No en vano, dicen que batear en el béisbol suele ser veleidoso y hasta cuestión de fortuna si reúnes las condiciones para hacerlo. Sin embargo, un matancero miró el horizonte desde la profundidad de una conexión a los jardines, y aprendió que en el cajón también se esculpe poesía.

Aquel muchacho nació en un lugar llamado Elizarde, en Jovellanos, tan adentro del campo que el primer terreno lo construyó su padre frente a la casa, con cuatro bases rústicas y la tierra apisonada por el sueño de que sus hijos fueran peloteros. De esa parcela familiar, regada con sudor, brotó la dinastía de los Sánchez, y entre todos ellos, Wilfredo sería el de la muñeca de seda y las piernas de gamo.

Convirtió desde joven el arte de empuñar el madero en una ceremonia cotidiana. Labró su sendero, con capacidad ingeniosa y un promedio de bateo para .331 de por vida, ganando lideratos en tres décadas diferentes, algo difícil de emular.

Pero ningún hombre llega solo a la gloria, y Wilfredo tuvo la fortuna de encontrar dos almas gemelas en el diamante: Félix Isasi y Rigoberto Rosique. Él era el primero, el hombre proa, el que llegaba a las almohadillas para que sus compañeros lo trajeran a home como quien recoge una cosecha a base de paciencia.

El 19 de febrero de 1985, en plena madurez deportiva, Wilfredo Sánchez se convirtió en el primer bateador en la historia de las Series Nacionales en superar la legendaria marca de los dos mil hits. Precisamente lo hizo con el dorsal 19 a su espalda, el número alrededor del que tejió una mística en 19 temporadas.

Hoy, cuando se repasa su historia, y recordamos las 339 bases robadas, los ocho campeonatos mundiales conquistados o el récord imbatible de trece triples en una campaña, uno entiende por qué los viejos fanáticos lo recuerdan con ojos humedecidos.

No fue pelotero de una sola época: fue el puente entre el béisbol de madera y el de aluminio, entre la pelota casi artesanal y los bates industriales. Pero sobre todo, fue el hombre que entendió que batear no es golpear una bola, sino dialogar con ella, convencerla de que viaje justo donde el jardinero no la encuentre. Y en ese arte, en esa poesía de batazos entre dos, Wilfredo Sánchez sigue siendo maestro.

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