Cómo si se tratara del lugar que le tenía reservado el destino para sentirse a gusto, apreciado y respetado, Niñito apareció una vez por las áreas del Hospital Pediátrico Eliseo Noel Camaño y allí ha permanecido desde entonces, hace ya 11 años.
En ese recinto se le tiene permitido hasta no crecer, y aunque ya cumple 28 años, conversa con una inocencia tal que parece uno de esos muchachos que perseguían a Peter Pan en la Isla de nunca de jamás, con la ilusión de ser niños por toda la eternidad.
Pero Yoslandi Andrés Díaz si ha crecido y hasta asume responsabilidades de hombre cabal, de esos que asumen el trabajo con tal seriedad que no conocen de otra cosa.
A Niñito, como todos le llaman con cariño en esta institución de salud, la laboriosidad le brota por cada poro, cada mirada, cada gesto. Es de lo que mejor que sabe hablar, aunque le distingue más las acciones que las propias palabras que a veces le cuesta hilvanar.
Desde bien temprano, cuando aún las áreas más concurridas del Pediátrico permanecen vacías sin esa habitual concurrencia que inunda a los hospitales, ya Niñito parece un remolino subiendo y bajando escaleras recogiendo los desechos del día anterior.
Él no tiene un método, ni estrategia precisa para su importante tarea. Eso sí, su primera acción del día consistirá en barrer las áreas verdes de los tres parques del centro. Luego recorrerá las salas y oficinas del centro en busca de los cestos, acompañado siempre de una sonrisa; respondiendo casi con ternura a todo aquel que le saluda. ¡Que son muchos!
Porque difícilmente exista alguien en ese hospital que no le quiera y le lance una mirada de admiración a su ajetreo silencioso.
También ha pintado las fachadas, y si hace falta toma los instrumentos de trabajo para chapear o guataquear. Lo que le encomienden lo asumirá con total responsabilidad.
Por eso ha recibido varios reconocimientos, porque sin dudas y aunque no se vanaglorie de ello se trata de un trabajador destacado.
Una institución como el Pediátrico le debe mucho a personas como Niñito, que se convierten en una especie de emblema, distinguible desde la distancia aunque prefiera pasar inadvertido, representando la entrega incondicional, el tesón y el esfuerzo.
Su cuerpo espigado, sus largos brazos viven de cargar, de tomarle el peso a las cajas de las oficinas, los baños, las salas de ingreso; también se enfrenta sin miramientos a una loma de escombros, siempre con semblante tranquilo, cómo si fuera esa la misión para la que llegó al mundo.
Y eso lo saben sus compañeros de trabajo que tanto le quieren. «Ese es nuestro Niñito», dirán con cariño casi maternal. Y Yoslandi Andrés retribuirá ese amor regresando cada mañana, bien temprano con total disposición, y a uno no le queda más remedio que tararear aquella estrofa del cantautor poeta: siempre… va esta personita feliz…trocando lo sucio en oro.
Tomado del perfil del Hospital Pediátrico Eliseo Noel Caamaño
