sábado , 28 noviembre 2020

En el ala oeste del parque

Se trata de encontrar un lugar donde nadie, ni nada nos estorbe. Un sitio mágico, de esos donde podamos ser nosotros sin máscaras, y con esa pureza que se nos escapa al hablar, desnudarnos de alma y sonrisa.

Siempre busco ese sitio cómplice que se ciña a mi forma de amar, y que tenga hasta su propia banda sonora, que lo mismo puede ser el batir de las hojas con esa música inigualable, que el canto de algún ave trasnochada de sentir.

Y de tanto buscar amor, siempre lo encuentro. Esta vez ese rincón nos espera siempre a orillas de un parque, quizás la zona menos transitada, donde nos sentimos libres para hablar de todo, y hasta una que otra vez discutir, como lo hacen esas parejas que de tanto quererse, hallan una desavenencia de las cosas más triviales, asustadizos como vamos de tanta perfección.

Por eso el ala oeste del Parque René Fraga es nuestro sitio de amar, como tantos otros, pero este tiene ese no sé qué particular con ese césped de hierba fina coronado por los pétalos rojos de los framboyanes.

Y para rematar tanta belleza se yerguen los dientes de león que no logramos descabezar por muchos que exhalemos. Aún así nos sentimos como niños, y tu risa rompe la quietud y me provoca ese dulce sentimiento que me acompaña siempre, desde que vas conmigo. No necesitamos más lugares que ese, el confort lo encontramos en la dureza del muro que ni advertimos, tan ensimismados como estamos.

Porque descubrimos la belleza en la humedad y los líquenes que crecen en las paredes del viejo parque, y la tupida vegetación nos arropa y protege de los rayos del sol, así no tendré que fruncir la frente ni cerrar un tanto los ojos para admirarte con todos mis sentidos bien atentos.

Allí nos refugiamos con frecuencia, como si huyéramos del mundo. Lejos de la maldad y la apatía, y solo nos dedicamos a sentirnos, y conversamos de cosas triviales, y algunas importantes; trazamos proyectos futuros y nos crece adentro la esperanza con esa fuerza con que retoña la hierba recién cortada.

Y a veces temo amor…y pienso en el tiempo y la fatiga que produce ciertos pesares, y quiero sentirme robusto como las grandes paredes del parque que a pesar del tiempo y las arremetidas continúan en pie, guardando los secretos de la ciudad, y de amantes como nosotros que van allí, a refugiarse en sus contornos donde repose el amor.

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Acerca Arnaldo Mirabal Hernández

Después de tanto deambular sin rumbo fijo, descubrí que el Periodismo era mi destino, hacia él me encomendé, desde entonces transpiro y exhalo palabras mientras sufro ante la cuartilla en blanco…no hay más bella forma de morir-viviendo....

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