martes , 19 octubre 2021

Unión de Reyes llora

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Malanga es una locura,

una fiebre bailadora.                                               

Fernando García

Matanzas es tierra de arraigadas costumbres y tradiciones. El desarrollo impetuoso de la producción azucarera y el flagelo acompañante de la esclavitud, marcaron nuestros campos y bateyes durante los siglos XIII y XIX con ricas manifestaciones culturales y religiosas llegados desde el África.

En dichas comunidades, las expresiones musicales fueron conformando un complejo de sonoridades que dieron lugar a nuevos toques y bailes. La rumba, género musical y danzario, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, tiene en Matanzas singulares componentes y una rica historia.

Agrupaciones como los Muñequitos de Matanzas, Afrocuba y Columbia del Puerto, entre otros muchas, defienden un legado que data de siglos.

El 5 de octubre de 1885 en el ingenio La Esperanza, en Alacranes, actual poblado perteneciente al municipio de Unión de Reyes, nació una verdadera leyenda de nuestra mejor tradición rumbera: José Rosario Oviedo, Malanga.

Hijo de padre desconocido y madre recién salvada de la esclavitud, desde pequeño cumplió precarios estudios y labores de apoyo a la limitada economía familiar, en tanto daba tempranas señales de su talento para el baile.

Sus habilidades danzarias, pronto lo distinguieron en los festejos de sitios y pueblos vecinos a donde acudía. Llegó a bailar en La Habana, mientras su arte rápidamente le ganaba notoria celebridad. Hasta el Partido Liberal acompañó sus campañas políticas con actuaciones de Malanga.

Con Aguedita, su pareja de baile, acompañado por el sonoro golpeteo del toque de cajón, Malanga desató su gracia bailadora en los predios de Papá Montero, Mulence, Evangelio Drake y Chenche, una constelación de consagrados rumberos, donde supo hacerse de un lugar cimero para todos los tiempos.

Decir Malanga es evocar al insigne bailador que incluía en sus actuaciones acrobacias extraordinarias. Manipulaba cuchillos afilados, subía a las mesas, bailaba en puntas de pie y con un vaso de aguardiente en la frente improvisaba los más atrevidos pasillos de la pasión rumbera.

Según los relatos de la época, por estos días de julio, quizás de agosto de 1927 en Ceballos, Ciego de Ávila, donde participaba con su baile en una fiesta de santos, fue víctima de una agresión traicionera.

Cuentan que después de la comida salió del lugar aquejado de fuertes dolores en el vientre. La historia jamás fue esclarecida y nunca más se tuvo noticias del rumbero mayor.

Allá por los 70 trabajé en las comunidades matanceras vinculadas a su historia, compartí con su gente, conocí elementos de su cultura. De algún modo, el duende rumbero de Malanga estaba allí.

A más de 90 años de su muerte, cuando la Rumba en Matanzas desata nuevas pasiones, Malanga es un hito de la mejor tradición de ese género en Cuba.

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Acerca Angel Rodríguez Pérez

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