Pocos cantautores han escrito versos más bellamente revolucionarios y estrofas tan subversivamente tiernas como Silvio Rodríguez. Este martes, el eterno trovador cubano, de regreso a Barcelona una década después de su último concierto en la capital catalana, demostró en el Liceu por qué es uno de los tótems de la canción.

Así, sin mediar palabra, la cita comenzó con Historia de las sillas, pieza a la que siguieron las líneas que el revolucionario cubano José Martí escribió en el ensayo Maestros ambulantes, dulce preámbulo a Ala de colibrí, incisión iniciática en un cancionero en el que el anhelo de libertad siempre converge con la delicadeza.

En esas mismas coordenadas conviven Noches sin fin y mar, improvisada por un imperceptible problema técnico, o Sueño con serpientes, primer corte de la velada cantado en dúo con los casi 2.300 fieles que abarrotaban el Liceu.

El público, algo distante de la demografía burguesa que habitualmente habita el teatro, no dejó de aprovechar los silencios para lanzar consignas como “¡Cuba sí, yankees no!” o “¡Viva Cuba, viva Fidel!”, en contraste con los eslóganes con los que media docena de manifestantes anticastristas recibieron a los asistentes en La Rambla.

 

No sorprendió a nadie, porque el activismo revolucionario de Silvio Rodríguez (San Antonio de los Baños, Cuba, 1946) es una arista más de una personalidad tan amable como políticamente decidida.

De hecho, el músico fue noticia el pasado marzo, cuando recibió de manos del ministro de las Fuerzas Armadas de Cuba, Álvaro López Miera, el fusil Kaláshnikov que exigió en su blog para defender la isla si era atacada por los Estados Unidos.

Por contra, en el Liceu, empuñando su guitarra y flanqueado por un tres cubano, un piano, una guitarra, un teclado –a cargo de su hija Malva–, un clarinete, una batería y un contrabajo, Rodríguez encadenó Virgen de occidente, que verá la luz en su próximo álbum; Viene la cosa, de su reciente Quería saber (2024) y La bondad y su reverso, todo bajo el manto jazzero que imponía la banda.

 

En un tramo marcado por sus trabajos más cercanos, también tuvieron su hueco En cuál de esos planetas y Más porvenir, dedicada a su amigo Pepe Mujica, expresidente de Uruguay.

Pero no todo iba a ir de novedades. Me acosa el Carapálida devolvió Barcelona al 1984 en que salió Tríptico (Volumen tres); y ¿A dónde van?, presentada en solemne soledad, recogió el Mujeres de 1978; mientras que en un aparte, acompañado únicamente de la flauta de Niurka González y el piano de Malva Rodríguez, el cubano invocó a Luís Eduardo Aute a través de La belleza, que levantó gritos de revolución en platea y palcos.

 

Con la tríada formada por Eva, Quién fuera y Escaramujo, el Liceu se animó, coros y vítores mediante, en un repecho que ya funcionó como llano por el que fluyeron sin resistencia Pequeña serenata diurna y Canción de elegido, antes de que el trovador tuviera un recuerdo para el pueblo palestino recitando el poema Halt! de Luis Rogelio Nogueras y entonara La era está pariendo un corazón y El necio envuelto en una kufiya.

Sin hacerse de rogar, el bis rompió desde el primer tema, porque Ojalá arrancó con un suspiro a la altura de la canción, su leyenda y ese “disparo de nieve” –o de Nievi, que cada cual escoja su versión–, antes de cerrar el Gran Teatre del Liceu con Por quien merece amor, última punzada en Barcelona, primera parada de una gira española que llevará al cubano por Zaragoza, Bilbao, València, A Coruña, Sevilla, Murcia y Madrid.

Dejando fuera himnos como Unicornio, Rabo de nube, Te doy una canción u Óleo de mujer con sombrero –estas tres últimas fueron cantadas en catalán por Joan Isaac y Sílvia Comes como aperitivo–, Silvio Rodríguez se despidió del teatro entre una larguísima ovación, mientras observaba, metido debajo de una gorra en la que se leía Aprendiz, cómo ondeaban banderas cubanas, esteladas y retratos del Che. (ALH)

Juan Miguel Morales López/Cubadebate

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