Hoy, 30 de enero de 2026, ha entrado oficialmente en vigor una nueva y brutal escalada de la guerra económica contra nuestro pueblo.
El gobierno de Donald Trump, bajo el pretexto de una «emergencia nacional», ha firmado una orden ejecutiva para estrangular el flujo de petróleo hacia Cuba, imponiendo aranceles punitivos a cualquier país que se atreva a vendernos un solo barril.
Esta no es una medida de seguridad. Es otra agresión política y económica. Un acto de chantaje y extorsión contra la soberanía de las naciones y un intento descarado de infligir sufrimiento humano calculado a millones de familias cubanas.
La orden ejecutiva se sostiene, indudablemente, sobre una ficción: que Cuba representa una «amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos».
Pero, ¿cómo se sostiene esta mentira?
El documento nos acusa de alinearnos con «países hostiles» y «grupos terroristas transnacionales». La realidad es opuesta. Como denunció nuestro Canciller Bruno Rodríguez, se trata de «una larga serie de falsedades». Cuba es un país de paz, que coopera internacionalmente incluso en la lucha contra las drogas. La verdadera «influencia maligna» en nuestra región es la que ejerce el gobierno de EE.UU., intentando someter a los pueblos y mutilar su soberanía.
EE.UU., que ha protegido a terroristas confesos como Luis Posada Carriles, no tiene moral para darnos lecciones sobre terrorismo. Su historial en el hemisferio está marcado por golpes de Estado, apoyo a dictaduras e intervenciones militares.
La única amenaza real que Cuba ha representado durante 67 años es la amenaza del ejemplo. El ejemplo de un pueblo pequeño que dijo «NO» a la Doctrina Monroe, que defendió su derecho a la autodeterminación y que construyó un proyecto social soberano a 90 millas del imperio más poderoso. Nuestra resistencia es la pesadilla de quienes creen que todo se puede comprar o someter.
Frente a esta nueva arremetida, la posición de Cuba es clara, firme y digna. «No hay rendición ni claudicación posible», afirmó nuestro Presidente Miguel Díaz-Canel, dejando claro que «ningún tipo de entendimiento» puede basarse en la coerción. Su mensaje en redes sociales es suficientemente claro: «Como demuestra la historia, las relaciones entre EE.UU. y Cuba, para que avancen, deben basarse en el derecho internacional en vez de en la hostilidad, la amenaza y la coerción económica».
¿Tenemos un «Plan B»? Por supuesto… Aquí no hay, ni habrá un plan de rendición. Nuestra estrategia es la misma de siempre: la resistencia organizada, la defensa de la soberanía y la confianza en nuestro pueblo. Como gritó el Comandante Juan Almeida en la Sierra y hoy tiene más vigencia y fuerza que nunca: «¡Aquí no se rinde nadie!».
Por otro lado, quien crea que esta medida no lo va a afectar viviendo acá, anda trasnochado. Toda esa jauría zanjonera y rayadilla que anda eufórica desde ayer por estos solares de redes sociales, también padecerán de las limitaciones y penurias que anuncia la medida. Una orden que busca, sin tapujos, paralizar la vida nacional.
Al estrangular nuestra energía, no atacan al Gobierno, ni al rrreeegimennnn, como les gusta decir. En todo caso, ello ataca directamente a la salud pública, limitando la generación eléctrica en hospitales y la producción de medicamentos; al transporte, ya afectado por largas colas para obtener combustible; y más allá, a servicios vitales como el abasto de agua, la alimentación, las comunicaciones y la industria.
Es una política de «tolerancia cero» no contra un gobierno, sino contra la capacidad de un pueblo para vivir. Reconocen que enfrentamos una «crisis total», agravada por el fin del petróleo venezolano, y en lugar de aliviar el bloqueo, lo profundizan. Trump mismo ha dicho con desprecio: «Cuba no podrá sobrevivir». Su objetivo no es oculto a nadie: forzar una capitulación política mediante el hambre y la desesperación.
Pero no estamos solos. El mundo progresista ve y condena esta injusticia. Confiamos en el respaldo de nuestros aliados históricos y en que la comunidad internacional no permitirá que se consuma este acto de asfixia colectiva.
Esta nueva orden ejecutiva no hace más que confirmar lo que ya sabemos: el bloqueo no es un «embargo bilateral», es una guerra económica de amplio espectro, ahora llevada a su máxima expresión genocida.
Nosotros, que hemos resistido con estoicismo por décadas, que hemos salido a despedir a nuestros héroes caídos en Venezuela y que hoy nos preparamos para defender nuestra tierra, no nos dejamos engañar. Entendemos la magnitud del desafío, conocemos nuestras propias dificultades internas, pero también tenemos clara una verdad inquebrantable: nadie tiene derecho a decidir por nosotros.
Frente al miedo y la vulgaridad, nosotros oponemos dignidad. Frente al dinero y la fuerza bruta, nosotros oponemos conciencia. Frente a la mentira de ser una amenaza, nosotros levantamos la verdad de ser un pueblo libre.
Acompaño este texto con los trazos de nuestro querido Manuel Hernández, Premio Nacional de Periodismo, Humor y Artes Plásticas. (ALH)
Gabriel Torres Rodríguez
