El cardenense José Francisco Rodríguez Pérez se destacó como médico y directivo en el Instituto Finlay.
El Instituto Finlay fue una institución médica cubana que se fundó por el Decreto Presidencial No. 1521 de 16 de enero de 1927, durante el gobierno de Gerardo Machado. Se concibió en homenaje a Carlos J. Finlay, para dar continuidad a los esfuerzos de la escuela de salubristas cubanos, entre los cuales había figurado los ya fallecidos doctores Juan Guiteras y Enrique Barnet. Estuvo adscrito a la Secretaría de Sanidad y Beneficencia y desde 1940 al Ministerio de Salubridad y Asistencia Social. Según una publicación oficial de 1943:
“El Instituto Finlay tiene a su cargo el Hospital de Infecciosos «Las Animas», con obligación de atender a todos los enfermos que le son remitidos por el Ministerio de Salubridad y Asistencia Social. Cuenta este organismo, con una Sección de Biblioteca, Prensa y Publicaciones Científicas; un Museo y la Escuela Sanitaria Nacional. Las labores principales del Instituto Finlay están encaminadas a realizar estudios de investigaciones científicas”.
Entre los médicos matanceros que laboraron en esta institución estuvo el cardenense José Francisco Rodríguez Pérez, quien se destacó como médico y directivo.
La vida de un médico
Nacido en Cárdenas el 4 de octubre de 1902, José Francisco Rodríguez, asistió a la primera y la segunda enseñanza en las Escuelas Pías de esta ciudad. En 1920 se graduó como Bachiller en Letras y Ciencias en el Instituto de Matanzas. Desde esos años, sobresalió por su dedicación al estudio y una inteligencia excepcional. De eso dan fe las brillantes notas y los premios que obtuvo.
Comenzó la carrera de medicina en la Universidad de La Habana, que cursó de forma brillante, y se graduó en 1926. Durante esa etapa se le designó, por concurso, alumno interno del Hospital «Nuestra Señora de las Mercedes» (1924-1925) y del Hospital «General Calixto García» (1925-1926). Fue alumno ayudante de la Cátedra de Patología Experimental entre 1925 y 1926.
José Francisco Rodríguez comenzó a trabajar como interno del Sanatorio Covadonga, perteneciente al Centro Asturiano de la Habana, donde permaneció hasta 1930. También se desempeñó, de 1927 a 1928, como ayudante de la Cátedra de Parasitología y Enfermedades Tropicales de la Facultad de Medicina. Tuvo una destacada participación en la huelga médica de 1932.
Tras estos hechos, fue fundador de la Clínica de la Asociación de Damas de la Covadonga. En este centro médico fue jefe de Internos (1932-1934) y médico cardiólogo hasta su fallecimiento. Integró varias sociedades científicas nacionales y extranjeras, viajó por distintos países en misiones oficiales. Fue secretario de redacción de la Revista de Medicina y Cirugía de la Habana. Se desempeñó como vicepresidente del consejo de dirección del Dispensario de Higiene Escolar, secretario de la Comisión de Enfermedades Infecciosas, vicesecretario de la Sociedad de Higiene y Medicina Tropical. Formó parte de la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana y de la Sociedad Cubana de Cardiología.
En el Instituto Finlay
Tras la reorganización a que fue sometido el Instituto Finlay en 1934, el doctor José Francisco Rodríguez pasó a trabajar a esta institución. En ella fue director de la Sección de Prensa y Publicaciones Científicas, Biblioteca y Museo, cargo que ocupó por varios años. Formó parte de su Consejo Técnico y fue secretario de la Comisión de Enfermedades Infecciosas del Ministerio de Salubridad y Asistencia Social. También ocupó la responsabilidad de subdirector del Hospital Las Animas, institución que formaba parte del Instituto Finlay.

La mayor parte de la obra escrita que publicó José Francisco Rodríguez se vinculó a su labor en el Instituto Finlay. Colaboró en revistas científicas como Vida Nueva, Revista Médica Cubana, Asclepios, Revista de Medicina y Cirugía de La Habana, Médica, Crónica Médico Quirúrgica, Archivos de la Sociedad de Estudios Clínicos de la Habana, Boletín de Sanidad y Beneficencia, Boletín de la Asociación de Damas de la Covadonga, Salubridad y Asistencia Social, Revista de Medicina Tropical y Parasitología, Medicina de Hoy, Niños, Horizontes Médicos, entre otras.
Trabajos de su autoría fueron reproducidos en The Journal of the American Medical Association, de los Estados Unidos, y las española Revista Médica Latina y La Clínica. También en Revista Médica Hondureña, Síntesis Médica, de Argentina y Archivos del Hospital Rosales, de El Salvador.
Publicó, entre 1940 y 1941, varios artículos científicos en la revista Carteles, dirigidos a la divulgación de aspectos relacionados con la situación sanitaria de la población cubana, en particular los niños y los campesinos. Entre ellos sobresalen “La erradicación de la gripe por la medicina preventiva”, “La difteria, azote de la niñez”, “El paludismo tragedia de nuestros campos”, “Nuevas rutas en el tratamiento del paludismo”, “La parálisis infantil”, “El tétanos temible y artero”, “Los peligros de la fiebre ondulante”, “La fiebre tifoidea implacable del hombre” y “La viruela siempre en acecho”.
Estos trabajos destacan el compromiso social de José Francisco Rodríguez y sus esfuerzos por elevar la salud del pueblo cubano. Un ejemplo es “El parasitismo intestinal mina a la población cubana”, que apareció en Carteles el 17 de agosto de 1941. A modo de denuncia, escribió en este caso:
“La frecuencia del parasitismo intestinal por vermes o gusanos en nuestro medio es alarmante, especialmente en las poblaciones rurales”. (…) “Conocida la importancia fundamental que representan las materias fecales como fuente de contaminación del parasitismo intestinal, no ha de sorprender la gran generalización del parasitismo en la República, con caracteres de manifiesta gravedad en las zonas rurales, extensas comarcas donde nuestros campesinos viven sin las menores condiciones de higiene”.
En relación con este mal, José Francisco Rodríguez mencionó los parásitos más comunes en Cuba y sus modos de infestación a partir de los ciclos de vida de cada especie. Además, esbozó las principales medidas a tener en cuenta para evitar esa dolencia. De modo general destacó lo siguiente:
“Frente a un problema de tanta gravedad, es preciso que todos pongamos nuestro grano de arena para luchar contra el parasitismo con todos los elementos que podamos movilizar; pero para obtener éxito en esta lucha se hace necesario poseer un conocimiento claro sobre los medios a nuestra disposición, lo que quiere decir que debemos conocer en todos sus aspectos los métodos de controlar y dominar definitivamente un mal que perturba de manera tan profunda el saludable desarrollo de nuestro pueblo”.
La injusta muerte
José Francisco Rodríguez falleció en La Habana, víctima de un infarto cardíaco, el 4 de septiembre de 1958. Le faltaba un mes para cumplir 56 años. Fue una gran injusticia de la vida, porque al momento de ocurrir ese hecho, estaba inmerso en la preparación de la boda de su única hija. Incluso, ya habían sido repartidas las invitaciones.
Uno de sus colegas, el Dr. Guillermo Lage, describió la serenidad con que José Francisco Rodríguez afrontó su propia muerte:
“A las cuatro de la tarde (…), tras un ligero dolor al que restó importancia, hubo de manifestar un cuadro que él mismo diagnosticó clínica y electrocardiográficamente. El último diagnóstico de nuestro eminente cardiólogo se confirmó: desgraciadamente lo hizo en su propio corazón. Con entereza de alma y con elevado espíritu cristiano, antes de las 24 horas de evolución pronosticó Rodríguez Pérez el curso de su enfermedad, y su próximo desenlace, al darse cuenta del edema pulmonar que pocas horas después, junto a su esposa y a su hija, sus amores, segaba el 5 de septiembre la vida de nuestro inolvidable amigo”.
Además, sobre su colega inolvidable, agregó:
“En lo cimero de una vida intelectual y física, cuando nada hacía presagiarla, la muerte le sorprende en el umbral de su felicidad paternal. Dotado de atrayente personalidad, de inteligencia clara y cultivada; trabajador infatigable; amante como pocos de su familia y de los suyos; amigo fiel y médico devoto, ha dejado José F. Rodríguez Pérez entre los que fuimos sus compañeros y entre cuantos le trataron, un recuerdo amable, afectuoso, indeleble de su hombría de bien. La vida sencilla de Rodríguez Pérez, y su muerte, fue la vida y la muerte de un médico…”.

