desafíos a los que hizo frente y los triunfos científicos que alcanzó. En el último párrafo señaló con acierto la continuidad que tuvo su esfuerzo:

“Abandonemos a Pasteur por el momento, aunque se encuentre en los umbrales de sus experimentos más sensacionales y sus disputas más divertidas, para dedicar un capítulo a Roberto Koch, que va aprendiendo a hacer cosas importantes, maravillosas y fantásticas, con esos microbios que durante tantos años habían venido siendo súbditos del reino de Luis Pasteur”.

Todos los momentos trascendentales de la vida científica de Koch fueron recreados en Los cazadores de microbios. Decepciones, persistencias y, finalmente, los triunfos que alcanzó. Con esa prosa atrayente que recorre todo el libro, Paul de Kruiff destacó la significación del progenitor del célebre bacilo:

“En ningún escrito de Koch hemos encontrado prueba alguna de que él se considerara un gran descubridor; jamás parece haberse dado cuenta de que dirigía una de las batallas más hermosas y más espeluznantes de las sostenidas por el hombre contra la Naturaleza cruel; aquel hombrecillo de barba desordenada no tenía madera de actor, como sí la tenía Pasteur. Pero, en cambio, promovió una lucha dramática con los mensajeros de la muerte”.

El épico combate científico contra la rabia se narró en el capítulo “Luis Pasteur. Y el perro rabioso”. Fue el segundo que se dedicó a esta gran personalidad de la ciencia francesa y universal. No hay dudas de que sus esfuerzos fueron merecedores de la atención que brindó Paul de Krif al padre de la bacteriología. Acerca de esta nueva etapa de la vida de Pasteur, comentó:

“…el descubrimiento accidental de la vacuna que libraba del cólera a las gallinas fue el comienzo de los seis años más atareados de su existencia, años de tremendas discusiones, de triunfos inesperados y de desengaños terribles, durante los cuales derrochó la energía y la actividad que corresponden a la vida de cien hombres medios”.

La batalla contra la difteria, terrible enfermedad contagiosa que afectaba las vías respiratorias superiores, también fue descrita en Los cazadores de microbios. Para ello, Paul de Kruif tuvo en cuenta el ejemplo de los protagonistas de esa historia: Emilio Roux y Emilio Behring, a los que sumó a Federico Loeffler. Las últimas palabras del capítulo es un hermoso y vigente alegato en favor de la vacunación como conquista de la ciencia:

“Si los padres y las madres se convencen y permiten que sus hijos sufran tres pequeños pinchazos nada peligrosos de una aguja hipodérmica, caben entonces las mayores esperanzas de que en lo sucesivo no será ya la difteria tan asesina como ha venido siéndolo durante generaciones enteras. Y por este triunfo la Humanidad tendrá que quedar agradecida a aquellas primeras y toscas investigaciones de Loeffler, de Roux y de Behring”.

Al ruso Elías Metchnikof se dedicó el siguiente capítulo de Los cazadores de microbios. Importante figura de la ciencia mundial, hizo aportes relevantes al conocimiento del sistema inmunitario de los seres humanos. La vida de este sabio, llena de tropiezos y contradicciones, fue expuesta de forma magistral, siempre con un sentido positivo y esperanzador. La confianza en la ciencia y sus caminos, como en todo el libro, cobró protagonismo una vez más.

Junto a la errada teoría de Metchnikof sobre cómo eliminar la causa del envejecimiento, sobresalió su dedicación a combatir las enfermedades bacterianas. Acerca del camino que abrió este científico, comentó Paul de Kruif hace cien años:

“Sus experimentos fueron extraños, fantásticamente interesantes muchas veces, pero muy artificiales, de suerte que no pudieron conducir al descubrimiento de las verdaderas causas de la inmunidad. Pensaríamos que el cerebro de Metchnikoff, capaz, al parecer, de abarcar todos los conocimientos, habría discurrido sutiles experimentos para encontrar la razón de por qué un niño puede estar en un medio tuberculoso y no contraer nunca esta enfermedad, y, en cambio, muere de tuberculosis a los veinte años una muchacha que ha hecho vida higiénica. En esto reside el enigma de la inmunidad, que sigue siendo enigma hasta el día de hoy”.

Sobre la enconada lucha contra la fiebre de Texas también se escribió en Los cazadores de microbios. Así entusiasmó a sus lectores el autor de este fascinante libro, cuando los invitó a conocer esa faceta de la bacteriología:

“Teobaldo Smith fue un hombre que dio poderoso impulso a la Humanidad; fue el primer capitán de los bacteriólogos norteamericanos y continúa siéndolo. Siguiendo las indicaciones de unos ingenuos ganaderos, asomó la nariz por una esquina y descubrió cosas sorprendentes. Esta historia contiene el relato de lo que vio Smith y de lo que encontraron los investigadores que le sucedieron”.

Acerca de la trascendencia del aporte de este investigador, destacó Paul de Kruif:

“…descubrió el primero, entre todos los cazadores de microbios, el camino seguido por un asesino invisible para pasar de un animal a otro”.

Las aventuras de David Bruce en África y sus investigaciones acerca de la mosca tse-tsé, responsable de una enfermedad que atacaba el ganado en ese continente y de la célebre enfermedad del sueño, también tuvieron su espacio en Los cazadores de microbios. Se demostró, con múltiples anécdotas y hechos, la dedicación de este científico a la investigación y cómo coronó sus esfuerzos con el éxito.

Para Paul de Kruif, Bruce fue un

“…hombre modesto, desprovisto de toda vanidad pueril que le hiciera creer en la superioridad de sus teorías sobre los hechos escuetos… (…) …un experimentador en extremo inteligente, aunque sus teorías pecasen un tanto de simplistas, y si bien tenía una fe ciega en sus trabajos, poseía al mismo tiempo la tenacidad suficiente para salir de los atolladeros en que le metían su simplismo y su afición a las hazañas llamativas…”.

Ronald Ross, Battista Grassi y sus investigaciones acerca del paludismo, también fueron protagonistas en Los cazadores de microbios. Sus polémicas interminables, los caminos diferentes que siguieron y los puntos que tuvieron en común, aún sin quererlo, fueron expuestos con acierto y vivacidad. La conclusión es una lección a considerar por los estudiosos de la historia de la ciencia:

“El único consuelo que se deriva de este altercado científico, aparte de las vidas humanas salvadas, es el convencimiento de que los cazadores de microbios son hombres como los demás, y no pecheras rellenas o bueyes sagrados, como quieren hacernos creer algunos historiadores”.

“¡En interés de la ciencia y por la humanidad!”, fue el subtítulo del penúltimo capítulo de Los cazadores de microbios. Paul de Kruif lo dedicó al médico estadounidense Walter Reed. Más que la vida de esta personalidad, el capítulo refiere una versión de su trabajo al frente de la comisión que comprobó la teoría del cubano Carlos J. Finlay acerca del mosquito como agente trasmisor de la fiebre amarilla. No escondió el autor la admiración que sentía por el jefe de esa famosa comisión:

“Es verdad que Walter Reed tenía ciertas capacidades, pero no era precisamente un cazador de microbios; era, sí, un soldado excelente; había servido durante más de catorce años en las llanuras del oeste y en las montañas; había sido un ángel osado que volaba en medio de las tempestades de nieve para acudir a la cabecera de los enfermos; había esquivado los convites a vaciar botellas de cerveza en compañía de los oficiales, y había resistido a las seducciones de las noches de diversión dedicadas al póker. Tenía una fuerte personalidad moral; era amable, pero era preciso ser un genio para sacar de su madriguera al microbio de la fiebre amarilla”.

El trabajo de la comisión presidida por Reed en Cuba fue descrito con detalles, con la debida exaltación al sacrificio de Jesse Lazear, aunque ignorando la figura mártir de la enfermera Clara Maas. Por otra parte, Paul de Kruif fue sumamente injusto con la figura de Carlos J. Finlay. Esto provocó la protesta de los médicos cubanos al momento de ser publicado en 1926, pero eso será tema de otra reseña.

El último capítulo de Los cazadores de microbios, el número 12, presentó a Paul Erlich. Este investigador, empeñado en crear una medicina que eliminara todos los parásitos microbianos, fue el padre de la llamada “bala mágica”. En 1926 aún no habían sido descubiertos los antibióticos, pero Paul de Kruif confió en que así sucedería y, entonces, Erlich tendría la razón:

“Tan seguro como que el sol ha de seguir a la aurora de mañana, es que han de venir otros cazadores de microbios que moldeen balas mágicas más seguras y más innocuas que barran para siempre los microbios más malignos de los que hemos hablado en este libro. Acordémonos de Pablo Ehrlich, que fue quien desbrozó el camino…”.

Valor de una obra

Casi al final de su libro, Paul de Kruif confesó:

“…nos apasionan los cazadores de microbios, desde Antonio Leeuwenhoek hasta Pablo Ehrlich, y no especialmente por los descubrimientos que hicieron, ni por los beneficios que reportaron a la Humanidad, no; nos entusiasman por la clase de hombres que son, y decimos que son, porque en nuestra memoria vive cada uno de ellos y seguirá viviendo hasta que nuestro cerebro deje de recordar”.

Portada de una de las ediciones de Los cazadores de microbios. Archivo del autor.

Esta fue, sin duda, una de las contribuciones de Los cazadores de microbios: presentar a los hombres que forjaron la ciencia de la bacteriología como los seres humanos, imperfectos y tenaces, que fueron. Es la historia de sus alegrías y aportes, pero también de sus fracasos y tristezas. Quizás por esta razón, no obstante los avances científicos del último siglo, es un libro que nunca ha envejecido, que se lee con admiración y asombro.

Como pocas veces en la historia de la ciencia, Los cazadores de microbios es un verdadero best sellers. Ha sido traducido a más de veinte idiomas, posee numerosas ediciones en todos los formatos, es una garantía de éxito editorial. Lectura obligada para todo investigador, más allá de si se dedica a las ciencias biológicas o a la medicina, es una exaltación del espíritu humano en su incesante búsqueda de la verdad.

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