Ojo de Agua: cuando la ficción pierde el rumbo frente a la ciencia

La telenovela Ojo de Agua ha apostado por colocar en el centro de su relato uno de los temas más sensibles y estratégicos para el presente y el futuro de Cuba: la vulnerabilidad de los asentamientos costeros frente al cambio climático. Sin embargo, lo que podía convertirse en una oportunidad para acercar al público a una problemática real, compleja y de enorme impacto social, ha terminado revelando un preocupante déficit de asesoramiento técnico y de rigor conceptual.

Aunque los asentamientos de la ficción no se ubican geográficamente en ninguna provincia específica del país, sus guionistas han señalado que la historia transcurre entre dos pueblos: Arroyo Seco, situado alegadamente en la costa sur de Artemisa o Mayabeque, y Ojo de Agua, un poblado con vocación agrícola más alejado de la costa. Ese dato hace aún más llamativas ciertas licencias narrativas que rozan lo inverosímil, como cuando el personaje de Carmen, interpretado por Yailin Coppola, menciona que el huracán Irma le arrancó el techo del portal. Basta recordar que Irma azotó fundamentalmente la costa norte del país en 2017 para entender que ese detalle, lejos de ser menor, evidencia una desconexión entre el guion y la geografía real que se pretende evocar.

Pero las inconsistencias no se detienen ahí. Uno de los momentos más cuestionables ocurre con la llegada a Arroyo Seco de Lucía Benítez, especialista del CITMA interpretada por Yordanka Ariosa, quien, teodolito en mano y con una rapidez casi caricaturesca, “descubre” que Arroyo Seco está en peligro de desaparecer e informa a los pobladores que deben abandonar el asentamiento lo antes posible. En cuestión de horas, entrevista a los habitantes, define prioridades, establece criterios e incluso formula preguntas tan absurdas como cuántos años de casados tiene un matrimonio, como si ese dato pudiera influir en una decisión de relocalización. El resultado es una representación que, lejos de reflejar la complejidad del proceso, lo reduce a un trámite improvisado y autoritario.

Esa construcción dramática no solo es poco verosímil: también resulta injusta con el trabajo real que desarrollan los especialistas del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA). La gestión del riesgo costero y de la adaptación climática en Cuba es un proceso colectivo, multidisciplinario y articulado entre organismos, gobiernos locales, universidades y centros de investigación, sustentado en estudios científicos de largo alcance, no en decisiones de una especialista en “degradación costera” tomadas al paso.

Algo similar ocurre cuando se presenta la Tarea Vida como si fuera un “proyecto”, cuando en realidad es el Plan de Estado para el Enfrentamiento al Cambio Climático, un instrumento estratégico que organiza, prioriza y jerarquiza acciones a corto, mediano y largo plazo. No es un programa experimental ni una iniciativa aislada: es la columna vertebral de la política climática del país.

Cuba enfrenta hoy el desafío real de reducir los riesgos en 262 asentamientos costeros, expuestos al aumento del nivel del mar, la erosión, la intrusión marina y la intensificación de eventos hidrometeorológicos extremos. Se trata de una problemática ampliamente estudiada, con escenarios proyectados hasta los años 2050 y 2100 a partir del Macroproyecto sobre peligros y vulnerabilidad costeras, cuyos resultados sustentan las decisiones que recoge la Tarea Vida. En ese marco, la relocalización de comunidades no es ni automática ni arbitraria: implica evaluaciones técnicas, alternativas habitacionales, acompañamiento social y un delicado manejo de los vínculos culturales y afectivos de la población con su territorio.

La telenovela ignora esta complejidad, presentando la intervención de la especialista como instantánea y resolutiva, lo que desvirtúa la planificación y el rigor de la adaptación al cambio climático y la reducción de riesgo de desastres en Cuba. La imprecisión conceptual, la simplificación de procesos y la ausencia de una visión institucional coherente transmiten una imagen distorsionada de la gestión ambiental y climática en Cuba.

A ello se suma la manera en que se representa el huracán en los primeros capítulos, convertido en un recurso casi efectista, más cercano al dramatismo televisivo que a la realidad meteorológica del país. La puesta en escena del evento extremo carece de contexto, de referencias a los sistemas de defensa civil, a la preparación comunitaria o a los protocolos reales que rigen en Cuba ante este tipo de fenómenos, reforzando una visión simplificada y espectacularizada de un riesgo que, en la vida real, se gestiona con ciencia, organización y disciplina social.

No es la primera vez que la televisión cubana aborda temas científicos o sociales complejos con resultados mucho más sólidos. Producciones como Con Ciencia, la telenovela o la serie Las reglas de Rodo demostraron que el acompañamiento de especialistas no resta dramatismo, sino que lo enriquece. Cuando el rigor se integra a la narrativa, las historias ganan profundidad, coherencia y credibilidad.

Es cierto que una telenovela es una obra de ficción y no un documental. Pero cuando se entra en terrenos de alta sensibilidad social, que involucran políticas públicas, comunidades vulnerables y procesos reales en marcha, la responsabilidad narrativa se vuelve ineludible. La televisión no solo entretiene: también construye imaginarios, legitima discursos y modela la manera en que el público entiende su propia realidad.

Tratar el cambio climático y la resiliencia costera con ligereza o desinformación no solo empobrece el relato dramático, también invisibiliza y desvaloriza años de trabajo científico, institucional y comunitario. En tiempos en que el futuro de muchas comunidades está en juego, la fidelidad a los hechos y el respeto al conocimiento no son un lujo: son una forma de compromiso con el país y con su porvenir.

Félix A. Correa Álvarez/TVCubana

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