Con el celular apoyado contra la libreta y el sonido de fondo de unos videos musicales que llevo días estudiando, conecto con Alicante. Al otro lado de la línea, Lia Marina Betancourt Herrera responde.

Descubro, no sin sorpresas, que acabo de conocer a una joven artista sin artificios ni poses de estrella. Habla con pausa, como si acabara de llegar de un viaje que le cambió la vida —algo que, en cierto sentido, vamos a develar—, pero con la humildad de una cubana de pura cepa que sabe que el arte no entiende de fronteras. Lia Marina es matancera, y la única cubana que representó a nuestro país en el Pacific Music Festival 2026, y lo hizo —según me confiesa— con el mismo desparpajo con el que su abuela le cantaba Serrat en los días de lluvia yumurina.

“Mi infancia fue un paisaje sensorial”, dice, y basta esa frase para entenderlo todo. En su casa, la música no es una profesión: “es el lenguaje que hablamos”. Recuerda a su abuela leyéndole a Quiroga o cantándole los Beatles; los trayectos al mar con su abuelo, siempre acompañados de un canturreo improvisado; y el estudio de su tío Julio, “puro color, lleno de guajiras, marinas y abstractos”. Por supuesto, su madre, Vanessa Herrera, reconocida maestra de Canto Coral y entrenadora vocal, y su tío Pepo eran, con la voz y el clarinete, los que le daban la banda sonora a ese paisaje.

Su primera escuela, admite sin dudar, fue el coro de su madre, la coral Coralillo. “Mi madre y mi tío cantaban en el Coro de Cámara de Matanzas. Para mí, niña al fin, significaba mucho hacer lo mismo que ellos. Estar en un coro era ser una persona grande”. Y aunque hoy sea una cornista de proyección internacional, confiesa que ama cantar en coro y le agradece a su mamá haberle enseñado, sin que ella se diera cuenta, todo lo que sabe sobre el canto.

Pero el destino, como suele pasar en el misterioso halo cultural que envuelve a Matanzas, le tenía preparada una curva. Lia quería ser cantante e hizo la audición para la Escuela Vocacional de Artes. Ese año, sin embargo, no abrieron la especialidad de Canto. Tuvo que probar con los instrumentos disponibles: fagot o trompa. Aprobó para la trompa —o corno francés—, un instrumento que, confiesa con honestidad, no estaba entre sus favoritos.

“Teniendo en la cabeza que yo quería ser músico a toda costa, me quedé con mi trompa”. Y entonces llegó a su vida José de las Nieves González Castañeda. “Joseíto —a quien quiere como a un padre— me enseñó a mirar el corno desde sus ojos, y sus ojos aman el corno como si no existiera nada más en este mundo. Me hizo darme cuenta de que el corno era ese pedacito que me faltaba para ver la vida como es, todo arte”. Y remata esa historia fundacional con una frase que atesora: “Pocas notas bien dichas”, como repite su maestro.

Sus primeras incursiones en el escenario profesional fueron acá en la Atenas de Cuba. Recuerda con especial emoción su debut con la Orquesta Sinfónica de Matanzas. “Era la primera vez en una orquesta profesional. Oír y tocar la música desde el atril es una sensación sin descripción: era cantar en coro con instrumentos, nuevos colores para mí”. Pero la que realmente le rompió el alma fue la primera vez que compartió escenario con su madre, la soprano Vanessa Herrera. “Mi mamá sigue siendo mi artista favorita en la faz de la Tierra. Ese primer concierto junto a ella, sabiendo que confiaba en que yo estaba lista para presentarme a su lado, fue la mejor sensación de mi vida”.

A los 19 años, llegó su primer viaje fuera de Cuba, invitada como primer corno a la Cuban-European Youth Academy, para tocar en Alemania bajo la dirección de Thomas Hengelbrock. Tocaron el Réquiem alemán de Brahms, nada menos que en el Memorial del campo de concentración de Neuengamme. “Entrar en un lugar como ese, con esa energía tan densa presente años después de la guerra, es impresionante”.

Le pregunté si esa experiencia cambió su mirada sobre el oficio. Su respuesta fue rotunda: “No puedo decir que cambiara mi mirada. En todo caso, reafirmó mi opinión sobre la música. El arte, los artistas, somos arte y siempre será nuestro pilar de apoyo cuando todo parece derrumbarse”.

Hoy reside en Alicante, becada en la prestigiosa Brass Academy. Y aquí ocurre una de esas casualidades que pocos sospechan, y que, a los ojos de los artistas, resultan signos evidentes del buen camino. La academia está ubicada en la Avenida Ciudad de Matanzas, número 5. Cuando le pregunto si es poesía o coincidencia, sonríe —lo intuyo en el tono del mensaje—: “Cuando decidí hacer las audiciones para entrar, no me había percatado de esa graciosa broma del destino. No fue hasta saber que me habían admitido que noté la dirección. Supe en ese instante que no me había equivocado. Confío en las señales, y esa era bastante obvia”.

Y aunque hoy está enfocada en el estudio profundo de la trompa, se niega a ponerse etiquetas. “En Cuba tuve la suerte de hacerlo todo al mismo tiempo profesionalmente. Cantaba y tocaba la flauta en el grupo Aedas Música Antigua y la trompa en la Orquesta del Lyceum de La Habana, más otros cientos de proyectos varios”. Ahora, fuera de la Isla, está más centrada en su instrumento principal, pero advierte: “No dejaré de lado mis otras carreras. Es solo un puente hasta volver a encontrar el equilibrio haciendo todo lo que amo”.

Y en ese puente apareció el Festival de Música del Pacífico (PMF) de Sapporo, el cual no es un certamen cualquiera. Fundado por el legendario Leonard Bernstein, es uno de los laboratorios orquestales más exigentes del planeta, donde convergen las élites jóvenes de todo el mundo. Lia se enteró de la convocatoria gracias a su profesora Nury Guarnaschelli, una cornista de talla mayor que ha tocado con la Filarmónica de Berlín y la Scala de Milán. “Ella me animó a audicionar y me guio. Yo conocía el Festival por las redes y por amigos que habían estado, pero creo que nunca me hubiera animado de no haber sido por Nury”.

El proceso fue una audición en video, con el repertorio exigido por el festival, sometido al juicio de todos los profesores, músicos de las grandes orquestas del mundo. Cuando llegó la noticia de que había sido seleccionada, y no solo eso, sino que era la única representante de Cuba en la edición de 2026, la alegría la desbordó. ¿A quién le dijo primero? “A mi novio, mi mejor amiga y mi familia. Ellos son mi pilar. Este logro también era de ellos”. Luego, a su profesora y a sus amigos cercanos.

En su mensaje oficial como academy member del PMF, Lia escribió una frase que bien podría ser el lema de su generación. “Es siempre una alegre sorpresa ver que, sin importar nuestro país, cultura o religión, podemos convertirnos en uno a través de la música”.

Le pregunto qué llevó de Matanzas a Sapporo para lograr ese diálogo intercultural. Su respuesta fue una declaración de amor a nuestra tierra. Cita al matancerísimo Lázaro Horta: “Saber que soy un matancero, aunque me encuentre en otro lugar. No habrá distancia que me separe de mi ciudad”.

Esa canción, Ciudad en azules, es el fondo musical de su vida. “Uno se siente más cubano y más matancero cuando está lejos. Matanzas es música desde la Ciénaga de Zapata hasta Hicacos. Mi formación en Matanzas no me preparó para un diálogo intercultural, me preparó para que, pase lo que pase, siga amando la música. Me preparó para defender mi música con toda la mezcla que llevo dentro como buena cubana, y llevar esa mezcla a donde quiera que el mar me lleve”.

En el festival, no solo cosechó aplausos. Compartió atril y escenario con gigantes como Sarah Willis, Andrew Bain, Denis Bouriakov, Jonathan Kelly y Tamás Velenczei. Pero lo que más la marcó fue la energía colectiva. “Una orquesta en la que todos compartimos la misma energía al tocar. No importaron las diferencias culturales, religiosas o étnicas; solo importaba la música y disfrutar el momento”. Y añade una reflexión que revela su madurez artística: “Confirmé lo conectadas que están la calidad humana y la música. Saber que compartes escenario con seres tan maravillosos hace que cada nota sea aún más especial”.

Para terminar, le pido que elija la música que le gustaría que el mundo escuchara de ella. La pregunta la deja pensando, pero la respuesta llega clara y emotiva. Quiere que escuchen a Monteverdi, porque la forma en que su madre y sus hermanas ven la música antigua es algo muy especial para ella. Pero si hay una pieza que la defina, elige el Concierto No. 2 de Richard Strauss, y su explicación es pura poesía. “Lleno de movimiento, de color. Es un concierto en el que pasa mucho en muy poco, como contar la historia de la vida de alguien con música”.

Desde las alturas de esta ciudad matancera veo el Yumurí bajar hacia la bahía. Pienso en Lia, en su alcoba de Alicante, en la trompa descansando en su estuche, y en cómo aquella niña del coro Coralillo logró que el mundo escuchara, en un festival fundado por Bernstein, al otro lado del mundo, el sonido profundo y mestizo de esta tierra.

No hay distancia que separe a un matancero de su ciudad, dice la canción. Y Lia Marina Betancourt acaba de demostrarlo, con pocas notas, pero bien dichas.

Gabriel Torres Rodríguez/ Periódico Girón 

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