El matancero Manuel Johnson Larralde sobresalió por su dedicación a la ciencia de la farmacia.

En la actualidad no funciona como farmacia. Es un museo, ubicado en la habanera calle de Obispo, que sobresale por la majestuosidad y la belleza de su interior. El 14 de marzo de 2006 un incendio causó daños de consideración al edificio y provocó la pérdida de valiosas piezas. La entrada muestra su nombre en letras de bronce: “Droguería Johnson”. Es el apellido de un matancero, Manuel Johnson Larralde, quien fuera una personalidad destacada en la farmacología cubana.

Una vida de esfuerzos

Nacido en Matanzas el 9 de septiembre de 1860, Manuel Serafín Johnson Larralde quedó huérfano de ambos padres a temprana edad. Fue criado por su familia materna, pero desde entonces el esfuerzo personal guio sus pasos en la vida. Se consagró al estudio y logró alcanzar en 1874 el título de Bachiller en Artes en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana. Ingresó entonces en la Universidad de La Habana y se graduó de Bachiller en Farmacia en 1878, de Licenciado en Farmacia en 1879 y de Doctor en Farmacia en 1881.

Manuel Johnson en 1898. Archivo del autor.

La tesis de licenciatura que defendió se tituló “Entre las teorías conocidas ¿Cuál es la que mejor explica el fenómeno de las fermentaciones?”. A su vez, la de doctorado trató el tema “¿Tienen lugar verdaderos fenómenos químicos en la vida de los vegetales y en la formación de los productos que a la Farmacia suministran?”. Se publicó como libro en 1883. Otro informe científico que escribió fue “Dada la extensión e índole de los estudios de la ciencia farmacéutica ¿se puede determinar dónde acaba una asignatura y donde empieza la otra?», con el cual recibió un Premio Extraordinario. También se graduó de Licenciado en Ciencias Físico-Químicas en 1884.

Manuel Johnson trabajó como farmacéutico en Viñales, Pinar del Río, entre 1880 y 1881, y en Unión de Reyes, de 1881 a 1882. En 1883 estableció en La Habana su propia farmacia, que estuvo situada en la calle de O’Reilly 31. Llamada De Basset, la trasladó a Obispo 53 y más tarde comenzó a anunciarse como Farmacia Droguería Johnson. Esta llegaría a ser, según criterios autorizados, la mejor de Cuba. En ella, Johnson demostró gran habilidad en los negocios, así como una visión innovadora de la farmacología. Esto le proporcionó grandes beneficios económicos.

Al respecto, comentó la revista Cuba y América en 1902:

“…hay otras muchas pruebas que demuestran sus grandes aptitudes para la práctica comercial de su profesión. Apenas hace quince años vino de Matanzas, donde nació, a establecerse en esta ciudad con un capital de unos trescientos pesos billetes. A fuerza de privaciones, de perseverancia y de laboriosidad incesante, ha levantado su establecimiento a una gran altura y fomentado un capital de relativa importancia”.

Anuncio de la Droguería Johnson. Archivo del autor.

El profesor-decano

En 1883, Manuel Johnson comenzó su larga carrera como profesor universitario. El 22 de octubre de ese año se le nombró catedrático auxiliar de la Facultad de Farmacia. Desde esta plaza fue sustituto de varios profesores, lo que le permitió impartir diferentes asignaturas, lo cual favoreció su dominio de la enseñanza de la farmacología. Fue profesor de Prácticas de Operaciones Farmacéuticas, Química Orgánica aplicada a la Farmacia con sus prácticas y de Farmacia Práctica y Legislación Sanitaria. Realizó los ejercicios de oposición y obtuvo la plaza de catedrático de Química Orgánica con aplicación a la Farmacia. Tomó posesión de la misma el 20 de abril de 1892. Acerca de este éxito de su vida profesional, se publicó en la revista Cuba y América:

“Se repite con mucha frecuencia entre nosotros que los cubanos servimos para poco, que somos negligentes, gastadores y sin iniciativas. Prueba de que aquella aseveración no es cierta la tenemos en el personaje que nos ocupa. Por los méritos que en él concurrían se le otorgó una cátedra de la Facultad de Farmacia en la Universidad de la Habana, cuya cátedra fue sacada a oposición en Madrid, para proveerla con carácter definitivo, y allí fue el Dr. Jonhson a luchar con los opositores que tuvo, que eran de importancia, y los ejercicios que hizo, tanto teóricos como prácticos, fueron tan brillantes que inclinaron el voto de los jueces a su favor, regresando victorioso a la Habana con la cátedra en propiedad…”.

Además de la labor docente que desarrolló por décadas, Manuel Johnson fue vicesecretario (1887-1888) y secretario (1888-1889) de la Facultad de Farmacia de la Universidad de La Habana. El 28 de diciembre de 1899, por orden del gobierno interventor, se le trasladó, en virtud del Plan Lanuza, para la Facultad de Ciencias. Allí desempeñó la cátedra de Química Orgánica del Período Preparatorio, y dos cursos de Química Orgánica del Período de la Licenciatura.

Poco duró esta experiencia, pues un año más tarde volvió como profesor de la Facultad de Medicina y Farmacia, por disposición del Plan Varona. Le correspondió la Cátedra A, que incluyó las asignaturas Prácticas de Química aplicadas a la Farmacia y Análisis Especiales (Medicamentos, Alimentos y Venenos), así como Química Médica. Fue decano interino en la Facultad de Medicina y Farmacia en dos oportunidades (1911 y 1922). Estuvo entre los fundadores de la Asociación Médico Farmacéutica en 1899.

Anuncio de la Droguería Johnson. Archivo del autor.

Manuel Johnson desempeñó su cátedra universitaria hasta su fallecimiento el 3 de noviembre de 1922. Al momento de ocurrir este hecho era el profesor con más años consecutivos de trabajo de la Escuela de Farmacia. El mismo día de su muerte, el Diario de la Marina señaló:

“Se ignoraba el mal que tan violenta e inesperadamente ha llevado al sepulcro a una de las eminencias químicas con que se honraba Cuba”.

Acerca de su legado, se expresó en ese mismo periódico:

“Nacido en Matanzas, contaba 62 años de edad, y desde el 1884 se estableció en la Habana en el giro de Droguería y Farmacia, logrando consolidar, a fuerza de laboriosidad un formidable negocio, del que fue en toda época único dueño, mostrándose como un ejemplo admirable de lo que puede y vale la constancia y el esfuerzo personal”.

“Académicamente el doctor Johnson disfrutaba de magnífica ejecutoria. Pertenecía al claustro universitario desde tiempos de España habiendo desempeñado, ejemplarmente, la cátedra de Química Experimental y siendo, por razón de sus dilatados servicios el Profesor Decano de la Facultad de Farmacia en nuestro primer centro docente”.

Un discurso célebre

Manuel Johnson fue electo académico de número de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana el 25 de junio de 1885. Sin embargo, renunció un año después sin presentar su discurso de ingreso. Todo parece indicar que prefería la labor docente y la actividad en su farmacia particular. Como reconocimiento a sus méritos docentes, y a pesar de su juventud, o quizás por eso mismo, se le designó para que pronunciara la oración inaugural del curso académico universitario 1888-1889.

En esa ocasión pronunció un discurso que se hizo célebre, el cual tuvo como tema central “El estado deficiente de nuestra enseñanza experimental; los males que produce; los procedimientos para mejorarla; las incalculables ventajas que esta mejora nos reportaría”. Las ideas que expuso causaron un fuerte revuelo en la clase intelectual del país y reflejaron, con claridad, algunos de los males que lastraban la educación universitaria en Cuba. Basó su exposición en la siguiente pregunta:

“¿por qué la enseñanza verdaderamente experimental se halla en estado rudimentario entre nosotros? ¿será por incapacidad de la raza como algunos pretenden?”

Desde ese punto de partida, afirmó:

“La antítesis entre lo que determina la legislación vigente de Instrucción pública y lo que en la práctica sucede, es tan notable como dolorosa. En todas las asignaturas que abrazan los estudios físicos, químicos y naturales, en sus diversas manifestaciones, se prescriben clases prácticas, en las cuales se matriculan los alumnos, de las que se examinan y que son indispensables para la terminación de sus respectivas carreras. Ha sido, pues, propósito formal del legislador que se enseñe a la juventud estudiosa que a esta clase de trabajos se dedica, las manipulaciones necesarias para repetir las experiencias que los textos Indicar; el manejo de todos los aparatos indispensables a aquel fin. ¿Se cumplen estos mandatos en la práctica? Hay que confesar que esos cursos son todavía teóricos y que el profesor que mejor cumple se contenta generalmente con explicar cómo se realizan las operaciones; sistema de resultados idénticos al que se propusiese hacer jinetes hábiles y sufridos enseñando a los alumnos a montar en caballos de madera”.

Presentó seguidamente las deficiencias de los gabinetes y laboratorios existentes en la Universidad. Indicó, además, las deficiencias derivadas de la ausencia de los estudios experimentales. Propuso, de acuerdo a su criterio, aquellos medios prácticos que podían, sin grandes gastos financieros, aplicarse para buscar las soluciones necesarias. En el centro de su discurso estuvo la convicción de que no podía ensenarse ciencia sin experimentación, pues esto impedía la formación de los profesionales que se necesitaban en aquel momento.

Anuncio de la Droguería Johnson. Archivo del autor.

Enrique José Varona, en las páginas de la Revista Cubana, realizó un extenso análisis del discurso de Manuel Johnson. Su escrito se tituló “El doctor Johnson en la Universidad”, donde afirmó:

“Nuestras solemnidades académicas suelen pasar poco menos que inadvertidas; pero este año, gracias al doctor Johnson, la inauguración del nuevo curso universitario ha adquirido notoriedad ruidosa. Encargado del discurso oficial, el distinguido catedrático creyó, con feliz acierto, que la ocasión era oportuna para poner de manifiesto las deficiencias de nuestra enseñanza experimental, y en estilo reposado y llano—otra feliz innovación,—sin ambages ni atenuaciones, dijo lo que no tenemos, y debíamos tener, para profesar con provecho las ciencias en que descansa el edificio entero de la civilización contemporánea”.

Sobre la base de las severas realidades expuestas por Manuel Johnson, Varona hizo un profundo análisis de la deficiente enseñanza experimental que se impartía en Cuba. Destacó las causas y los efectos de esta situación y resaltó que el reclamo del profesor matancero debía ser atendido:

“Ojalá que nos sirvan de aviso y de lección estas voces severas que de cuando en cuando se levantan para decirnos la versas. La del Dr. Johnson merece oírse, así como merece aplauso su honrada determinación”.

Legado

Manuel Johnson no dejó una amplia obra escrita. Se publicaron dos discursos suyos. Uno fue el que leyó en los ejercicios de grado de doctor, que tituló Tienen lugar verdaderos fenómenos químicos en la vida de los vegetales y en la formación de los productos que a la farmacia suministran (1883). El otro fue su histórica peroración de 1888. Además, se conoce que fue autor de Prácticas de Química (1909).

El 21 de diciembre de 1940 la Universidad de La Habana inauguró el Edificio Manuel Johnson Larralde, destinado a servir de sede a la Escuela de Farmacia. Era el mejor homenaje a un matancero ilustre, que escribió con letras de oro en la historia de la farmacología como ciencia en Cuba. Un hombre, como se subrayó tras su muerte, que fue un

“…joven pobre, muy pobre, cuando empezó sus estudios en la Universidad de la Habana, y que llegó a ser rico, muy rico, por el esfuerzo tenaz de su trabajo, un químico tan notable, que mereció del sabio Carracido la frase muy conocida: «Qué lástima que Johnson sea rico, porque así priva al mundo de uno de los mejores libros de Química»”. (ALH)

Esquela mortuoria de Manuel Johnson, que se publicó en el Diario de la Marina. Archivo del autor.

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