sábado , 28 noviembre 2020

Rezando por mi PC…

Que triste puede resultar escribir esperando el minuto final donde todo termine. Te sientes como el condenado a muerte que no puede echar hacia atrás el reloj y ganar unos segundos: el final está ahí, y todos los minutos caen como pedruscos anunciando la muerte.

Desde hace algún tiempo escribir para mí se ha vuelto una tortura. No sufro por las ideas que a veces se tornan huidizas, porque cada vez más lo hago por instinto, y aunque nunca llegue el libro esperado, (ese que ni pienso), sí he descubierto que escribir me relaja, sin importar el tema.

Veo la cuartilla en blanco y mis dedos desandan el teclado, raudos, como si en ello se les fuera la vida. Y precisamente las historias de vida son de mis temas más recurrentes. Hurgar en las de otros, y armarlas a mi antojo, crear puntos de giros, introducción, desarrollo y desenlaces, arbitrariamente, solo por el hecho de sumar palabras y líneas.

Y creerme entonces un Heminway en su finca Vigía enumerando las palabras escritas como si de un ejercicio matemático se tratara, que no lo es, pero para mí sumar los minutos que le restan al monitor de mi PC, (otro nuevo que tampoco lo es realmente), es una agonía con la que voy aprendiendo a vivir.

Una computadora siempre fue ese bien deseado e inalcanzable hasta que una buena amiga, de esas que con una simple acción te cambian la vida y te la marcan para siempre, no entendía cómo yo, con algunos resultados en el periodismo, no tenía una computadora. ¿¡El dinero!? Que no siempre viene acompañado de los logros profesionales. Por suerte ese ser de alma grande me obsequió la computadora con la que hoy escribo, hace ya muchos años.

Es la única computadora que he tenido y la única que tendré, y a la que nunca he podido hacerle mejoras, solo remiendos. No hablaré de teclados, ni de mouse, ni de monitores “fondillú”.

Aunque sí, puedo hablar de los últimos, ya que son la causa de este desvarío. Desde hace algún tiempo se han vuelto mi tormento. Y por mi economía, y la del país, porque cuando mejora la mía, la del país tambalea un poco y todo sube de precio, incluyendo las piezas de computadoras, lo cierto es que la PC se ha convertido en ese ser sagrado que busco cuidar a toda costa, y ante el más mínimo fallo o cancaneo pierdo la calma, y hasta el sueño.

El último colapso de mi computadora no sé cuánto tiempo duró. Quizás meses. Y ese salvador que siempre viene en mi ayuda, un amigo de la vieja guardia que siempre le encuentra arreglo, ya no vivía cerca de casa.

El día que decidí llevarla hasta la suya, en uno de los barrios más distantes de Matanzas, grande fue la alegría cuando su llamada demoró apenas un día anunciándome de la buena nueva de que ya estaba restablecida mi PC.

Nadie quizás entienda el porqué de mis palabras, es una especie de oración o canto litúrgico para pedir al cielo que mi PC aguanté los embates del tiempo y la humedad. Más ahora que gracias a mi novia-esposa-sin anillo, que lo ha trastocado todo en mi vida, incluso la disposición de las cosas en la casa, he encontrado el lugar exacto donde escribir con calma, de cualquier bobería, y sin ruborizarme por la mala calidad de lo escrito.

Quizás sea este camino a la vejez, (mi chica sabe bien que soy nada viejo) y las ganas de contar que le entran a uno, las que te impulsan a indagar como un loco por todo el barrio, dónde hallar un monitor viejo, de esos “fundillú” que no valen tanto, hasta encontrar uno más añejo que “ñañaseré”.

Pero puede hasta suceder que cuando aceptan el pago a plazos quizás por tu desesperación, y vas con una bicicleta radiante con tu nuevo monitor (que no lo es), ¡cae un chaparrón de mil demonios! y solo osas mirar al cielo y preguntar: ¿Por qué a mí, asere? Y tú mismo te respondes con voz englobada y todo: ¡Todos los días llueve a la misma hora, asere!

Y es entonces cuando una señora te brinda resguardo en su portal, y le cuentas tu vida y tus penurias con las computadoras como para que te preste una toalla o nylon para resguardar el equipo.

Y justo cuando escampa y sigues tu camino a casa, te topas con ese indiscreto de siempre, ave de mal agüero, que te lanza la frase: “Uffff, si se mojó sabes que no servirá para nada, ni lo enciendas”, y tú miras las gotas que le vas secando al monitor, y lo miras a él, y prefieres callar.

“Lo único que falta es que este pedazo de cosa comience a trastabillar, como el anterior, y el anterior, y el anterior…”, te dices para ti mismo. Pero una fuerza y fe inusitada se apodera de ti, y piensas que estas deseoso de que tus deditos se desaten sobre el teclado, un teclado prestado pero que parece hecho a la medida de las yemas de tus dedos, incluso puedes escribir con la vista fija en la pantalla de tu computador.

Y aquí te ves, en una noche silenciosa, donde el único sonido que se siente lo produce el golpeteo de tus dedos, y te parece una música celestial. Y es allí precisamente hacia donde viajan tus súplicas, para que las ganas de escribir no se vuelvan una tortura nuevamente.

Como esos muros que contienen la fuerza de la corriente indetenible, así me siento cuando mi vieja PC no resiste el paso del tiempo y sus achaques impiden que este ser agradecido logre garabatear sobre la cuartilla en blanco, en un ejercicio en que recién descubro que hayo paz, y donde soy yo mismo. Y que a su vez produce un dolor indescriptible, como cuando las palabras se agolpan en mi alma y no pueden salir… porque “cantó” la computadora.

TV Yumurí en Youtube

Acerca Arnaldo Mirabal Hernández

Después de tanto deambular sin rumbo fijo, descubrí que el Periodismo era mi destino, hacia él me encomendé, desde entonces transpiro y exhalo palabras mientras sufro ante la cuartilla en blanco…no hay más bella forma de morir-viviendo....

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