El aire de la noche en Madrid olía a desquite. El FC Barcelona, vestido de azulgrana y de necesidad, asaltó el Riyadh Air Metropolitano para cobrarse una deuda pendiente y, de paso, asestar un golpe casi definitivo a la Liga Española de fútbol.

Horas antes, el Real Madrid había caído en Mallorca, y el escenario estaba servido: ganar o alejarse del sueño. Y el equipo de Hansi Flick, herido por aquel 4-0 de Copa que le endosara el Atlético de Madrid en el mismo escenario, eligió lo primero con una épica que supo a poesía.

El guion parecía escrito por las manos temblorosas del dramatismo. Giuliano Simeone, el hijo del Cholo, abrió la lata con un gol de raza y desmarque, un zarpazo que heló las gradas visitantes. Sin embargo, cuando el reloj marcaba el peor momento, apareció Marcus Rashford, un futbolista bajo examen, para firmar una pared con Fermín y definir entre las piernas del cancerbero Musso como quien redacta un verso de rebeldía.

El empate supo a bálsamo, pero el verdadero vuelco llegó antes del descanso. Nico González vio la tarjeta roja directa, dejando al Atlético cojo y al Barca con el camino allanado para la segunda parte.

La mitad definitiva fue un monólogo de paciencia. El puntero de la tabla, con un jugador más, tejió y destejió el partido al son de un metrónomo implacable, aunque la defensa rojiblanca, liderada por el inmenso Musso, se negaba a acuñar el acta de defunción. Incluso hubo momento de pánico con una roja a Gerard Martín que el VAR, sabio en su corrección, rebajó a amarilla.

Sería entonces cuando, en el minuto 87, la pelota botó con la fortuna caprichosa de un dado. Un balón muerto, un rebote que parecía guiño del destino, y Robert Lewandowski, el polaco recién ingresado del banquillo y aún triste por la pérdida del boleto mundialista, conectó con el hombro para desatar la locura. Fue un gol afortunado, quizá sucio en su factura pero limpio en el efecto, que no solo hundió al rival, sino que sentenció psicológicamente al Real Madrid en la distancia.

Con el triunfo tras el silbatazo final, el Barcelona se aúpa hasta los 76 puntos y saca siete de ventaja a un once blanco que se queda en 69, con apenas ocho jornadas por disputar. El Atlético, por su parte, termina con 57 unidades, cuarto y descolgado de la pelea, obligado ahora a mirar por el retrovisor al Villarreal. La Liga, que parecía hace poco un pulso de alta tensión, empieza a teñir su color de azulgrana. El Metropolitano fue testigo: no solo representó un partido, sino una declaración de intenciones.

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