martes , 1 diciembre 2020

El Che, mi comandante y amigo…      

Antes lo rodeaban las rebeldes montañas de la Sierra Maestra, la metralla del enemigo, su fusil y sus compañeros de lucha. Ahora le acompañan el cariño de familiares, amigos, y sus inolvidables memorias.

Para el combatiente Carlos Evaristo Tamayo Reyes más de ocho décadas de vida no han logrado empañar sus recuerdos del Che, y afirma vigoroso: “Cómo me voy a olvidar del Che si hicimos una campaña juntos”.

Joven, pobre y analfabeto no vaciló en incorporarse a luchar por la libertad de Cuba.

Tenía apenas veinte años cuando dejó su batey San Ramón, en Campechuela, provincia Granma para incorporarse al Ejército Rebelde. Como la mayoría del pueblo cubano, era pobre y analfabeto, pero le sobraba el amor a su patria y el deseo de justicia.

“Yo hice lo que todo buen cubano hubiera hecho en aquel momento: subir pa’ la Sierra, luchar, y bajar libres y soberanos.”

Tras su primer encuentro con Fidel, se convirtió en uno de los reclutas de la escuela Minas de Frío, donde se hizo guerrillero. Allí conoció al Che.

“Nos enseñó con su ejemplo. Era el primero en el trabajo y el último en comer o guarecerse de los bombardeos de los aviones”.

Del Che admiraba su valentía, su inteligencia y su humanidad. Esa vocación por ayudar al prójimo también alcanzó a Tamayo, quien entre risas y jaranas rememora cómo el Che lo liberó de un dolor de muelas.

“El Che era médico. Si un compañero se enfermaba él lo atendía, pero si se trataba de un dolor de muela había que tenerle miedo. Imagínate, a sangre fría y sin anestesia sacarte una pieza que ya dolía no es fácil. Yo estuve en esa situacion .

Recuerdo que me pidió recostarme y me preguntó: – ¿vos estás apendeja’o? -. Me dije: -ahora sí estoy frito- y empezó a tirar de la muela. Como él era asmático y se agitaba con el esfuerzo, debía parar para respirar y recuperarse. Y mientras más halaba menos salía aquella muela.

Tamayo rememora la extracción de una muela realizada por el Che.

Yo pensaba: -usted verá que ahorita la quija’ se la lleva-, y cuando me soltó me dije: -tú no me vuelves a ver más ni el pelo-. Un rato después el dolor había pasado y hasta pude comer. La muela la guardé en el bolsillo y me acompañó durante algún tiempo”.

La maestría del Che en la guerra de guerrillas le permitió adiestrar jóvenes soldados sin ninguna experiencia en el combate, a quienes enseñó inolvidables lecciones de rectitud, astucia y disciplina. Así lo refiere Tamayo.

“Cuando luchábamos en la Sierra Maestra fumar resultaba uno de los pocos desahogos que teníamos, pero no siempre se podía hacer. En una ocasión, alguien le dice al Che que yo estaba fumando y él me pregunta si era verdad. A mí se me ocurre contestarle: ¿Y usted no fuma también? ¡Ay mi madre! Fui a parar directico al llamado pelotón de los “descamisados” y estuve haciendo guardia sin fusil durante siete días. Imagínate, en ese momento no se podía fumar, estábamos escondidos y el humo o la luz del cigarro en aquella oscuridad podían delatarnos. Después el Che me vino a buscar para que regresara a la vanguardia. Yo había aprendido la lección porque en la guerra cualquier error podía costarnos la vida”.

Una de las primeras medallas de Tamayo, por su participación en la invasión a Occidente.

Tamayo tuvo el privilegio de integrarse al pelotón de vanguardia de la Columna 8 “Ciro Redondo” comandada por el Che, que por orden de Fidel emprendió el 31 de agosto de 1958 la invasión a occidente por el sur.

“Caminar desde la Sierra hasta Las Villas a pie no fue fácil. Teníamos hambre, y sed; muchos andábamos descalzos y siempre mojados porque cruzábamos cenagales, ríos y lagunas. El Che nos dio una yegua a un compañero y a mí porque teníamos los pies tan destrozados que apenas podíamos caminar”.

Después del triunfo de la Revolución el Che le ordenó que aprendiera a leer y escribir. Con orgullo demuestra su satisfacción ante el deber cumplido. En sus manos sostiene una revista Bohemia en cuya portada destella la imagen del Guerrillero Heroico y en la voz de Tamayo resuenan los inmortales versos de Nicolás Guillén:

¡Salud Guevara!

O mejor todavía desde el hondón americano:

Espéranos. Partiremos contigo.

Queremos morir para vivir como tú has muerto,

para vivir como tú vives.

Che Comandante, amigo.

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Acerca Saili Domínguez Cruz

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