Mucho de verdad tiene el refrán que asegura que para gustos se han hecho los colores. Cada quien elige y apuesta por lo mejor. Claro, no siempre resultan las más idóneas. Sobre el tema, vinculado a la preferencia por el melodrama y el terror en los espacios televisivos, estaremos conociendo en las líneas que siguen.
Llorar o temblar frente a las pantallas se ha convertido en un placer en los últimos tiempos. Pudiera parecer irónico pero no es así. Por eso, muchos prefieren los géneros melodramáticos o el terror y se embelesan de una manera increíble con cada proyección, como una especie de droga o adicción.
Los programas lacrimógenos, como los llaman algunos, tienen muchísimo gancho, sin importar sexo, raza o edad. No sabría decir a ciencia cierta por qué, pero lo cierto es que lejos de restar, cada día ganan más seguidores, a pesar de lo vacío de su contenido. ¿Será cuestión de moda o simple entretenimiento? ¿Cómo entender la clave de tanto éxito?
Y es que la industria del ocio y el entretenimiento apela a los sentimientos humanos y juega con los espectadores sin siquiera ellos saberlo. Los lleva por caminos insospechados. Solo importa ganar más y más dinero. Hablo, claramente de los programas “de afuera”, marcados por su carácter comercial y que tanto apego tienen en el gusto de los jóvenes de hoy, a pesar de su carga de banalidad y frivolidad.
De esta manera, los televidentes caen en la trampa, sobre todo los más jóvenes a quienes es más fácil engañar y alejar de la realidad. Por eso, persiguen como locos este tipo de espacios, pierden horas de sueño frente a la pantalla, dejan de conversar o salir con los amigos y total ¿para qué? La balanza siempre se va a inclinar negativamente. Pierdes más de lo que ganas.

Y que decir de las películas de terror. Historias vacías y con poco sentido que nada aportan al intelecto de los espectadores. Se trata de proyectar el miedo por el miedo, con una alta cuota de violencia, la cual se hace evidente luego en el comportamiento agresivo de muchos jóvenes.
Claro, no todos prefieren este tipo de producto audiovisual y optan por propuestas inteligentes, atractivas y divertidas, dónde el componente educativo sea el centro. Tal y como sucede en el caso de Cuba.
Llorar o temblar de manera condicionada, sin importar nada más y alejarnos de la realidad suele ser la primera de las intenciones de este tipo de programas. La clave está en superar la atracción y buscar opciones más interesantes que ayuden a descubrir y a pensar el mundo en que vivimos.
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