Cuando el telón respira: cartografía de una infancia
El aire en el estudio de TV Yumurí se vuelve denso. Las memorias huelen a salitre y madera vieja de escenario. Inicia un viaje en el tiempo. Vuelan las palabras porque en el teatro radica la artesanía del intérprete. Frente a ellas, Mercedes: la artesana mayor, la mujer que ha tallado su existencia desde el corazón de Matanzas.
Hablar de Mercedes Fernández Pardo es visualizar una generación que consolida el teatro cubano posterior a los años setenta, cuando las instituciones culturales recién fundadas definían un nuevo mapa escénico en el país. Su nombre se vincula a la actuación, a la formación, la gestión cultural y la defensa de la identidad teatral de la Atenas de Cuba.
“Mechi”, como muchos le conocen, nace un 22 de junio de 1958, bajo el signo de la perseverancia. Hija de Armando y de la inolvidable «Lala», Mercedes crece como el último brote de un árbol familiar robusto. Su origen es una metáfora de la Cuba trabajadora: un padre chofer y una madre cuyas manos eran agujas mágicas.
“¿Mis padres?… mi mamá era costurera; de alta costura. Cosía espectacularmente bien, le fascinaba diseñar vestuarios. Y mi papá era chofer repartidor de galletas y pan, aunque realizó muchos oficios durante su vida. Ambos quedaron huérfanos a muy temprana edad y se vieron obligados a trabajar”, rememora la artista. Mercedes era la menor de cuatro hermanos, con una diferencia de dieciséis años respecto al más cercano. Además de su padre, tuvo tres faros más, que guían sus primeros pasos inquietos.
“Soy la única de mis hermanos que me inclino hacia el mundo de la cultura y el arte profesionalmente. El hermano que yo sigo estudió Medicina y en los cinco años de la carrera fue el director de la comparsa de la Universidad de La Habana. Él disfrutaba muchísimo bailar. Después que se graduó, fue durante muchos años jefe del servicio de gastroenterología en la Habana, pero siempre se vinculó al arte. En sus tiempos libres trabajaba en el Teatro Martí con artistas famosos de su generación, y por mucho tiempo laboró en cabaret. Él disfrutaba mucho bailar.”
Esa raíz humilde de la familia de Mercedes no fue un obstáculo; fue una escuela ética. La disciplina del trabajo cotidiano, el respeto por el oficio y la dignidad obrera marcaron el carácter de quien años más tarde dirigiría procesos culturales complejos, sin perder la sencillez del barrio.
ISA: La Revolución de un Sueño
Los ojos de la mujer, que disfruta más de seis almanaques, brillan. Su rostro apacible se muestra eternamente joven, como aquellos años donde tejía una vida sobre las tablas, esa misma vida que aún late sobre sus calendarios. De esa sencillez brota la aristocracia del espíritu que la lleva, casi por un guiño del destino, a las puertas del Instituto Superior de Arte (ISA).
El ISA, fundado en 1976 sobre los terrenos de las antiguas escuelas de Cubanacán, representa una revolución pedagógica para las artes en Cuba. No era solo una escuela: era un laboratorio estético. Allí confluyeron profesores cubanos y soviéticos, métodos de Stanislavski y búsquedas latinoamericanas, rigor académico y efervescencia política.
Entrar al Instituto no era un plan calculado, sino una explosión de alegría juvenil. Mercedes y un grupo de jóvenes matanceros se presentaron a las pruebas para «divertirse». Sí, como quien se lanza a un río sin saber nadar, pero con la certeza de que el agua le pertenece. En breve, esa diversión se convierte en motivación orgánica; en vida.
“Cursábamos duodécimo grado en el Instituto Preuniversitario “26 de Julio”, en el municipio Jagüey Grande. De buenas a primeras, nos informan que un grupo de profesores del Instituto Superior de Arte, estaban seleccionando jóvenes que tuvieran condiciones y dotes artísticas. Mi grupo, que era un grupo complicado se propuso conquistar aquel sueño: «¡Vamos a divertirnos! Vamos a hacer las pruebas». Y como una diversión entramos y nos divertimos tanto, que lo hicimos tan orgánico, que nos aprobaron a casi todos. De ahí salió Nanci González del Pino, René Monney, Adrián Morales, Cristóbal González… bueno, varios de Matanzas.
Cuando llegamos el ISA había un grupo en grado 12, que estudiaba en la Escuela Nacional de Arte. Ellos también integraron aquella nómina. Estaba Francisco Rodríguez “Pancho”, Armando Tomey, Leopoldo Morales, Nelson González y muchos otros artistas que aún enaltecen la escena del teatro cubano”.
Cuando Mercedes recuerda aquellos años, no habla únicamente de formación técnica, habla de comunidad. Entre sus contemporáneos (compañeros de estudio y profesores) figuraban artistas que luego serían referentes del teatro y la televisión cubana, como Mario Balmaseda y Raúl Eguren como maestros; y compañeros de promoción, quienes consolidarían una generación sólida y diversa.
Allí se gesta una cofradía, la que Mercedes define como una familia eterna. Eran tiempos de cinemateca y teatro diario, pero también de rebeldía. Cuenta la matancera que cuando en tercer año se quedaron sin maestros, no esperaron el naufragio; se convirtieron en sus propios capitanes.
“Decían que nos iban a hacer repetir el tercer año, sin tener nosotros la culpa. Dijimos, qué va. Buscamos los planes de estudio. Sabíamos qué era lo que teníamos que exigir y formamos equipos. Cada cual montó su escena. Aquello fue histórico en el Instituto Superior de Arte. En quinto año tampoco teníamos maestros ni para graduarnos. Pero hicimos lo mismo: buscamos los textos con los cuáles nos graduaríamos. Al final decidimos montar Aire frío de Virgilio Piñera, que en aquel momento estaba censurado.
A nosotros nos encantaba terminar de ensayar y de estudiar e irnos para los teatros. A cada rato salíamos para los ensayos con Flora y Albio Paz, que era el director de un grupo de teatro, pero también un gran amigo de nosotros.
Así se adentra en sus recuerdos la matancera, que aún se mantiene firme sobre las tablas. En aquellos años tras el suceso montaron sus escenas, se evaluaron entre sí y desafiaron al sistema con la insolencia de quienes saben que el arte no pide permiso. Fue en esa fragua donde Mercedes se consolida como una «guapita del teatro», una mujer que no teme al conflicto porque sabe que de la colisión nace la luz.
De La Habana a Matanzas:
A finales de los años setenta, cuando el país redefinía sus políticas culturales y las provincias consolidaban sus instituciones artísticas, aquel grupo de jóvenes egresados del Instituto Superior de Arte regresa a Matanzas. Su misión era hacer teatro lejos de la capital. Retornan con una maleta llena de sueños y proyectos.
Mercedes no vuelve sola. El regreso fue estratégico, casi militante. Había que sembrar en la provincia un teatro contemporáneo, dialogante, comprometido con su gente. Se trataba de construir una estética con acento propio, con olor a río, a mar, piedra y hierro de cada Puente. Matanzas los recibe como se esperan las quimeras: con dudas y expectación. Pero también con una tradición cultural que demandaba continuidad.
No fue una llegada individual; fue un pacto. Aquella decisión de realizar el servicio social en Matanzas, con el apoyo de figuras culturales de la provincia, consolida algo más que un grupo artístico: fortalece una ética de permanencia. Mientras otros jóvenes sueñan con escenarios capitalinos, ellos eligen el desafío provincial. La elección habla del carácter de Mercedes: liderazgo sin estridencias, convicción sin discurso grandilocuente.
El grupo se instala con precariedades materiales, pero con una abundancia espiritual innegable. Ensayos en espacios improvisados, debates interminables, discusiones estéticas se extienden hasta la madrugada. El teatro comienza a ser no solo profesión, sino destino compartido.
El Mirón: las calles como teatro
Mercedes entiende que volver es más difícil que partir. Regresar implica demostrar que la formación recibida, no es un lujo académico, sino una herramienta para transformar la realidad cultural local. Cuando sus pasos transitan nuevamente por la ciudad, Matanzas tiene una memoria teatral sólida. El majestuoso Teatro Sauto destaca como símbolo cultural del siglo XIX y parece recordarles que allí, el arte encuentra raíces. Sin embargo, el desafío era otro: llevar el teatro más allá del coliseo, a los barrios. Esa mirada sería, poco después, el germen de Teatro El Mirón Cubano.
El grupo además que un colectivo artístico; devenía un manifiesto. Inspirado en las tradiciones populares, en el teatro callejero latinoamericano y en experiencias como las de La Candelaria, convertimos la ciudad en escenario. El nombre viene precisamente de esa idea de observar nuestra realidad, de ser mirones de lo que pasa en la calle, en la vida cotidiana del cubano, y llevar eso a la escena. Fue una etapa de mucha experimentación, de salir de las salas convencionales de teatro y meternos en las comunidades, en los barrios.” Sí, claro hablamos de un teatro que no espera a que el público venga, sino que va a buscar al público.
«Bajo la dirección general de Nancy González del Pino Ortiz, Albio Paz consolida la estética del teatro callejero. El 10 de enero de 1984, con la apertura de la sala como sala Milanés en aquel entonces, el Conjunto Dramático de Matanzas cambia su nombre (se llamó así un buen tiempo hasta que el Ministerio de Cultura se dio cuenta que existían dos teatros con el mismo nombre. Nos informaron que tendríamos que cambiar el nombre por lo que decidimos dejarle el nombre del grupo.
«Un día Esteban Lazo nos pide que realicemos un espectáculo con la problemática de los centrales azucareros de Matanzas. Nosotros analizamos si podíamos enfrentar esa tarea. Éramos actores, habíamos incursionado en la dirección con éxito, pero no teníamos el conocimiento, ni la experiencia de investigación, ni dramatúrgica que necesitábamos para enfrentarlo. Me encargan la misión de buscar a la persona que reuniera todas esas cualidades y comenzamos la búsqueda. Visité teatro «Escambray». Ellos tenían algunas dificultades en ese momento y no podían ayudarnos. Entonces, fui a ver a Flora Lauten; ella había iniciado las clases con un nuevo grupo en el ISA y no podía dejarlo. Hasta que se me iluminó la mente y pensé en Albio. Él era la otra persona en que confiábamos por su experiencia en Escambray y otras agrupaciones. Paz, llega a Matanzas a «El Mirón Cubano» en septiembre de 1985. En ese escenario florece su obra.
El encuentro con Albio Paz define el rumbo a seguir. Albio trae consigo una concepción del teatro como herramienta de indagación social, influida por experiencias latinoamericanas. La escena debe salir al encuentro del pueblo. Así, el arribo a Matanzas no fue el punto final de una etapa estudiantil, sino el inicio de una estética que rompe con la frontalidad convencional. La misión era una: hacer respirar el teatro en plazas, en parques, en cada esquina. Actuar en parques y plazas implica desmontar jerarquías. El teatro deja de ser un ritual elitista y se convierte en acto comunitario. En esa dinámica, Mercedes no solo actúa: aprende a dialogar con la calle, con el pregón, con la interrupción como recurso dramatúrgico.
“Eso lo más gratificante que me ha pasado en la vida. El público de la comunidad es el más honesto; si les gusta, se quedan y participan, y si no les gusta, simplemente se van. Aprendimos a manejar los ruidos de la calle, los pregones, los niños corriendo… todo eso pasaba a formar parte de la obra. El Mirón se convirtió en un referente del teatro callejero en Cuba porque no solo hacíamos teatro, sino que creábamos un diálogo con la gente.
Matanzas no fue solo escenario: fue personaje. Los barrios, trabajadores, los ancianos sentados en los portales, los niños curiosos frente a los ensayos callejeros… todos eran parte de la dramaturgia cotidiana del grupo. Para Mercedes, el regreso significa reconciliar infancia y vocación. Actuar frente a vecinos, que la habían visto crecer, era un desafío distinto.
Guardiana de la llama: gestión y memoria
Durante más de 25 años al frente del Consejo Provincial de las Artes Escénicas, Mercedes asume otra forma de protagonismo. La creación de la Casa de la Memoria Escénica y la consolidación de infraestructuras teatrales en Matanzas le ocupa tiempo. Su gestión administrativa responde a una visión estratégica: preservar la memoria y garantizar el relevo. Aunque la responsabilidad la aleja un poco de las tablas, su rol se gesta y enaltece talento matancero.
“En los años 90 se constituyen los Consejos y Centros Provinciales de las Artes Escénicas y fue otro motivo para romper montañas. Para poder desarrollarnos, no solamente El Mirón, las artes escénicas de Matanzas, teníamos que crear una infraestructura teatral que permitiera ese desarrollo. Entre los objetivos estaban crear centros como la Casa de la Memoria Escénica, y así se hizo.
“Fue difícil, no te voy a mentir. A veces me sentaba en una reunión de presupuesto y quería estar en los ensayos, pero entendí que desde esa posición podía ayudar a los artistas. Mi prioridad era la defensa de la calidad artística y proteger a los grupos, que no les faltara el apoyo institucional. Matanzas tiene una tradición teatral inmensa y debía asegurar que esa llama no se apagara” refiere con pasión Mercedes Fernández.

El amor sobre las tablas
En cada presentación teatral, susurra río San Juan entre las tablas del teatro, mientras Mercedes Fernández Pardo y Francisco Rodríguez (Pancho) se encuentran como destellos. En las plazas de Matanzas, donde los adoquines guardan aún el paso de los sueños, ambos descubren la magia del teatro callejero.
Él, con su risa franca y su voz que brota de las olas; ella, con una mirada que aún, a sus años, conserva la intensidad de la juventud. Juntos, construyen un amor entre bastidores, en cada escena compartida, en cada aplauso. Él se va con las estrellas, ella camina aún entre las luces del teatro, llevando su nombre como un faro.
“Nos conocimos en el instituto preuniversitario José Luis Dubrock, pero no teníamos esa relación tan cercana. Él se fue para La Habana a estudiar en la ENA y nos encontramos en el ISA. Nos hicimos novios casualmente el Día de la Cultura Cubana, el 20 de octubre de 1976 en La Habana. Nos casamos el 2 de julio del 1977 y nuestro amor durará para toda la vida.

De ese amor que florece entre las tablas y las luces del teatro, nacen Rocío y Erick. Rocío, con la pasión ardiente de su arte, encuentra en la dirección teatral su vocación, guiando a otros con la misma fuerza que heredó de su madre; Erick, con la gracia de su cuerpo en movimiento, construye su propio lenguaje en la danza. En cada aplauso, en cada escenario, resuenan sus nombres como un eco vivo de aquel amor infinito.
“Nosotros teníamos la suerte de vivir con mi mamá y nos ayudaba con los niños. Yo tenía la vida más complicada que Pancho, por mis responsabilidades. Mi vida entre El Mirón y dirigir Artes Escénicas fue una época de mucho hacer, de mucha construcción de todo, fueron unos años duros. Nosotros vivíamos para el teatro, vivimos para el teatro, seguimos viviendo para el teatro. Esa es la razón de ser de Mercedes y de Pancho. Lo hacíamos con mucho amor y lo disfrutamos muchísimo. Hoy la ausencia física de Francisco me golpea, asiente en medio del dolor Mercedes.
Cuando le preguntan de Cuba responde sin estridencias “Es mi raíz, es mi país, es mi todo. No me veo en otro lugar que no sea aquí, trabajando. Matanzas es la ciudad que me vio nacer, la ciudad que amo, la ciudad de los ríos y los puentes, pero sobre todo la ciudad del teatro.
Así habla la cubana, la matancera que disfruta la comida criolla pero especialmente un buen plato de arroz con pollo como lo hacía su mamá Lala. Mientras descansa en casa suena la música cubana, la trova, música clásica y el jazz. Su inspiración llega hasta el Valle del Yumurí, allí encuentra la paz que necesita para crear, para hacer teatro.
“El teatro es mi vida. Es la manera que encontré de comunicarme con el mundo, de expresar mis sentimientos, mis miedos y mis alegrías. Sin el teatro, no sería quien soy hoy, asevera”
Cuando Mercedes afirma que “El teatro es la vida”, no se trata de una frase hecha. Es la síntesis de una existencia donde la escena fue familia, conflicto, gestión, maternidad y patria. Matanzas, encuentra en Mercedes Fernández Pardo una guardiana. Su trayectoria se inscribe en la historia viva del teatro cubano contemporáneo. Y si el teatro es la artesanía del intérprete, entonces Mercedes no solo ha sido artesana: ha sido también arquitecta de una tradición, de la cultura teatral cubana. Ante cada paso, a sus pies, la ciudad se vuelve escena.
