Cuando el paciente y el científico habitan el mismo cuerpo, la medicina adquiere una dimensión distinta. Yamila Adams Villalón es médico, especialista en Inmunohematología y, desde hace más de 40 años, paciente del propio instituto donde trabaja. Diagnosticada a los 18 meses con drepanocitosis (hemoglobinopatía SC), conoce desde la infancia el rigor de las crisis dolorosas, las largas hospitalizaciones y la fragilidad de un cuerpo que, sin embargo, no ha sido obstáculo para convertirse en referente científico y humano.
Ser paciente y médico a la vez no ha sido sencillo. «La gente que sabe de mí aquí sabe que poco hablo de eso», confiesa con la modestia de quien prefiere centrarse en los demás. Pero cuando lo hace, el peso de la memoria y la gratitud se hacen presentes. «Sí, le debo al Instituto la vida en mucho sentido. Desde el año y medio de vida estoy en los caminos del Instituto de Hematología por el diagnóstico de una drepanocitosis, una hemoglobinopatía SC», recuerda. Y menciona con cariño a la profesora Olga García, quien desde las instalaciones en ese entonces del Instituto en el Hospital William Soler la acompañó en el diagnóstico y seguimiento «hasta su prácticamente jubilación», y que hoy celebra con alegría que Yamila esté «con mucha actividad».
Pero ese camino no fue fácil. «Eran las crisis con mucha frecuencia. Estamos hablando cada 15 días, crisis dolorosas, articulares, con inflamación, con impotencia de la articulación que fuese», relata. Describe la tensión constante de «estar con mucho empeño en el aula o en la escuela, haciendo actividades habituales, y hacer la resistencia —por decirlo de algún modo— de que me estoy sintiendo mal para no estar ahí, y empeorar después y estar 10, 15 días en hospitalización». Esa fue su vida cotidiana durante años: «Estar un tiempo en la escuela, en la casa, en el barrio, viviendo lo más a tope que podía, y después una semana, 15 días en el hospital para tratar de evitar las complicaciones «. Habla de dolores articulares, infecciones, lesiones a diferentes niveles, todo ocasionado por la oclusión de vasos sanguíneos que caracteriza la enfermedad».
Esa experiencia forjó su carácter y también el de su familia. «Eso hizo que —dice— nos creciéramos como familia y se generara toda una dinámica para que yo no perdiera clases, para que me mantuviese activa, productiva, optimista». Y subraya el papel fundamental del Instituto en ese proceso: «Eso fue acompañado ineludiblemente por el Instituto de Hematología».
Con el tiempo, el avance de las nuevas terapéuticas y el aprendizaje de vivir con la enfermedad le han permitido «hacer el día a día no solo de a por qué sí, sino con un poco más de confort y salud». Esos elementos, afirma, han sido «determinantes para rasgos de perseverancia, de determinación, de positivismo, pero también de saber que en un momento determinado nos iremos, y que tenemos que hacer todos los días lo mejor posible por los otros, por la vida, por dejar una impronta de optimismo, de determinación, que yo creo que marca mucho ese periodo».
Esa vivencia personal le ha dado a Yamila una empatía excepcional con sus pacientes. Sabe lo que duele una crisis vasooclusiva, lo que significa perder semanas de clases o estar postrado en una cama. Por eso, su trato con los pacientes es profundamente humano, y su compromiso, inquebrantable. «No tengo el derecho de detenerme», dice, y esa convicción la lleva a seguir cuidando incluso a sus vecinos del barrio, donde sigue siendo la médico de familia de toda la vida.
Tras graduarse con honores y título de oro en la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana, Yamila no solo superó las limitaciones clínicas que pudieron haber frenado sus sueños, sino que las convirtió en impulso. Fue médico internacionalista en una comunidad indígena de Guatemala durante 27 meses. Allí vivió el impacto de la tormenta tropical Stan, que en octubre de 2005 causó estragos en Centroamérica y dejó más de 650 muertos solo en Guatemala. Sirvió como puntal de la primera misión de la Brigada Henry Reeve, asistiendo a las comunidades más afectadas. Luego, de regreso a Cuba, se especializó en Inmunología y se dedica a la Inmunohematología, encontrando su pasión en el diagnóstico y seguimiento de enfermedades hemolíticas perinatales, aloinmunizaciones y trombocitopenias inmunes.
Hoy, hoy desde su puesto en el departamento de Inmunohematología del Instituto, ha logrado hitos como el diagnóstico por citometría de flujo de la trombocitopenia neonatal aloinmune en las primeras 72 horas de vida, una entidad que antes pasaba inadvertidamente o se diagnosticaba por exclusión. Su trabajo ha permitido reorientar tratamientos y salvar vidas.
Pero para Yamila, la ciencia no es solo números y protocolos; es, también, historias de vida. Relata con especial emoción el caso de una niña que llegó al instituto con apenas un año, diagnosticada con una inmunodeficiencia celular compleja. «Hoy la niña tiene 16 años y ya la he atendido durante todo ese periodo de tiempo. Ha logrado una vida funcional, estable, activa, y está en escuela de deporte», cuenta. Los primeros años, admite, fueron muy complejos, «porque las cifras eran bien alarmantes para el desarrollo de una inmunidad normal». Y entonces llegó la hermana, que también heredó componentes asociados a una inmunodeficiencia celular y hoy presenta manifestaciones más floridas, que son las que con más intencionalidad están tratando. «Así nos pasa con frecuencia —explica—: vamos desde el diagnóstico clínico y el acompañamiento, y en casos no escasos comparten patologías que incluyen el diagnóstico inmunohematológico que aquí hacemos. Ha habido una comunión entre el área clínica y los aspectos que estudiamos desde el laboratorio. Eso es gratificante porque sabemos que el trabajo que se hace día a día en todas las esferas está aportando a la salud de la gente».
La gratificación se extiende también al trabajo con embarazadas. «Aquí se cierra el ciclo —señala— porque hacemos diagnóstico inmunohematológico, por ejemplo, de la inmunización materna contra plaquetas en gestantes con trombocitemia, y se acompaña el proceso de la maternidad para evitar que esa inmunización o elementos asociados a la enfermedad de base impidan un feliz término». Además, el laboratorio estudia y da seguimiento a las gestantes aloinmunizadas con RhD o con riesgo de enfermedad hemolítica del recién nacido y se establecen protocolos terapéuticos para su prevención.
En 2026, el Instituto de Hematología e Inmunología cumple seis décadas siendo un faro de esperanza para pacientes con enfermedades crónicas y complejas. Yamila lo define como «una casa», no solo para el diagnóstico y tratamiento, sino como un espacio de acompañamiento vital. «Cuando el seguimiento de un paciente lo haces por 20 o 30 años, es poco probable que no te conviertas en familia», afirma. Y lo dice también desde su propia historia: «Están los momentos claves cuando se repasa la historia del Instituto de Hematología; yo lo veo como lo veía de niña».
Este Instituto ha sido testigo de momentos históricos, como la atención a los niños de Chernóbil en la sala del sexto piso del Hospital William Soler, y ha sabido mantener su excelencia profesional a pesar de las limitaciones materiales que impone el bloqueo económico. Para Yamila, el principal desafío no es la falta de voluntad o capacidad del personal, sino la carencia de recursos tecnológicos y medicamentos de última generación, que obliga a buscar alternativas creativas y mantener viva la ciencia cubana.
Su mayor lección es que la felicidad se construye en el presente, sirviendo al otro. En un contexto de carencias, Yamila insiste en que el amor, la esperanza y la determinación son herramientas tan necesarias como cualquier fármaco.
El Instituto de Hematología e Inmunología no solo celebra su aniversario; celebra la vida de quienes, como Yamila Adams, han hecho de la ciencia un acto de resistencia y amor. En sus pasillos conviven el dolor y la esperanza, la investigación y el cuidado, la historia y el futuro. Médicos como ella son la prueba de que, aun en condiciones adversas, la medicina cubana sigue siendo un ejemplo de vocación, inteligencia y humanismo.
«Hay que echar la pelea. Y si es un reto, por algo nos lo han puesto. Así que hay que asumirlo y seguir haciendo ciencia.»
Fotos : archivo de Yamila Adams y Naturaleza Secreta
Tomado de Armando Rodríguez Batista, Ministro de Ciencia Tecnología y Medio Ambiente
