Hace 161 años nació en Jovellanos un joven que puso la libertad por encima de la vida. Su nombre se convirtió, con el tiempo, en el punto más hondo del espíritu de su ciudad.

El 15 de septiembre de 1865 vio la luz en el otrora Camino Real número 148 de Bemba, actual Jovellanos, Domingo Mujica Carratalá. Su madre, Juana Carratalá de Sotolongo, hizo suyos los dolores de Cuba, y esa compasión por la tierra natal se le filtró al hijo en la sangre desde niño. Inició el bachillerato en Matanzas, pero la muerte de su padre, Domingo Mujica Osorio, lo obligó a abandonarlo y salir temprano a ganarse la vida. Sin embargo, los libros y la lectura le levantaron una fortaleza interior que le dio, según quienes lo conocieron, una «vasta y sólida cultura histórica y literaria».

Domingo era conocido entre los oficiales españoles como «el criollo rebelde». No ocultaba su repugnancia hacia el gobierno colonial, y las autoridades lo tenían por el conspirador más activo de Jovellanos. El 24 de febrero de 1895 estalló la guerra de independencia en Las Villas. Domingo marchó a incorporarse a la insurrección, sirvió como soldado raso bajo las órdenes del capitán Manuel González y luego pasó al Estado Mayor del coronel Joaquín Castillo, con quien vivió los combates de San José y Ceborucal.

Pudo haber seguido combatiendo en la manigua, pero eligió el camino más peligroso: volver a su pueblo a encender la llama independentista en la provincia de Matanzas. El coronel Castillo terminó por autorizarlo a marchar a la jurisdicción de Colón con una «misión importante». En agosto de 1895, Domingo se movía por los alrededores de Realengo con unos pocos seguidores. El día 11 cayó en combate el joven José Cadenas, el primer revolucionario muerto por la libertad en tierras jovellanenses. Al día siguiente, Domingo fue apresado en el sitio de La Campana.

Lo condujeron al castillo de San Severino, en Matanzas. El 19 de agosto, un consejo de guerra lo condenó a muerte por «cabecilla de la insurrección y reclutador». Desde el ayuntamiento de Jovellanos, desde el párroco hasta las sociedades políticas, muchos pidieron su indulto; su madre llegó a viajar a Cienfuegos para implorar clemencia al general Martínez Campos. Todo fue inútil.

A las seis de la mañana del 20 de agosto de 1895, Domingo Mujica Carratalá fue llevado al «último templete» del paseo de Santa Cristina, de cara al mar. Sonó la descarga. Cayó a veintiséis días de cumplir treinta años.

Esa misma noche, el poeta Bonifacio Byrne escribió los versos que lo llevaron al destierro:

«Aquel valiente de cara al mar murió,
bañado por la luz del alba,
la mirada noble, serena y firme,
el corazón en calma, la frente en alto.»

Fue el primer fusilamiento de un patriota en la provincia de Matanzas durante la guerra de 1895. Las balas españolas no lograron amedrentar a los cubanos; como profetizó el cónsul norteamericano Brice en su informe, «sembrar el terror con un fusilamiento así solo produce el efecto contrario».

Hoy Domingo Mujica Carratalá es considerado Patriota Insigne de su natal Jovellanos y desde monumento en mármol que se erige en su memoria en el parque central puede leerse: «Tus enemigos de ayer te admiran, te respetan y se hacen amigos de tu patria.» La casa donde nació es museo, la tierra que pisó lo honra, y el parque que lleva su nombre sigue siendo el lugar donde los jovellanenses se reúnen, recuerdan y respiran.

Han pasado 161 años. El viento del mar sigue soplando sobre la costa de Matanzas, sobre el sitio donde aquel templete se alzaba. A un hombre pueden arrebatarle la vida a balazos, pero no pueden quitarle la manera en que eligió mantenerse en pie: de cara al mar, de cara a la libertad.

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