Hay días en que el béisbol cubano debería detenerse sólo para agradecer. Este 20 de febrero, Víctor Mesa sopla las velas en medio de un estadio imaginario donde las gradas siempre están llenas, divididas entre quienes le rezan y quienes le reclaman.
Su vida ha sido una perenne línea de foul. Siempre al borde, siempre peligrosa, siempre electrizante. Hoy, mientras el calendario le suma un año al hombre de Sitiecito, la isla le recuerda que hubo un timpo en que podía paralizar el juego con solo ajustarse los spikes.
El vínculo con Matanzas merece escribirse con tinta indeleble. Cuando llegó a los Cocodrilos, trajo bajo el brazo una promesa de resurrección para una afición que había olvidado el sabor de los play offs. Durante seis temporadas, Víctor no dirigió un equipo, sino que hipnotizó a toda una provincia. Llevó a los yumurinos de vuelta a las finales, y aunque el título se negó en llegar, su huella quedó tan honda que, cuando Matanzas por fin fue campeón, los jugadores alzaron la copa mirando al cielo y mencionando su nombre.
Pero Víctor no sería el mito que es sin esa extraña química que despierta. Quien lo vio jugar sabe que no solo robaba bases; le robaba el aliento al estadio, con esa mezcla de arlequín trágico y poeta del diamante. La afición iba a verlo para amarlo o para odiarlo, y a menudo, para hacer las dos cosas en un mismo turno al bate. Esa dualidad explotó con los años, sobre todo desde el dogout, donde sus excesos le granjearon tanto el aplauso cerrado como la condena sin apelación.
Víctor Mesa es un prisma. Según la luz que le de el sol, muestra un color distinto. Para los puritanos del béisbol, esos que creen que el juego debe ser silencioso y reglamentado, Víctor es la encarnación del caos, capaz de patear la goma y escupirle al destino. Para los románticos, en cambio, es el último mohicano de una estirpe que juega con los puños y la víscera, ese que convierte una base estafada en un verso de velocidad y osadía. Su pecado original no ha sido ganar o perder, sino mostrarse sin caretas. En un país de medias tintas, él siempre fue un exabrupto a color. Y eso, para la feligresía, es motivo suficiente para santificarlo o lapidarlo en cruz.
En su onomástico, el béisbol quizás es un poco más gris sin su figura correteando por el jardín central o en medio de discusiones arbitrales. Sus hijos aún llevan el apellido en terrenos beisboleros, pero el original, el que jugó con el 32 a la espalda y el alma en una mano, sigue siendo irrepetible. Mientras sus detractores le recuerdan las finales perdidas y sus arranques de genio, los que le aman cierran los ojos y lo ven, centella naranja, robándose el home una vez más. El show, afortunadamente, no ha hecho más que continuar.
