“La felicidad no es una estación a donde se llega, sino un modo de viajar en la vida. De cada cual depende cuán ligero será el equipaje y la ruta del recorrido…”, me dice una amiga cercana cuando le comento sobre el rumbo a seguir para arribar a la felicidad, quizá el mayor anhelo de la humanidad.
He ahí una definición que invita a reflexionar “sin que duelan las neuronas”.
Para el doctor David Niven, autor de un enjundioso tratado sobre la Felicidad, alcanzar ese estadío humano podría ser más fácil de lo que se imagina. Él afirma que acciones tan sencillas como sonreír, creer en uno mismo, tener propósitos y metas, ejercitarse física y mentalmente, y hasta comer fruta pueden marcar gran diferencia en la calidad individual de vida.
Luego, buena calidad de vida sería algo cercano a la felicidad.
Consecuentemente, para disfrutar de felicidad no habría que esperar a que acontezca algún suceso extraordinario en la vida personal, es menester disponerse a ser feliz desde el instante mismo en que uno se plantee la necesidad serlo y trace un plan, no para llegar a la felicidad, sino para viajar siempre con ella, y esto puede suceder a partir de ahora mismo.
¿Qué se requiere? El consenso entre sicólogos es categórico en limitar las horas frente al receptor de televisión, ese aparato moderno que distrae al individuo, pero también lo abruma y lo secuestra, impidiéndole interactuar con su entorno vivo, conversar, leer, salir al exterior, disfrutar del sol, del mar, de las estrellas y del contacto directo con otras personas: vivir.
Otro paso adelante en el sendero que transitamos con felicidad es mirarse al espejo y aceptarse tal y como uno es, física y emocionalmente.
No quiere decir que no se practique la autocrítica constructiva consigo mismo para tratar de corregir defectos visibles, sino que uno debe tener expectativas reales y no pretender equipararse estéticamente con la estrella de cine de moda, o que su cerebro emule con el del ganador del Nóbel de Física, ¿acaso se sabe si ellos son felices?
Alerto: No es una recomendación a la mediocridad, sino a la sinceridad consigo mismo y, sobre todo, a la racionalidad de las metas. Estas pueden irse elevando progresivamente, como hacen los saltadores de altura después de un período de entrenamiento, sin pretender romper el récord olímpico de la noche a la mañana.
¿Secretos? No hay tales, pero sí recomendaciones válidas: cultivar amistades, revivir relaciones del pasado, aprovechar cada oportunidad para conocer a más gente. La soledad es enemiga de la felicidad, aunque algunos “faquires” aseguren lo contrario. Seguramente usted sabe el dinero de que dispone. ¿Pero realmente conoce cuántos amigos posee?
Otra cosa: no existe edad límite. Los jóvenes pueden ser felices por razones diferentes a las que expresan los mayores, y estos tienen vivencias acumuladas (capacidades) que les permiten disfrutar más a fondo situaciones que a los de menos edad pueden parecerles triviales o sin atractivo.
Por consiguiente, otro paso adelante junto con la felicidad es entrenar la flexibilidad y la tolerancia, aceptando diferencias y gustos de cada cual, aunque necesariamente no los compartamos.
Esas prácticas también permiten un mayor acercamiento a la diversidad temperamental en el seno de la familia, y se traduce en formular menos críticas sobre temas que, cuando los analizamos, nos damos cuenta que en realidad “no tienen la menor importancia”, como acostumbraba a decir el actor Arturo de Córdoba, en aquellos lejanos filmes argentinos.
Recuerde que el dinero puede comprar muchas cosas y ayuda a acercarse al disfrute de placeres. Pero el dinero no compra felicidad. El mundo a nuestro alrededor bulle y cambia, por consiguiente, demanda adaptaciones para seguir disfrutándolo y cual buen antivirus informático, detectar y borrar frustraciones derivadas de cambios generacionales.
Sobre todo, hay que reír, sonreír, carcajearse con los muchos tipos de risas conocidos, porque la humana condición del humor es antídoto eficaz contra todo estrés malsano, incluido el que puede dimanar de nuestra propia cambiante imagen en el espejo, según transcurran los años.
¡Hay que bajarse de la atalaya y dejar de husmear el horizonte!, porque, ahí mismo, junto a usted, viaja la compañera felicidad. No la espante ni deje que se escape.
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