sábado , 28 noviembre 2020

Cuando la vida se ralentiza cada 21 días

Cada 20 días mi vida se ralentiza y la ansiedad se apodera de mi estado de ánimo. En la noche, cuando mi cabeza se afirma en la almohada con toda la carga del día, cierta zozobra crece, porque cada 20 días pienso, que un día después, a mi madre le toca la vacuna de su tratamiento oncológico. Inyección que le aplican cada 21 días, y que me mantiene en vilo desde la jornada anterior.

Cuando ya has superado como hijo de una paciente oncológica, una intervención quirúrgica para extraer un nódulo de su seno, el impacto de la gran cicatriz, las curas que te obligan a voltear la mirada, luego las sesiones de suero, crees que una vacuna de tan solo minutos ya no te afectará.

Hasta que llega el día 20 y miras el almanaque donde tienes anotada la fecha de la próxima vacuna. Entonces despiertas con cierta inquietud, y desde el amanecer ya sientes ese malestar que te vuelve un tanto silencioso y ensimismado.

Intentas no pensar en aquel hospital pero obligatoriamente repasas cada recuerdo, que por impactante siempre va contigo aunque te hayas esforzado por imponerte el olvido de las escenas tristes que conservas en la mente.

Porque nunca habrá algo más triste e impactante que presenciar como una vida languidece mientras el organismo y el enfermo se consume hasta volverse irreconocible. Pero más triste aún, es ver en su mirada las ganas de vivir y la esperanza porque el tratamiento detenga el deterioro y elimine la enfermedad.

Cuesta a veces encontrarse con el familiar de un enfermo y preguntarle por la salud del paciente, es grande el temor a que el desenlace haya sido negativo.

Por eso de las pocas cosas que odio con todas mis fuerzas, el cáncer ocupa el primer lugar. Y por eso cada 20 días mi estabilidad emocional tambalea un tanto, precisamente un día antes de la vacuna de mi mamá.

ENFERMERAS CELESTIALES

Sin embargo, en los sitios más oscuros siempre sorprenderá un halo de luz, que irradiará con más fuerza mientras más sombrío sea el entorno. Y esas luces siempre me alumbran en el alma cuando llego al Hospital Oncológico de Matanzas, cada 21 días, junto a mi madre. Luz que lo llenan todo de esa suave claridad que atrae y reconforta.

Pudiera tratarse del blanco con que visten las enfermeras, pero va más allá de la pulcritud de sus uniformes. Se trata, sin dudas, del amor que entregan a cada paciente.

Conscientes del dolor y la desesperación que habita en esos enfermos, las caricias cariñosas y palabras reconfortantes no se mitigan, se vierten puras y transparentes.

Una mano suave que roza el minúsculo orificio por donde entró una aguja, y que luego se posa unos segundos en los cabellos y frente del paciente, se trata de una caricia casi maternal que las enfermeras prodigan a todos los enfermeros.

Por eso el cariño y el agradecimiento de los familiares crece sincero y robusto hacia esos seres, a quienes solo le faltan las alas para ser ángeles. Si me pidieran construirme en la mente la imagen de esos seres celestiales, sin dudas los describiría a partir de la imagen que tengo del trato, figura y ademanes de las enfermeras del hospital oncológico de Matanzas.

LA DOCTORA EDADNYS

A veces me pregunto si la doctora Edadnys habrá tenido alguna vez un día malo en su vida que le haya robado la calma y la dulzura. Ella es de esas personas que siempre tienen una sonrisa para dar, toda delicadeza y afabilidad. Por eso me cuesta creer que algo en la vida logre hacerla enfadar.

Madre de un hijo pequeño y atenta esposa, también consigue dedicarse en cuerpo y alma a sus pacientes. Su vocación cristiana seguramente tenga mucho que ver con esa pasión y amor con que atiende a cada enfermo que llega a su consulta.

Las palabras también le salen maternales, y uno se pregunta cómo ha logrado mantener esa dulzura que brinda esperanza pese a tanto dolor que se sienta cada día frente a su mesita de metal. ¿Cómo logra la doctora Edadnys mantener esa luz en la mirada y ese optimismo que insufla a los enfermos?

Son cuestiones que no llevan explicación, que se experimentan y ya. Y que te hacen creer en la bondad de las personas y en la belleza de la vida, más allá de un padecimiento tan cruel como el cáncer. Todos esos sentimientos se me agolpan cada 20 días, cuando restan pocas horas para que mi mamá viaje al hospital nuevamente para inyectarse la vacuna de su tratamiento oncológico.

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Acerca Arnaldo Mirabal Hernández

Después de tanto deambular sin rumbo fijo, descubrí que el Periodismo era mi destino, hacia él me encomendé, desde entonces transpiro y exhalo palabras mientras sufro ante la cuartilla en blanco…no hay más bella forma de morir-viviendo....

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