sábado , 28 agosto 2021
Imagen ilustrativa. Foto: Tomada de Internet

Un centro de aislamiento en la vida de Marta

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Difícil para Marta imaginar que a sus 76 años conocería por dentro un centro de aislamiento. Ella que dio receso a sus andariegas piernas y permaneció en casa más de la cuenta en cuanto informaron de los primeros casos contagiados.

Cuando pareciera que a esta mujer de rostro cansado no le queda nada más por ver, un doctor camuflado con nasobucos, sobrebata, careta y guantes, le dio la triste noticia.

Marta camina con su paso apresurado característico hacia la guagua en cuya parte delantera se lee un cartel: COVID-19. Mira hacia otro lado no quiere leerlo. Reza para que la rodilla no le falle al subir el escalón del vehículo, mientras niega dispuesta una mano que pretende ayudarla a trepar:

-¡Hijo si estoy como de 20!, exclama.

El destino de aquella ruta aún no le queda del todo claro, se acomoda en un asiento de plástico de color azul y piensa en el tiempo que hacía que no subía a  una guagua. La acompañan en el vehículo otros rostros igual de desconcertados y expectantes en los que se ven claramente hasta tres nasobucos halando hacia adelante no pocas orejas.

Coloca a su lado un bolso preparado con prisa, donde guardó solo lo imprescindible, confía en que regresará pronto.  Nasobucos y pomitos de alcohol desinfectante ocupaban gran parte de ese espacio.

No hubo tiempo para despedidas así que desde la ventanilla del medio de transporte finge una sonrisa detrás del protector buconasal. Sus ojos azules se achinan y mueve con prisa la mano en señal de despedida. Mira la casa donde ha vivido toda su vida y por primera vez desde que supo la noticia siente miedo de no regresar. Abajo, su nieta e hijo quedan a la espera de un resultado que nunca esperó llevara su nombre.

A las 9 de la mañana cada día el Doctor Durán tenía en Marta una fiel televidente. Su televisor permanecía encendido hasta el final del parte y escuchaba con detenimiento al señor canoso que encuentra tan simpático. Las curvas, los porcientos y tasas de incidencia le eran difíciles de asimilar pero aun así prestaba atención y memorizaba cada cifra que recitaba a su vecina de enfrente.

Por fin después de mucho tiempo recluida en casa por fin bajaba la loma del batey. En el camino higienizaba sus manos cada pocos minutos con un spray que en otro tiempo fuera un pomo de su colonia preferida.

Todos los pasajeros se conocen, incluso son familia, sin embargo apenas se escucha palabra. El viaje no fue largo. Una vez en el lugar le costó bajar y esta vez si aceptó ayuda.

-Se me enfrió la sangre,…eso fue, dice mientras sus compañeros ríen.

La escuela donde hace tantísimos años visitara a sus hijos becados funcionaba ahora como centro de aislamiento para casos sospechosos  a la COVID-19 y ahora ella era uno de ellos.

Allí comprendió que toda precaución es poca. Al día siguiente cuando supo que el resultado de la vecina que la había dado como contacto fue negativo, Marta no pudo más y rompió a llorar. Tomó su teléfono y avisó a sus familiares que era negativa, ella que  nunca había siquiera utilizado en su vida esa palabra.

Recogió el bolso que apenas había deshecho y caminó nuevamente con prisa hacia la misma guagua que la trajera el día anterior. Estaba sana y regresaba a casa.

-Nunca había sido tan feliz, me cuenta de vuelta a su hogar mientras acomoda su nasobuco.

 

 

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Acerca Liannys Díaz Fundora

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